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EL DÍA DE
LOS GUERRILLEROS
POR LEONARDO
SEPÚLVEDA
Enero 1, 1994

 

Diciembre de 1993. A estas alturas y no conocer Chiapas da pena. Una región de naturaleza exuberante, con variedad de grupos étnicos y artesanías, con ruinas mayas, muchas inexploradas, en esta nación que vuela hacia la modernidad, debe conocerse.

Me voy a como dé lugar. Ya en Chiapas, el tiempo apenas alcanza para conocer tantos lugares: Palenque, Misol Ha, Agua Azul. Voy equipado con sólo tres camisetas y unos shorts para mis vacaciones en "el trópico", pero en todos lados llueve.

Viajo en autobús de Palenque a San Cristóbal de las Casas y el paisaje me fascina. Nunca había atravesado tantos ríos, ni visto tantos montes con vegetación tan densa en tan pocas horas.

En San Cristóbal, además de sus iglesias coloniales, el placer está en recorrer sus calles empedradas con casas de techos de tejas. Voy a los pueblos de Zinacantán y San Juan Chamula. Los trajes típicos y las escenas que veo me trasladan a tiempos remotos.

Recibo el año nuevo en un lugar de San Cristóbal llamado La Taberna. Hay gente europea y del país. Unos músicos entre rockeros y folklóricos, greñudos y barbones, tocan horrible pero hacen buen ambiente.

Las canciones más celebradas son las del Tri. Mucho baile. Se bebe pura cerveza. A las dos de la madrugada estoy de regreso en el hotel.

* * *

Primero de enero de 1994. A las ocho de la mañana me dispongo a ir a desayunar a la plaza y después de tomar un autobús hacia Ocosingo, de donde abordaría una avioneta hacia las ruinas de Bonampak y Yaxchilán.

Al salir del hotel unas muchachas de Monterrey me dicen: "no puedes ir, el Palacio Municipal y el zócalo están ocupados por guerrilleros... llegaron anoche y están armados". No lo creo y pienso que ha de ser algún mitin de campesinos, y me voy.

Por los alrededores de la plaza hay barricadas hechas con muebles y pedazos de puertas. Me acerco al Palacio Municipal y me sorprende lo que veo: gente armada ocupa el edificio, algunos con pasamontañas cubriéndoles casi toda la cara.

Hay menores de edad y varias mujeres. Todos indígenas, algunos hablan idiomas que desconozco. Hay pintas que dicen Frente Zapatista de Liberación Nacional. Efectivamente parecen guerrilleros.

De la noche a la mañana me cambiaron de país. Apunto mi cámara para fotografiar a un encapuchado. Él que me apunta con su rifle, y yo le hago señal de que "ahí muere".

Intento fotografiar a otros rebeldes, pero me dan la espalda y se tapan la cara. Algunos, los más jóvenes, traen rifles de utilería con una simple bayoneta.

Son de pocas palabras. Me acerco a preguntarle a uno de ellos: "¿Y qué es lo que quieren?", y me contesta: "Ahí está escrito".

Pegado a la pared hay un texto titulado "Declaración de Guerra de la Selva Lacandona", donde anuncian su propósito de derribar al Gobierno.

Asegura que, por las condiciones de opresión y miseria, los campesinos se levantan nuevamente en armas para luchar por tierra, justicia, educación, y por un gobierno del pueblo, y para acabar con la corrupción y el racismo.

En una calle aledaña alguien con pasamontañas da órdenes a los demás, y habla con un radio portátil. Entra al Palacio Municipal, luego regresa. Se nota que es el líder del grupo.

Se distingue del resto porque es más alto y de ojos verdes. Habla con acento de chilango. Su trato es accesible, y platica con quienes nos acercamos.

Explica que varios pueblos de Chiapas están tomados por ellos. Al preguntarle si es el dirigente dice que es sólo un soldado, que es subcomandante.

Le pregunto: "¿Quién es el comandante?", y contesta que es un "comando colectivo". Un europeo le hace preguntas en inglés y él conversa fluidamente en ese idioma.

Al preguntarle su nombre contesta "me dicen Marcos".

Tanto turistas como gente de San Cristóbal se acercan a ver a los guerrilleros. Es mayor la curiosidad que el temor. No se ven muestras de simpatía, aunque sí de comprensión. Hay quienes aseguran que algunos rebeldes tienen tipo de salvadoreños y guatemaltecos, y que usan términos centroamericanos.

Las oficinas del Palacio Municipal al nivel de la calle ya no tienen puertas. Los rebeldes ejercen una vigilancia sin disciplina, pues la gente entra a sacar desde documentos oficiales y planos arquitectónicos, hasta máquinas de escribir y computadoras. En cambio, el acceso al segundo nivel del Palacio está restringido. En las ventanas varios vigilan.

A partir del mediodía cuatro aviones del Ejército Mexicano sobrevuelan el centro de San Cristóbal. Al atardecer el Subcomandante Marcos habla por un altavoz. Recomienda a la población civil permanecer dentro de sus casas en caso de un enfrentamiento con el Ejército.

Los turistas se angustian por el bloqueo a las carreteras, pero más por la posibilidad de una batalla ahí mismo. El olor a mariguana, tan característico por las calles de San Cristóbal, se percibe ahora en la plaza entre los grupos de turistas. Con el anochecer llega el frío.

* * *

A la mañana siguiente se oye un grito de mujer en italiano: "¡Sí parte!". Es decir, ya se puede salir de la ciudad. Los guerrilleros se fueron en la madrugada. En el Palacio Municipal empleados públicos tapan con pintura las consignas de los alzados, y barren papeles y basura.

Se oyen helicópteros. De repente hay escenas de pánico, pues la gente corre y se encierra sin ton ni son. Aunque ya no hay guerrilleros, los soldados entran en forma espectacular y ocupan el Palacio. Estos se ven mucho mejor armados que aquéllos, pero se les nota nerviosos.

Hasta el primer día no había gringos en San Cristóbal, pero tras la visita de los guerrilleros brotan como hongos. Dicen ser periodistas y hacen cola en el teléfono del hotel para comunicar a su país amplios "reportes".

Platico con un gringo cuarentón que está herido de una mano. Me muestra su bocho azul todo baleado, asegura que lo atacaron los guerrilleros. Dice llamarse "Lee" y cuenta que estuvo en Nicaragua, El Salvador y Guatemala, y que trabaja en la Cruz Roja. Esto último no se lo creo.

* * *

Hasta el día tres logro tomar un taxi colectivo hacia Tuxtla y de ahí un avión hacia el Distrito Federal. Cuando me entero de las batallas entre Ejército y guerrilleros, y de los bombardeos en los alrededores de San Cristóbal, siento tristeza. Pueblos y bosques bombardeados. Y la posibilidad de que algunas personas que vi hace unos días ya no vivan ahora.

 

 

Revista Viceversa
Febrero 1994
Por Leonardo Sepúlveda,
un turista en San Cristóbal de las Casas.
Páginas 36 y 37, I, II, III y IV.


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