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HOMILÍA DOMINICAL DEL
OBISPO SAMUEL RUIZ
Enero 23, 1994


Hermanas y hermanos en la fe; amigos y compañeros en la construcción de la paz. Me dirijo a los hermanos y hermanas en la fe de la Iglesia y también a los compañeros y amigos de la sociedad civil que no comparten explícitamente esta misma fe, pero que comparten los mismos anhelos de paz y reconciliación, los mismos anhelos de cambio profundo que los cristianos llamamos, como Jesús, anhelos de conversión.

En todo el país, los cristianos nos unimos hoy en la celebración eucarística para pedir a Dios el Don de la Paz, en este momento en que lo sucedido en la región de Los Altos de Chiapas ha puesto al descubierto una realidad: la paz en nuestro país, que creíamos tan firme, mostró su fragilidad porque estaba basada en una situación de injusticia, que aún no superamos.

Vivimos momentos de angustia ante la tensión de los primeros días del año y ante la manera como estos hechos sacudieron nuestra conciencia. El temor de que se pudiera desatar una espiral de violencia incontrolable ha ido cediendo ante la urgencia de crear espacios de negociación para una paz con justicia, a la que le estamos preparando el camino con profunda esperanza.

Nuestra iglesia particular, concretamente yo como su pastor, quiere asumir con lucidez el llamado de Dios que nos convoca a ser ministros de la reconciliación. Apoyado por todos ustedes, he asumido la tarea de mediador que se me ha solicitado por parte del gobierno, por parte del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y, sobre todo, viendo en ello un llamamiento de Dios mismo en la comunicación entre las partes dialogantes y de testigo de calidad de la voluntad de ambas partes.

Pero quiero dejar también igualmente en claro que participo en estas negociaciones como obispo que, no siendo juez, no renuncia a ser también profeta, desde el compromiso último en el Padre de Nuestro Señor Jesucristo y con su causa, que es la vida en plenitud para todos sus hijos, particularmente para un pueblo que ha vivido marginado de ella.

Han surgido signos alentadores en este proceso de paz y reconciliación. Las partes beligerantes han expresado su disposición al diálogo y han puesto sus condiciones para ello. Los gobiernos federal y estatal han dado pasos para establecer mecanismos de concertación.

El comisionado nacional para la paz, designado por el señor Presidente de la República, ha delineado una estrategia de solución negociada que abarca, por parte del gobierno, la amnistía para todos los implicados, de una u otra formas, en el conflicto armado, y el compromiso de buscar, con una participación amplia de los propios indígenas y de la ciudadanía, una redefinición de la relación que la sociedad debe establecer con los pueblos indígenas.

De parte de la iglesia, el nombramiento de una comisión de obispos para colaborar con esta construcción de la paz es también una esperanza. En cada uno de estos niveles, se han dado pasos importantes para transformar en hechos las palabras.

Esta etapa del proceso exige seriedad y gran capacidad de diálogo y concertación de ambas partes. Los legítimos representantes deberán apresurar los caminos del diálogo a fin de establecer los puntos de acuerdo y las áreas de discusión para dar cauce operativo a las exigencias de la paz.

Todos queremos la paz. Es una preocupación nacional expresada en marchas de solidaridad, en opiniones vertidas en la prensa, aunque a veces esa voz resulte deformada por algunos medios de comunicación social.

Todos queremos la paz. Es una preocupación también internacional, expresada en todos los comunicados de apoyo que hemos recibido en la Diócesis y en lo que expresa la gran parte de la prensa internacional.

Pero también es cierto que hay diferentes formas de querer la paz, y que algunas son inaceptables. Se han oído voces que parecen plantear una paz lograda mediante la supresión y el exterminio de aquellos a quienes consideran enemigos. Esa paz no es la que quiere Dios ni la que queremos nosotros.

Otros plantean una paz que volviera todo a la situación anterior y que dejara todo igual, superada la que considerarían una amarga pesadilla.

No es deseable volver atrás, ni es viable tampoco. Lo que queremos es una paz que posibilite avanzar hacia la construcción de un México nuevo, estructurado por los grandes valores humanos de la fraternidad, de la democracia, de la verdadera libertad, del respeto de todos los derechos humanos para todos.

Entonces Chiapas se volvería una luz para todo un país puesto en pie de vida, en pie de democracia, de justicia y de libertad.

El Santo Padre nos recordó recientemente, en ocasión de la Jornada Mundial de la Paz: "¡La paz parece, a veces, una meta verdaderamente inalcanzable! En un clima hostil por la indiferencia, y envenenado frecuentemente por el odio, ¿cómo esperar que venga una era de paz, que sólo los sentimientos de solidaridad y amor pueden hacer posible? No obstante, no debemos resignarnos. Sabemos que, a pesar de todo, la paz es posible porque está inscrita en el proyecto divino originario" (Juan Pablo II, 1 de enero de 1994)

Queremos una paz dada por Dios como don, que es lo que pediremos al Señor Jesús dentro de unos momentos en la Eucaristía, y una paz que él nos confía como una tarea: la tarea de la reconciliación con Dios, con su proyecto de fraternidad, y la reconciliación entre todos los hermanos, que exige la construcción de la justicia. Porque esta reconciliación supone un cambio real en la relación con Dios y con los demás.

No consiste en un mero cambio real en la relación con Dios y con los demás. No consiste en un mero cambio de sentimientos, sino en la transformación de una situación objetiva. La paz con Dios está en íntima relación con la paz interior y la paz social y no puede desligarse e ellas, porque donde existen las desigualdades sociales, políticas, económicas y culturales, hay un rechazo al Señor de la historia.

Esa justicia supone compromisos en distintos niveles. Supone la superación de la lucha armada, para las partes contendientes, superación que no consiste sólo en la amnistía, sino en la puesta de condiciones a nivel global para que se superen las causas estructurales que han estado a la base de este conflicto armado; eso exige, como ha dicho el Papa Juan Pablo II, "transformaciones audaces, profundamente innovadoras" (Discurso de Cuilpan, 1979), que seguramente no podrán ser resueltas en la mesa de negociación y que habrán de tener garantías dentro de un proceso de mediano plazo, y como parte del proceso amplio de construcción de la paz a nivel no sólo regional sino nacional e internacional.

Para los distintos estratos de la sociedad, supone también la superación de toda actitud de discriminación, de desprecio, de abuso, de exclusión de los bienes que Dios nos dio para la vida de todos sus hijos.

Supone actitudes de arrepentimiento y de conversión para que sea posible el Reino de Dios del que nos habló el evangelio de hoy, que ya está a la puerta y que será una realidad, si le abrimos el corazón de nuestras conciencias y el corazón de nuestras estructuras sociales y eclesiales.

Supone acabar con los dinamismos destructivos que han causado tantas expulsiones tan dolorosas de hermanos indígenas por el hecho de pensar diferente o de no tener la misma opción partidaria o de transformación social y política de las condiciones imperantes en la región.

Para nosotros, como Diócesis, supone un trabajo muy profundo en el interior de las comunidades que ayude a restañar heridas, a superar desconfianzas, a vencer todo odio y todo resentimiento.

Supone de todos los agentes de pastoral un trabajo hondo para construir, sin desanimarnos, una unidad dentro de un sano pluralismo que respete a los diferentes como diferentes, dentro de criterios básicos comunes de compromiso por construir un mundo de relaciones, que se acerque al ideal que Dios tiene para sus hijos.

Y supone, en el nivel nacional, el compromiso de la sociedad civil para poner las condiciones de democracia y de participación que garanticen para todos, los básicos derechos humanos que corresponden a cada uno en justicia, como miembros de un México nuevo.

Construir y mantener la paz en la justicia es responsabilidad de todos.

Nadie puede eximirse de la obligación de dar su mejor aporte desde el ámbito en que se encuentra: los trabajadores organizados, los intelectuales, los estudiantes, los partidos políticos y los servidores públicos, las organizaciones populares, los movimientos indígenas y campesinos, los movimientos de mujeres.

Todos debemos apresurarnos a dar los primeros pasos significativos, actuando con responsabilidad. Entonces sí la paz será pronto un hecho y no un mero deseo inalcanzable.

En la búsqueda de esa paz hemos de actuar movidos por un amor generoso y magnánimo, dispuestos al perdón y a la reconciliación. El amor a la vida y el amor al hermano, incluso el amor al enemigo, son valores máximos de nuestra fe cristiana y del ejemplo que nos dejó Jesús, y deben prevalecer sobre los sentimientos de rencor o de venganza.

Estamos en el momento histórico en el que ese amor puede manifestarse en toda su plenitud. Entonces esta hora de crisis se convertirá en hora de gracia.

Hacemos un llamado especial a nuestros hermanos que viven en una situación privilegiada, lograda a veces como consecuencia de "un sistema económico cuyo motor principal es el lucro, donde el hombre se ve subordinado al capital... quedando su trabajo reducido a simple mercancía", como nos advirtió el Papa en su discurso de Izamal, Yucatán.

Este es un llamado a construir una paz duradera estando dispuestos a reconocer las injusticias del "orden establecido", y a aceptar y llevar a cabo las transformaciones necesarias de ese orden, aunque ello afecte a sus intereses, con tal de favorecer a sus hermanos marginados de ese sistema.

Quien más tiene debe estar dispuesto a construir más, a fin de hacer justicia a los que menos tienen. Con esto todos saldremos ganando.

"Nadie puede sentirse tranquilo mientras el problema de la pobreza, que afecta a familias e individuos, no haya encontrado una solución adecuada. La indigencia es siempre una amenaza para la estabilidad social, para el desarrollo económico y, en último término, para la paz" (Juan Pablo II, Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 1994).

Hemos de hacer justicia a nuestros muertos. Si logramos realizar estos cambios hacia la justicia, habremos puesto los cimientos firmes para la reconciliación y su muerte no habrá sido en vano.

Hemos de hacer justicia a los vivos injusticiados, para que no sigan en esa situación de muerte que todos ahora lamentamos. Hemos de hacer justicia a Dios, el Padre, y a su proyecto de vida para todos.

Todos nosotros, indígenas y no indígenas, creyentes y no creyentes estamos llamados a actuar en esta coyuntura con responsabilidad histórica. El futuro está en nuestras manos. Podemos y debemos ahora ser sujetos de la historia que Dios puso en nuestras manos para que colaboremos a la construcción de su reino.

Termino con unas palabras del Papa: "Conscientes de que la paz no se obtiene de una vez para siempre, nunca debemos cansarnos de buscarla. Jesús, con su muerte en la cruz, ha dejado su paz a la humanidad, asegurando su permanencia siempre. Exijamos esta paz, recemos por esta paz, trabajemos por ella" (Jornada Mundial de la Paz, 1994).

 

 

Homilía del obispo Samuel Ruiz el domingo 23 de enero de 1994 en la Catedral de San Cristóbal de las Casas, Chiapas. 


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