DISCURSO DE FRANCISCO I. MADERO
A SU LLEGADA A CUAUTLA
Cuautla, Mor., Agosto 18, 1911

Cuautla, Morelos.
Plaza principal.

Conciudadanos:

Muy fresca está en nuestra memoria la lucha terrible que tuvimos que sostener para derrocar la Dictadura y conquistar nuestras libertades.

Yo fuí el jefe de la Revolución triunfante, encarnando en mí los sentimientos del pueblo mexicano, que siempre ha sido invencible en la guerra y magnánimo en la victoria; quise después de que habíamos vencido al enemigo y que habíamos demostrado que las virtudes heroicas no estaban muertas en el corazón mexicano, quise, repito, demostrar que estábamos también a la altura de los héroes más magnánimos que ha tenido nuestra historia: de los Morelos, de los Bravos, de los Juárez, y quise, en representación del pueblo mexicano, ser noble y magnánimo con los vencidos.

Nunca me imaginé que ellos fueran a agradecer los nobles sentimientos nuestros; yo sabía muy bien que a la sombra de esa libertad que habíamos conquistado y que les habíamos arrancado a ellos mismos, pretenderían luchar contra nosotros, pretenderían levantar de nuevo la cabeza y ya que en el campo de batalla habían sido derrotados, cobijándose con esa misma libertad conquistada por nosotros, encubriéndose bajo esos mismos principios democráticos, que han sido el anhelo supremo del pueblo mexicano, pretenderían engañar de nuevo al pueblo, pretenderían intrigar, pretenderían luchar contra nosotros, por medio de la mentira, de la calumnia, de la intriga, y ya véis, señores, cómo lo han intentado; pero en cambio, demostremos nosotros que tenemos bastante juicio, que tenemos bastante cordura y bastante inteligencia, para confundir a nuestros enemigos y hacer fracasar sus intrigas.

Ya veis lo que ha pasado aquí en el Estado de Morelos; todo ha sido cuestión de una intriga de nuestros enemigos, que no se resignan a la derrota que han sufrido y que se imaginan que pueden engañar al pueblo, o bien que pueden, por medio de la fuerza, volver a poner las cadenas al pueblo mexicano. Pero, señores, por la fuerza estamos seguros de que no lo podrán hacer, porque ya hemos demostrado de lo que es capaz el pueblo luchando por sus libertades; demostremos también que, por medio de la intriga, serán impotentes y se estrellarán ante nuestro buen juicio y patriotismo.

Las calumnias de nuestros enemigos habían hecho aparecer que en el Estado de Morelos había efervescencia, había inquietud, que el Ejército Libertador no guardaba el orden debidamente; se contaban miles de calumnias y miles de mentiras; yo siempre protesté contra ellos; pero, sin embargo, ya que era el único reproche que le querían hacer a la Revolución, al partido nuestro, dije: voy, pues, a arreglar esa cuestión satisfactoriamente y esas tropas del Estado de Morelos serán licenciadas.

Porque sabía muy bien que aunque estuviesen licenciados, cada uno de vosotros al llegar a vuestros hogares con la satisfacción del triunfo y del deber cumplido, estaría siempre dispuesto al primer llamado de nosotros y empuñaría las armas para defender nuestras libertades.

Pero, como dije, nuestros enemigos no descansaban, querían hacer aparecer que yo no tenía prestigio sobre los mismos jefes que me ayudaron en la Revolución y si ustedes han leído los periódicos de México y enterados de las caricaturas burlescas que representan, habrán visto a su valiente general Zapata pintado como un gran asesino.

Y por eso había crecido la idea y decían que yo era un gran patriota, y un hombre sincero, pero que me faltaba energía, que me faltaban dotes para gobernar porque no había mandado fusilar al general Zapata, y ustedes comprenderán, señores, que para eso no se necesitaba valor ni energía: se necesitaba ser un asesino y un criminal, para fusilar a uno de los soldados más valientes del Ejército Libertador.

Ayer nada menos, grandes cartelones aparecieron en la capital de la República, en que se dice que una nación que tiene veinticinco mil hombres sobre las armas y setenta millones de pesos de reserva no debe tratar con Zapata. Eso dicen nuestros enemigos, eso dice Reyes. ¿Por qué? Porque Reyes nunca ha acostumbrado a tratar con enemigos, cuando son menos fuertes que él, que siempre se ha humillado ante los poderosos, como se ha humillado ante Porfirio Díaz, ante Limantour, ante el señor De la Barra y ante mí mismo.

El general Reyes, señores, anda haciendo ahora alarde de valor y dice que con veinticinco mil hombres y setenta millones de reserva no trata con un pueblo, porque éste necesita todavía un tirano, una mano de hierro que lo gobierne, que sepa imponer su voluntad y es lo que él trata, lo que él preconiza como un príncipe salvador de la República.

Por eso, señores, cuando me di cuenta que debido a las intrigas de nuestros enemigos y a la ignorancia de vosotros, que no os dábais cuenta de lo que pasaba y que hasta llegásteis a dudar de mí, porque sé muy bien que ayer algunos gritaron muera Madero, sabía que estábais engañados; por eso no temí venir, porque, como dije ayer a algunos pueblos que me rogaban no viniese a esta ciudad, el pueblo mexicano no es asesino, el pueblo siempre ha respetado a sus gobernantes y si a mí me han respetado las balas de la Dictadura, tengo la convicción de que no sólo las balas del pueblo me respetarán, sino que serán siempre mi mejor coraza y mi mejor defensa.

Y cuando supe, señores, que debido a esa circunstancia se iba a derramar sangre hermana, inmediatamente, como era mi deber, me vine aquí en medio de vosotros a evitar que se cometiera una falta tan tremenda, que no sólo hubiese empapado de sangre este Estado, que no sólo hubiese hecho perecer a miles de mis valientes soldados y también del Ejército Federal, que está formado por hermanos nuestros, que también me han vitoreado cuando he entrado a sus cuarteles. He venido a evitarlo y tengan la seguridad de que lo conseguiré.

Puedo decir que he conjurado el peligro y que todo se solucionará satisfactoriamente, a fin de seguir sin traba alguna hacia el gran ideal que perseguimos, que es el establecimiento de la paz de la República, para ver de un modo definitivo el triunfo de nuestros principios e instalado un gobierno emanado de la voluntad nacional, manifestado en las urnas electorales.

He venido aquí a traer la calma y la tranquilidad y no saldré de vuestro Estado, hasta que no estén todas las conciencias tranquilas, hasta que no tengáis la seguridad de que vuestros derechos serán respetados en todos sentidos. Tened fe en mí, como yo la tengo en vosotros, y seguiremos marchando sin tropiezo alguno por la nueva senda de la democracia y de la libertad.

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Referencias a este documento, en:

Gildardo Magaña. Emiliano Zapata y el Agrarismo en México. Tomos I a V. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. México, 1a ed. 1937. Edición facsimilar 1985. Tomo I. p. 275-277.

Porfirio Palacios. El Plan de Ayala. Sus orígenes y su promulgación. Frente Zapatista de la República. México, 1949, p. 23-27.

Baltasar Dromundo. Emiliano Zapata. México, Imprenta Mundial, primera edición 1934. p. 219-220.

    Nota de Baltasar Dromundo:
    Este discurso fue publicado por el periódico El "Diario del Hogar", en su número de 20 de agosto de 1911.

    Dado que el texto que publica Porfirio Palacios -que aparece al principio- no coincide con el publicado por Baltasar Dromundo, lo transcribo éste último a continuación:

Conciudadanos:

Muy fresca está en nuestra memoria la lucha terrible que tuvimos que sostener para derrocar la dictadura y conquistar nuestras libertades.

Yo, que fuí jefe de la revolución triunfante, encarnando en mí los sentimientos del pueblo mexicano, que siempre ha sido invencible en la guerra y magnánimo en la victoria, quise, después de que habíamos vencido al enemigo y que habíamos demostrado que las virtudes heroicas no estaban muertas en el corazón mexicano, quise, repito, demostrar que estábamos también a la, altura de los héroes más magnánimos que ha tenido nuestra historia: de Morelos, de los Bravo, de los Juárez, y quise, en representación del pueblo mexicano, ser noble y magnánimo con los vencidos.

Nunca me imaginé que ellos fuesen a agradecer esos nobles sentimientos nuestros; yo sabía muy bien que a la sombra de esa libertad que habíamos conquistado y que les habíamos arrancado a ellos mismos, pretenderían luchar contra nosotros, pretenderían levantar de nuevo la cabeza y ya que en él campo de batalla habían sido derrotados, cobijándose bajo esa misma libertad conquistada por nosotros, encubriéndose bajo esos principios democráticos que han sido el anhelo del pueblo mexicano, pretenderían engañar de nuevo al pueblo, pretenderían intrigar, pretenderían luchar contra nosotros, ya sea por medio de la mentira, de la calumnia y de la intriga.

Ya veis, señores, cómo lo han intentado, pero en cambio, demostraremos nosotros que tenemos bastante juicio, que tenemos bastante cordura y bastante inteligencia para confundir a nuestros enemigos y hacer fracasar sus intrigas.

Ya veis lo que ha pasado aquí, en este Estado de Morelos; todo ha sido cuestión de intrigas de nuestros enemigos, que no descansan; de nuestros enemigos, que quieren conquistar el poder de nuevo; de nuestros enemigos, que no se resignan a la derrota que han sufrido y que se imaginan que pueden engañar al pueblo, o bien que pueden, por medio de la fuerza, volver a imponer las cadenas al pueblo mexicano. Pero, señores, si por la fuerza estamos seguros de que no lo podrán hacer, porque ya hemos demostrado de lo que es capaz el pueblo mexicano luchando por sus libertades, demostramos también que por medio de la intriga serán impotentes y se estrellarán ante su buen juicio y patriotismo.

Las calumnias de nuestros enemigos habían hecho aparecer que en el Estado de Morelos había efervescencia, había inquietud; que el Ejército Libertador no guardaba el orden debidamente; se contaban miles de calumnias, miles de mentiras; yo siempre protesté contra ellas; sin embargo, ya que era el único reproche que le querían hacer a la revolución, al partido nuestro, dije: "Voy, pues, a arreglar esa cuestión satisfactoriamente y esas tropas del Estado de Morelos se licenciarán".

¿Por qué? Porque sabía muy bien que aunque estuviesen licenciadas, cada uno de vosotros, al llegar a vuestros hogares con la satisfacción del triunfo y del deber cumplido, estaría dispuesto al primer llamado de nosotros y empuñaría las armas para defender nuestras libertades.

Pero como os digo, nuestros enemigos no descansaban, querían hacer aparecer que yo no tenía prestigio sobre los mismos jefes que me ayudaron en la revolución, y si ustedes han leído los periódicos de México, enterándose de las caricaturas burlescas que representan, habrán visto a su valiente general Zapata pintado como un gran asesino.

Y por esto había crecido la idea y decían que yo era un gran patriota y un hombre sincero; pero que me faltaba energía, qué me faltaban dotes para gobernar, porque no había mandado fusilar al general Zapata, y ustedes comprenden, señores, que para eso no se necesita valor ni energía; se necesita ser asesino y criminal para fusilar a uno de los soldados más valientes del Ejército Libertador.