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ENTREVISTA AL
SUBCOMANDANTE MARCOS
POR MARTA DURÁN
Marzo 5, 1994


A Herman Bellinghausen

El Subcomandante Marcos entró al recinto, nos miró un momento y nos preguntó: ¿por qué tan tristes? No estábamos tristes, sino anonadados. Aún no podíamos creer que estábamos ahí, con él y con el Comité Clandestino.

Los miembros de la Caravana Universitaria Ricardo Pozas habíamos tenido una semana llena de emociones fuertes (amenazas, intimidaciones y puñaladas por la espalda a manera de cartas, como la de Luis González de Alba), pero este encuentro en la Catedral era increíble. Se le prohibió la entrada a la prensa.

A los que formamos el cerco civil de seguridad se nos pidió no llevar grabadoras ni cámaras fotográficas. ¡Qué lástima! Estábamos como en familia y el Subcomandante se permitió más bromas que las de costumbre. Nos habló con tono dulce y firme. Dijo cosas que los viejos de los pueblos le contaron.

Empezó con el tiempo, de cómo corre de manera distinta en las montañas y de los ancianos que cuentan historias que no hay en ningún libro. Las transmiten con frases pausadas como si fuesen dueños de la eternidad.

El pasamontañas negro hace resaltar aun más los ojos de Marcos. Son café claro pero con cierta luz pueden parecer verdes, y son más expresivos que sus comunicados. Con voz pausada y serena nos narró:

"Cuando llegué a estos lugares hablaba como ametralladora. Aquí aprendí a tomar tiempo. Lo aprendí de los viejos que cuentan de cajitas que hablan de fantasmas que al rato son pájaro, o el Che, o Sandino. La historia de Centroamérica se funde con la de México. Los viejos platican a un ritmo que quizás ustedes que vienen de la ciudad no entiendan".

El relato te comprometía. Era como si cada palabra se volviera una piedra. "Uno de estos viejos cerró los ojos después de platicarnos historias: pensamos que se había quedado dormido. Cuando volvimos a pasar por ahí nos enteramos de que había muerto. Aquella noche sentimos que nuestras mochilas pesaban más. El viejo se liberó de un peso y nos lo dejó. Lo venimos cargando y necesitamos que alguien --como ustedes-- nos ayude antes de que muramos aplastados. Ese peso lo han cargado por siglos los indios y un buen día dijeron: ¡Ya basta! No nos regañaron, sólo pronunciaron un "ya basta" definitivo. Nosotros cargamos la mochila de balas y así llegamos".

No se escuchaba nada en Catedral más que la voz de Marcos. Nos hipnotizó. Lo impresionante no es tanto lo que dice, sino el cómo. Parece que Juan Rulfo escogiera las palabras.

"Queríamos hablar con ustedes pero no de lejos. Nos atrevimos a venir a San Cristóbal porque sabíamos que ustedes nos protegerían. Lo pusimos a discusión: si ustedes venían, nosotros también; si no, no. Yo pensaba: ojalá que no vengan las organizaciones no gubernamentales de Derechos Humanos, así ya no tenemos que ir, pero como ustedes llegaron rápido, pues ya ni modo, tuvimos que venir.

A ustedes les tenemos tanta confianza que quisiéramos cambiar lugar; es decir, nosotros ir al cinturón de seguridad y que ustedes negocien con Camacho. Ya lo propusimos pero no quisieron. Allá afuera es más divertido: hasta cantan en la noche. Aquí adentro no nos llegan las serenatas.

A ver si no meten en problemas al obispo, pues qué va a pensar el Episcopado cuando se entere que un grupo de muchachas guapas le trae serenata al obispo, aunque son para Marcos. ¡Qué mala onda, a nosotros sólo nos llega Televisa: traigo pasamontañas para que no vean las caras que hago".

Cuando Marcos habla mueve las manos como si acariciara una esfera invisible, y cada músculo se marca en ellas. Parecen de pianista.

"No pedimos poder, ni una gubernatura, ni embajadas, ni cátedras, ni una revista propia. No pedimos nada para nosotros. Regresaremos a nuestras comunidades a explicar y a preguntar sobre lo que aquí se discuta. Pedimos que se permita a los indios gobernarse según se tradición y costumbres.

Pedimos tierra, vivienda, algo en la mesa para comer. Hay quien ni siguiera tiene mesa. No queremos una sólo para poner las manos. Pedimos escuela, pero no una vacía, sino una de donde salgamos con un pensamiento nuevo y una convicción.

Esto es una búsqueda de algo que sabemos que existe en algún lugar, por eso tomamos las armas, para pedir lo que nadie se tomaba la molestia de escuchar. Nuevamente corrió la sangre. Llegó la muerte, nuestra vieja compañera, la muerte cotidiana.

Murieron niños insurgentes, jóvenes, nuestros hermanos y la voz de ellos se escuchó por muchas partes. Una voz que dice paz, pero no la paz de antes. Hay gente de todos colores, de todos tamaños, de todos los credos, que dicen paz y la voz de los caídos dice: 'Habla con ellos para ver si su corazón camina con la verdad'.

Las cartas y los comunicados son para ustedes que no tienen gobierno, que no tienen partido, que no ganan nada. Hemos aprendido de ustedes, que son igual que nosotros. No vamos a tener nada más que la satisfacción de haber cumplido el deber. El deber, qué lejos estaba esa palabra y sin embargo acompaña cada uno de nuestros pasos".

Muchos de los presentes teníamos un nudo en la garganta y los ojos enrojecidos. No sólo nos conmovieron las palabras de Marcos sino la conciencia del peligro que corren los zapatistas de ser asesinados en cualquier momento.

Continúa el Subcomandante: "El compromiso con nuestra gente es enorme y no podemos arriesgarnos a meter la pata. Nos fusilarían --con rifles de palo, que son los que más duelen--. O morimos o vivimos con dignidad. El pliego petitorio y las negociaciones debemos consultarlas con ustedes, porque su palabra tiene tanto peso como la de nuestros comandantes.

En su momento les vamos a preguntar su opinión. Vamos a poner las cosas a su consideración. Vayan a sus tierras y pregunten a su gente si se aprueba algo o no. Si todo sale bien, les vamos a entregar esta bandera (señala el lábaro patrio); si salen mal, entonces nos la regresan para seguir luchando.

No queremos las manos llenas de sangre, nos gustaría más de barbacoa. Preferiríamos andar allá afuera llevando serenatas. Ramona canta muy bonito, pero no lo entenderían, lo hace en tzotzil".

Marcos tiene una extraordinaria facilidad de palabra; juega con su auditorio; lo puede hacer llorar y un minuto después arrancarle carcajadas. Su carisma es su mejor arma.

Al final del encuentro pudimos estrechar la mano de cada uno de los miembros del Comité Clandestino y del Subcomanche. En uno de sus comunicados nos pidió una hamburguesa sin salsa de tomate, pero ¡chin!, se nos olvidó. "¡Ustedes, como Camacho: puras promesas!", nos recriminó.

Una muchacha no pudo contener las de cocodrilo y Marcos se las enjugó preguntándole: "¿Por qué lloras si vamos ganando?".

"Por eso mismo", contestó la lacrimosa. Martín el noruego sacó de sus bolsillos varios souvenirs que se venden por las calles de San Cristóbal y le dijo: "Esta pluma es para que sigas enviando comunicados y firmes la paz".

El bolígrafo tiene un trenzado de hilos con la inscripción 'Viva el EZLN', y un encendedor con el mismo texto. Quisimos llevarle uno de los condones que están de moda, marca Alzados. En la envoltura viene una foto del Sub.

El encapuchado de los ojos grandes nos pidió que no hiciéramos mucho ruido para no incomodar al comandante Sami (Samuel Ruiz). Finalmente llegó mi turno de darle un apretón de mano al hombre más controvertido del año. Es un gigantón. Tiene las manos tan tersas como para anuncio de Nivea.

-- Ya sé por qué no te quitas el pasamontañas --le dije--

-- ¿A ver por qué?

-- Por el pinche frío que hace aquí adentro.

Soltó una risotada y me dijo:

-- Y eso que no has estado en el cuartito de las negociaciones.

Salimos de Catedral y Marcos siguió chupando su pipa; esperemos que sea la de la paz y que la fumen tanto el Subcomanche como el Sub-Camacho.

 

 

Periódico EXCELSIOR
6 de marzo de 1994
Entrevista al Subcomandante Marcos
Por Marta Durán de Huerta Patiño


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