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ESPERANZA DE UN
NUEVO PAÍS:
SAMUEL RUIZ
Marzo 2, 1994


A la comunidad de la Diócesis de
San Cristóbal de las Casas:
Al pueblo de Chiapas:
A los mexicanos todos:

2 de marzo de 1994

Ha sido emocionante haber vivido estos días del año en curso, palpando con nuestras propias manos y siendo testigos presenciales de acontecimientos que jalonan nuestra historia. Todos nosotros hemos estado viviendo historia y hemos estado constituyendo historia. También hemos percibido acontecimientos protagonizados por fuerzas ocultas o cínicas, que se oponen al camino de la historia.

Hay quienes se empeñan en que no haya progreso, ni movilidad histórica, sino estatismo o regresión. Hay quienes conciben que se da el progreso o el cambio únicamente cuando favorece a sus ambiciones personales y egoístas.

Hay también realismo o pesimismo, en torno a la capacidad de cambio o de transformación que el momento presente exige de todos aquellos que influyeron en lo negro de nuestro pasado. Para los cristianos aparece esta etapa histórica como un verdadero Kairos, esto es, como un tiempo maléfico, como un jalón histórico en la construcción del reino de Dios, como una interpelación a todos lo que los indígenas claman y proclaman: "La participación de todos".

Los futuros acuerdos de paz no serán (y nadie los ha concebido así) resultado de las discusiones de una mesa, por más sinceridad que haya habido y por más sólida que haya sido la comprensión mutua. La condición de un diálogo con un seguimiento público, para el cual el gobierno mexicano nombró a un comisionado para la Paz, nos convirtió a todos nosotros (testigos nacionales o internacionales) en participantes que estuvimos sentados a la misma mesa.

Tal participación (demandada desde el rincón de los indígenas en nuestro país), significa no tanto reclamar la parte que nos toca en el "banquete del bien común", cuando aportar lo que nos corresponde para que ese bien común sea el resultado de todos nuestros esfuerzos.

El reto para la construcción de una verdadera sociedad democrática queda respondido cuando estructuralmente esa sociedad toma como medida de la participación a los más marginados de la misma, que son los que poseen la mayor reserva de verdaderos "valores": los del espíritu.

Es decir, nuestros hermanos (los indígenas, en este caso) están exigiendo el derecho de contribuir al banquete de la civilización con el vino añejo de sus valores ancestrales, guardados por centurias en las arcadas de la historia de la humanidad, a cambio sólo de estar sentada ahí, ocupando su lugar. Sus demandas, examinadas a fondo, no eran ni son más que demandas de justicia y de dignidad humana.

¡CATEDRAL DE LA PAZ! Jamás había sido honrada con tanto derroche de sinceridad, con tanto reclamo de responsabilidad histórica, con tanta conjunción de fuerzas sociales, con tanto augurio profético de historia proyectiva por centurias, con tanta esperanza de trabajo colectivo, con tanta irrupción del Espíritu del Señor de la historia en nuestra historia, con tanta contemplación esperanzadora de todo el orbe, con tanta posibilidad de señalar caminos nuevos, con tanta alegría preñada de frutos preguntados de "nueva sociedad".

Nuestro Chiapas, rincón del sureste donde principia nuestro México hacia el norte, había aportado sus riquezas al país con ayuno de ellas para sus pobladores. Ahora continúa contribuyendo esperanzadoramente para el nacimiento de un paso nuevo, avanzando denodadamente hacia la construcción de la paz.

La paz es un don de Dios; pero es también una conquista.

Para ser anunciadores de la paz, tenemos que ser constructores de la paz.

 

 

San Cristóbal de las Casas,
Chiapas, 2 de marzo de 1994.
Samuel Ruiz G.
Obispo de San Cristóbal de las Casas, Chiapas.


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