Diciembre 94 Noviembre 94 Octubre 94 Septiembre 94 Agosto 94 Julio 94 Junio 94 Mayo 94 Abril 94 Marzo 94 Febrero 94 Enero 94

 

COMENTARIOS A LA
ENTREVISTA CON EL
SUBCOMANDANTE MARCOS
POR MARTA DURÁN
Junio 17, 1994


Adormecidos por el calor, molidos por los dos días y medio de camino (las últimas cinco horas habían sido en sendero de terracería) y más empolvados que un cocol, llegamos a la selva.

De pronto, el subcomandante Marcos subió a nuestro camión y dijo: "Honorable Congreso de la Unión..." La sorpresa nos dejó atónicos (sic), pero rápidamente nos despavilamos y estalló el relajo con chistes y una cálida bienvenida.

"En un momento iremos a un pueblo de transgresores de la ley donde descargaremos y platicaremos con más calma", nos dijo.

Viajamos por lo menos dos horas más. Nunca supe dónde estuvimos, y es mejor así. El alto mando zapatista dio órdenes muy precisas sobre las normas de seguridad para el resto del recorrido: luces apagadas dentro del autobús, todos sentados, prohibición absoluta de bajar del camión y fotografiar, sobre todo con flash, pues éste puede denunciar la posición de los insurgentes a los satélites y avionetas que los vigilan.

Era medianoche y la población se quedó en sus casas; no los vimos. Un batallón zapatista nos dio un saludo militar presentando armas. Se dice que son armas de alto poder, pero parecían rifles de feria. Seguro que una resortera tiene más potencia.

Me impresionó estar tan cerca de los zapatistas y descubrir que en su mayoría son muy jovencitos, de metro y medio de estatura y muy delgaditos, por no decir mal nutridos, pero a pesar de su constitución física tienen una presencia y aplomo admirables.

Había muchas jovencitas de trenza y pasamontañas. Alguien preguntó cuál era la diferencia entre los que traían paliacate y pasamontañas y el sub contestó que unos alcanzaron pasamontaña, los otros no.

No habíamos comido nada en todo el día. Los chilangos se quejaban de tener el estómago vacío, precisamente con quienes milenariamente no tienen que comer.

Para consolarlos se les dijo: "El hambre y la sed es la misma hasta Guatemala". Un periodista alemán preguntó: ¿dónde está el baño? Los tzetzales (sic) rieron hasta las lágrimas.

Era demasiado tarde para regresar a San Cristóbal y aún no habíamos descargado las 200 toneladas de comida, medicinas y ropa que llevábamos para las comunidades que quedaron del otro lado del cerco militar y ganadero, en la llamada zona de conflicto, allá donde no llega nada y el hambre, esa milenaria compañera, hace más estragos que nunca.

Las cosechas se perdieron y no se pudo sembrar la nueva; el cerco impide el comercio y el trueque. La situación es desesperante y la desnutrición tal, que cualquier enfermedad consume a los campesinos en horas.

Además de las donaciones, era importante hacer acto de presencia para mostrar nuestro apoyo moral. Es inhumano dejar que esos indios mueran por un sitio de hambre, muy parecido al que sufrió Leningrado a manos de los nazis, o Puebla con los franceses.

Se nos invito a pasar la noche allá para al día siguiente descargar la ayuda humanitaria y en la noche participar en la fiesta que los pobladores organizaron en nuestro honor. Estaba tan cansada que no me importó dormir en un establo, muy cerca de un hormiguero.

Me picó una araña y me dejó un tobillo de elefante, pero de ahí no pasó. Lo malo son las nauyacas o siete narices. Son serpientes venenosísimas.

Nos contaba el Sub de un insurgente que caminando por la selva se topó con una. Lo mordió en el empeine; como su bota no tenía lengüeta, los colmillos del ofidio penetraron. El zapatista tomó su machete y trató de amputarse el pie, pero no pudo. El chorro de sangre salió disparado.

Sus compañeros lo atendieron y le salvaron la vida. En medio del susto aquel, el insurgente se disculpaba ante el alto mando, pues no había afilado su machete esa mañana como se había ordenado; por esa razón no pudo cortarse el pie.

Marcos nos contó esta anécdota estremecido por el sentido del deber de su compañero. "No hombre, pero cómo pides perdón. Olvídalo, alegrémonos de que estés vivo".

Cuando amaneció pudimos ver el lugar donde estábamos. Se me encogió el corazón. Nunca había visto gente tan pobre. No tienen nada, Sus casitas son de techo de palma y ramas; las paredes, de palos, y el piso de tierra. No tienen muebles, ni una mesa siquiera.

¡Pa' su madre! Ahora entiendo su deseperación. Y estos hombres tan pobres, que no tienen absolutamente nada, se levantan en armas y no sólo plantean demandas locales (agua, energía eléctrica, escuelas, hospitales, etc.), sino demandas nacionales, es decir para todos los mexicanos, como el derecho a escoger a sus gobernantes y una reforma agraria efectiva para todos los indios y campesinos del país.

Nos quedamos tres días y dos noches; en ese lapso quedé convencida de que las versiones que circulan en la prensa sobre la "manipulación de los indios por fuerzas oscuras" son puras mentiras. La gente está muy consciente de lo que hace, del porqué lo hace y a dónde quiere llegar.

Al subcomandante Marcos se le presenta como el "engañador"; sin embargo no es más que un vocero. Las comunidades deciden en asambleas (y asientan en actas) lo que quieren hacer.

Se habla mucho en la prensa del protagonismo de Marcos, pero en buena parte los periodistas son responsables de que la información se enfoque hacia él. No sé si es racismo o simplemente ceguera, pero la prensa sólo se interesa por entrevistas con el sub, nada más.

No quieren hablar ni con la tropa, ni con los ancianos, ni las mujeres. Aunque pasen horas en un retén del EZLN, son incapaces de platicar con los guardias.

En lo particular, pienso que uno de los atractivos de Marcos es que es un puente entre dos mundos: el de los indios y el de los blancos, mejor dicho, de los occidentales. El ha vivido diez años con ellos. Habla su idioma, los conoce y a los no-indios puede explicarnos muchas cosas que ni nos imaginamos.

Los indios le tienen confianza y respeto; de hecho, la única autoridad que vale es la moral. Los insurgentes no reciben salario, ni privilegios; al contrario, han dejado sus pueblos, a sus familias, para pasar aventuras de terror en la selva, ser perseguidos como animales de caza y no tener siquiera la esperanza de salir vivos. Por esta razón, su concepción de la muerte es distinta a la de nosotros y su alegría de vivir, tan intensa.

Los preparativos para la fiesta, que ellos llaman "alegría", empezaron a las cuatro de la mañana. Matamos una vaca y desde las cinco de la mañana toda la comunidad limpió frijol (donado por nosotros, modestia aparte). Se invitó a indios de otros pueblos. Vinieron a pie, caminaron varios días y para muchos la "alegría" fue tristeza porque llegaron dos días después de que había terminado.

Entre todos los chilangos descargamos los camiones, mientras José de Molina nos deleitaba con su guitarra y sus mordaces canciones, hasta que una viejitas empezaron a corear: "Que trabaje, que trabaje...", y se puso a cargar bultos.

Como era de esperarse estalló la bronca cuando algunos brutos no acataron la orden de no fotografiar (para la seguridad de todos). Se les dio un jalón de orejas y no pasó a más.

Como a las dos de la tarde llegaron los zapatistas. Marcharon y nos dieron otro emotivo saludo militar bajo un sol que era como plomo derretido. Seguíamos con el estómago vacío. La temperatura era de 40 grados a la sombra, y no había sombra.

A pesar de que nos estábamos achicharrando, nadie perdió el entusiasmo o el conocimiento. En una tórrida ceremonia de bienvenida, los voceros de las 150 organizaciones que integraron la Caravana de Caravanas manifestaron su apoyo a las demandas de los rebeldes.

Más tarde, el subcomandante Marcos dio un discurso en el que explicaba el porqué las comunidades no aceptaron formar la paz en los términos que proponía el gobierno. Esencialmente, la negativa se debió a que los zapatistas no confían en el gobierno.

No cumplió lo prometido ni accedió a las demandas de carácter nacional, como la reforma agraria efectiva y la renuncia del presidente (Carlos) Salinas y su gabinete. Los zapatistas piensan que el gobierno no debe ser interlocutor, sino la sociedad civil.

Todos aquellos que quieran una patria con paz, justicia y democracia deben organizarse y gobernarse a sí mismos.

En ese discurso hizo la propuesta de una Convención Nacional donde los diversos sectores de la sociedad --dejando fuera al gobierno-- dialoguen, hagan un plan de trabajo y de acción para hacer oir su voz y tomar el lugar que le corresponde en la dirección del país.

Es la única alternativa a la guerra, que no sería del EZLN contra el gobierno, sino que habría muchos ejércitos y un baño de sangre como en Yugoslavia. La única alternativa a la guerra civil es que el gobierno permita que haya procesos de elección democráticos.

Cuando el sol se metió, empezó la fiesta. llegaron indios de todos lados. Las mujeres se habían bañado en el río y aún tenían su larga cabellera húmeda. Los trajes eran de colores muy chillantes y de una elegancia muy sobria.

Con un acumulador de automóvil como fuente de energía, se conectó un tocadiscos que estaba medio descompuesto y sólo funcionaba con 45 revoluciones; lo malo es que los discos eran de 33 revoluciones y se oían muy rápido, tanto, que las polcas las tuvimos que bailar como si fueran merengues dominicanos cantados por las ardillitas de navidad.

Eso a nadie le importó. Todo mundo bailó. Lo único incómodo del bailongo fueron los pisotones y los riflazos de los zapatistas; estábamos totalmente a oscuras y obviamente nadie soltó su rifle para bailar.

Las avionetas sobrevolaban el campamento insurgente, pero como ellos dicen: "A todo nos acostumbramos". Aquella fiesta fue memorable. Todos estábamos verdaderamente felices y para muchos indios fue su primer contacto con gente de la ciudad.

A veces necesitábamos traductor para platicar con ellos, pero aún así hubo un acercamiento muy significativo. La fiesta duró toda la noche, y los chilangos comenzaron el viaje de regreso a las cinco de la mañana. Habíamos roto el cerco militar y esto fue nuestro principal orgullo.

Uno de los grupos de la Caravana de Caravanas es la Caravana Ricardo Pozas, integrada por estudiantes universitarios de la UNAM, UAM, ITAM y otras instituciones de educación superior.

Nosotros juntamos 40 toneladas de ayuda humanitaria, pero a nuestro trailer se le poncharon tres llantas y con la Caravana de Caravanas sólo pudimos llevar 10 toneladas, así que decidimos regresar a aquella zona dos días después de la fiesta.

Teníamos miedo de que los ganaderos nos secuestraran, asaltaran y hasta lincharan --como el 18 de febrero pasado-- pero aún así, hicimos de "tripas corazón" y regresamos a la selva con la ayuda que faltaba.

Después de descargar, ya que estábamos a punto de regresar, el subcomandante Marcos se nos apareció. ¡Qué sorpresa! Llegó solo. Se puso a platicar con nosotros sobre el viaje y la fiesta. Conversamos toda la noche.

Nos dijo que la policía se había asustado cuando vio la columna de camiones (la caravana), pues pensaron que los zapatistas iban a atacar Ocosingo nuevamente.

Nos preguntó:

SUBCOMANDANTE MARCOS.- ¿Les revisaron en el retén militar?

ENTREVISTADOR.- Sí. Bajaron la mitad de la carga de cada camión, pasaron el detector de metales, hicieron una lista con nuestros nombres y nos tomaron muchas fotos, y nosotros hasta posábamos. Los militares estaban muy intrigados al ver a 400 personas entrar a la selva. Imagínate si no regresamos, si nos quedamos acá.

SUBCOMANDANTE MARCOS.- ¡Qué horror! ¡Pobre selva!

ENTREVISTADOR.- Oye, tampoco somos tan bestias. Si Marcos aprendió, nosotros también.

SUBCOMANDANTE MARCOS.- Uyyy, eso dolió.

ENTREVISTADOR.- ¿Oye, y la comunidad cómo sintió nuestra visita?

SUBCOMANDANTE MARCOS.- Se aterrorizó. Pensó que eran los tanques.

ENTREVISTADOR.- ¿Neta?

SUBCOMANDANTE MARCOS.- Sí. El camión más grande que han visto en su vida es de tres toneladas. El torton se oía desde lejos y pensaron: "¡Puta, nos cayeron!". El compañero del retén que se adelantó con los periodistas olvidó avisar a la comunidad que venía más gente de la ciudad.

SUBCOMANDANTE MARCOS.- ¿Qué fue lo que hicieron que la comunidad después estuvo tan contenta?

ENTREVISTADOR.- Bailamos e intercambiamos regalos.

SUBCOMANDANTE MARCOS.- Algunos se quejaron de que las chavas de la ciudad no querían bailar con ellos.

ENTREVISTADOR.- ¡No, al contrario! Nosotras teníamos casi que obligarlos a bailar.

SUBCOMANDANTE MARCOS.- Yo le pregunté a las guerrilleras por qué no bailaban y me respondieron que no les había llegado la orden.

ENTREVISTADOR.- Uyyy ¡Qué celoso!

SUBCOMANDANTE MARCOS.- Es que aquí orden quiere decir permiso.

ENTREVISTADOR.- Hubieras visto cómo Sharon Stone impresionó a tus soldados. Este autobús trae una videocasetera pero por razones obvias el chofer no pudo ver la película 'Bajos Instintos' en el camino, así que, durante el baile, Chucho puso la película.

Algunos de nuestros compañeros tenían que limpiar el camión y muy amablemente unos zapas (zapatistas) se ofrecieron para ayudarlos. La película corría y los zapatistas se quedaron hipnotizados por los contoneos de Sharon Stone. Cada vez llegó más tropa y se llenó el camión (hubo permanencia voluntaria).

SUBCOMANDANTE MARCOS.- Con razón estaban diciendo: "¡¿Ya vieron cómo montan caballo en la ciudad?!" La otra vez trajimos un video a la selva --no el de 'Bajos Instintos'--, sino uno más arriba de la cintura: Elpidio Valdés, de Cuba. Los compas lo vieron y no les gustó. Al final me dijeron: "¡Qué raros son los cubanos!, mejor ponnos una película de gente como nosotros. (Elpidio Valdés son dibujos animados)".

Acá la selva es otra onda, de veras otro mundo. Por ejemplo, cuando estalló la Guerra del Golfo Pérsico, los compañeros se alarmaron mucho sobre los bombardeos. Todos estaban bien preocupados y rezaban hasta que alguien del Comité preguntó:

-- "¿Dónde está Irak?

-- Muy lejos.

-- ¿Qué tan lejos?

-- Requetelejos.

-- ¿Más allá de Tuxtla?

-- Sííí, mucho más pa' allá.

-- ¡Ah bueno, tons no hay problema!"

SUBCOMANDANTE MARCOS.- Pues sí muchachos, de veras qué bueno que vinieron. Ahorita los soldados han de estar divertidísimos con ustedes. Cuando vuelvan a leer en los periódicos que sale otra Caravana de Caravanas, van a decir: "¡Ni madres, yo pido mi cambio a otro lado!"

Ese día que estaban en la fiesta declaró el comandante que no hay cerco, que la gente trae lo que quiera, que incluso ustedes pudieron haber contrabandeado rifles R-15, AKA 47 (sic), escopetas, etc. "No los revisamos" --decía la nota.

ENTREVISTADOR.- ¡Ah qué mentira!

SUBCOMANDANTE MARCOS.- De todos modos revisan muy mal. Les da güeva.

ENTREVISTADOR.- Pero pobres cuates. El que cargaba bultos bajó empapado en sudor.

SUBCOMANDANTE MARCOS.- Pues nuevamente, qué gusto volverlos a ver y saber que la Ricardo Pozas está bien.

ENTREVISTADOR.- Pues ya que lo mencionas, te trajimos una de nuestras playeras. Haber (sic) si así ya te cambias de ropa.

 

 

Revista JUEVES DE EXCELSIOR
14 de julio de 1994
Entrevista y comentarios
del Subcomandante Marcos
Por Marta Durán de Huerta Patiño


Diciembre 94 Noviembre 94 Octubre 94 Septiembre 94 Agosto 94 Julio 94 Junio 94 Mayo 94 Abril 94 Marzo 94 Febrero 94 Enero 94