CARTA DE FRANCISCO I. MADERO A
FRANCISCO LEÓN DE LA BARRA
México, D.F., Agosto 25, 1911

México, D. F., 25 de agosto de 1911.

Sr. Lic. Francisco L. de la Barra
Presidente Interino de la República.
México, D. F.

Muy estimado y fino amigo:

Como tenía usted ayer Consejo de Ministros, no me fue posible terminar los puntos que principié a tratarle, por cuyo motivo me tomo la libertad de poner a usted la presente, tanto más cuanto qué por escrito se condensan mejor las ideas y se expresan con mayor claridad y precisión.

Voy a tratarle dos puntos: la cuestión general de la República y la del Estado de Morelos.

Respecto a la cuestión general de la República me permito recordarle que desde que llegó usted al puesto que ocupa no tanto por el ministerio de la Ley, sino porque el Partido revolucionario estuvo de acuerdo con usted, me manifestó en conversaciones privadas y lo ha demostrado elocuentemente en sus actos públicos, que aceptaba los principios del partido revolucionario en todas sus partes y se adhería, a él, siendo considerado desde entonces por todos nosotros, como uno de los miembros más conspicuos y respetables de la Revolución.

Y era natural que para gobernar tuviese usted que apoyarse en algún partido político y ese partido no podía ser otro que el nuestro, que acaba de triunfar y que representa las aspiraciones unánimes de la República, pues sólo quedan fuera los elementos que se han dado en llamar partidarios de Reyes y que son los del antiguo régimen y algunos de los aristócratas que hacían grandes negocios con él y que ansían volver al poder bajo la bandera de un Reyes o un Vera Estañol.

Hasta hace muy poco tiempo todo había marchado perfectamente.

El prestigio de usted había ido creciendo, porque la Nación entera veía que estaba usted enteramente de acuerdo con nuestro Partido, que representa sus aspiraciones. Yo he ayudado a usted con entera lealtad, sin ostentación alguna, sin ejercer ninguna presión sobre su ánimo y haciendo en Público declaraciones que he creído convenientes para robustecer su prestigio personal y el de su gobierno.

Guiado siempre por un espíritu de justicia y patriotismo, no vacilé ni un solo momento en romper con el licenciado Emilio Vázquez, que fué uno de mis más fieles y constantes colaboradores, y que se había considerado como uno de los miembros más conspicuos de nuestro Partido. Eso le demostrará a usted aún más la lealtad, desinterés y patriotismo con que le he servido.

Ahora bien, me dijo usted ayer que quería que le dejasen con más libertad, dándome a entender que no quería me mezclase para nada en los asuntos del gobierno. Como no me guía ninguna ambición personal, ni soy impaciente, ni timorato, estoy dispuesto a obsequiar sus deseos y le aseguro a usted que no volveré a importunarle con mis visitas; pero debo declarar a usted lo siguiente:

Le seguiré ayudando con toda lealtad; pero no podré impedir que mis partidarios o amigos critiquen los actos de usted y sus ministros, que crean criticables. Tampoco podré impedir manifestaciones de desagrado si se encarcela a mis amigos como en Guadalupe, y si se permite a las legislaturas porfiristas que depongan gobernadores revolucionarios como en Tlaxcala; si se quiere burlar su opinión como en Aguascalientes y como se pretende hacerlo en San Luis, pues ya que su Ministro de Gobernación sólo atiende a las observaciones que le hacen los que él llama gente de orden, de la cual le dije a usted mi opinión más arriba y trata de demagogos a todos los sinceros demócratas, que sufra las consecuencias de su conducta yo lo único que lamento es que usted se empeñe en sostenerlo en su Gabinete, haciendo que sobre usted se refleje la impopularidad de su Ministro.

Usted comprende que yo estoy en una situación muy difícil.

Al celebrar la paz y admitir a usted como Presidente de la República, los revolucionarios creían que puesto que el Partido nuestro era el triunfante, tenían derecho a todas las prerrogativas que les da el haber salvado a la Patria, y el hecho de que se vean postergados, que vayan a ver al Ministro de Gobernación y no los quiera recibir, o los trate con desdén; el hecho de que sean reducidos a prisión algunos de ellos porque hacen manifestaciones de desagrado contra la candidatura de Reyes, como pasó en Monterrey; que reduzcan a prisión y juzguen militarmente a un americano en Sonora porque simpatizó con la revolución y ayudó en aquella época a que algunos soldados del Ejército Federal se pasasen a las filas revolucionarias, y por último, ver la política que se sigue en Morelos, a donde se manda al frente de las fuerzas a los jefes que mayores desmanes cometieron durante la guerra, esto último lo consideran los revolucionarios casi como un insulto.

Ahora bien; usted sabe las condiciones con las cuales vino Reyes al país, los compromisos que contrajo conmigo, con usted y el modo como se ha portado. Este general, que toda la República considera como un hombre funesto, que se considera como la amenaza más terrible para nuestras libertades, está intrigando activamente en todos los ramos de la administración.

Ha logrado que el Gobernador de Jalisco y el del Estado de México sean amigos de él, así como lo es también el de Nuevo León. Ha logrado hacerse de amigos en el Ejército y él es el que ha fomentado las huelgas y algunos otros disturbios en el país, pues hasta el levantamiento de Salgado me aseguran que fué inspirado por Reyes, quien le dió una fuerte suma de dinero para que lo hiciese.

Reyes, además, recibe dinero de numerosas personas, entre ellos, se me asegura, don Iñigo Noriega. Pues bien, siendo el general Reyes una amenaza; estando perfectamente comprobado que conspira y que prepara un levantamiento de armas, veo con profunda pena que usted no ha tomado ninguna clase de medidas para impedir esos preparativos bélicos y para salvar el depósito de nuestras libertades que hemos puesto en sus manos.

Usted, con una fe ciega en la fidelidad del Ejército, hacia usted, olvida que no es contra usted contra quien se medita un levantamiento, sino contra mí, y en el banquete de Chapultepec se ha de haber dado cuenta del sentimiento del Ejército hacia mi.

Y no solamente no toma usted ninguna clase de medidas para evitar que Reyes siga con su propaganda funesta, sino que se permite a don Iñigo Noriega, partidario de Reyes, que tenga gran cantidad de armas de la Nación en su Hacienda y se ordena el licenciamiento de las tropas ex revolucionarias que había en Toluca.

Su Ministro de Gobernación sé muy bien que no es reyista; pero con su inclinación de guiarse por lo que él llama la gente de orden, inconscientemente trabaja por Reyes. Usted también, rodeado por no se qué influencias, inconscientemente facilita a Reyes, su obra.

Para ponerle a usted el ejemplo más saliente me referiré al envío de Huerta a Morelos. Este general es bien conocido en todas partes por sus antecedentes reyistas. Usted ha visto el modo tan indigno como me trató en Cuernavaca, pues a pesar de que tenía instrucciones de usted de obrar de acuerdo conmigo, no sólo no lo hizo, sino que se burló de mi.

Además, todos sus actos han tendido a provocar hostilidades en lugar de calmarlas. Pues bien, el nombramiento del general Huerta no fué sugerido por su actual Subsecretario de Guerra, que era el indicado para ello, sino por personas extrañas, puesto que usted hizo la designación directamente.

Comprendo que está usted, bajo el punto de vista constitucional, en perfecto derecho de hacerlo; pero si usted siguiera obrando de acuerdo con el Partido nuestro, que es el 99 por ciento de la Nación, hubiera preferido inspirarse con el Subsecretario de Guerra, y no con personas extrañas.

En resumidas cuentas, los del antiguo régimen aliados bajo la bandera de Reyes y de Vera Estañol, en vista de las consideraciones con que usted los trata, se han ensoberbecido a tal grado que conspiran abiertamente en toda la República y en un mitin celebrado en un teatro se pusieron a pedir que sea procesado uno de los Ministros más íntegros que tiene usted.

Ahora es más necesaria que nunca la unión entre todos nosotros y si usted se siguiera considerando miembro de nuestro Partido y las intrigas de nuestros adversarios no hubieran logrado hacerlo vacilar respecto a la única conducta que debe usted observar y que tiene por principal objeto conservar celosamente el precioso depósito que le hemos hecho de nuestras libertades, no habría nada que temer, bastaría con que usted nombrase otro Ministro de Gobernación más hábil para contrarrestar los trabajos del enemigo común y más hábil también para conocer y respetar la opinión pública.

Pero no siendo así y empeñándose usted en seguir sosteniendo al señor García Granados, que completamente desoye la opinión pública y que está cayendo en las redes de nuestros adversarios en vez de combatir sus intrigas, sí veo grandes peligros para lo por venir y considero casi segura la guerra civil.

Quizás me encuentre usted pesimista; pero yo le aseguro que nunca lo he sido, que nunca me creo de chismes y de cuentos y que con la más perfecta serenidad aprecio todo.

Pero son tan innumerables los datos que tengo respecto a los preparativos que se hacen de Reyes para levantarse en armas, que no abrigo la menor duda respecto a ello. Usted no quiere ver ese peligro y no lo conjurará. Yo ya puse alerta a la Nación.

A pesar de todo esto creo que es necesario que usted siga en el poder, porque lo considero un punto de dignidad personal y de mi Partido, porque si usted se retirara de la Presidencia podía creerse que era porque le habíamos sido desleales y que por la ambición de que el poder cayera más pronto en manos de los nuestros, le habíamos creado dificultades.

Lo único que haré será tomar mis precauciones para prepararme yo también para la guerra civil. Desde luego, me permito suplicarle que se lleve a efecto lo que usted me ofreció y que dijo había acordado en Consejo de Ministros y es no licenciar más tropas insurgentes.

A pesar de lo que usted me ha repetido en ese sentido, el general Villaseñor me dice que únicamente tiene orden de dejar en total 9,600 soldados rurales, y como 4,800 son los antiguos, resulta que sólo tendremos 4,000 ex revolucionarios, lo cual es completamente insuficiente para asegurar el triunfo de los principios proclamados en la Revolución, pues aunque usted crea en la lealtad del Ejército, yo no tengo confianza en él mientras no se hagan los cambios de jefes que tantas veces he indicado a usted y que usted me ha ofrecida hacer.

(A propósito de esto, si usted gusta puede mandar que lo vea un señor Diputado Juan Tablada, quien podrá asegurar a usted que el general Huerta le ofreció $8,000 por que se hiciera revista "El Hijo del Ahuizote.")

Además, le suplico se disponga no se le retiren a Figueroa algunas ametralladoras que tiene y que capturó desde la guerra. Por último, terminaré el viaje rápidamente que voy a hacer a Yucatán, porque ya lo tengo prometido, y me retiraré a la Frontera en espera de los acontecimientos.

Yo recomendé a mis amigos y partidarios la mayor mesura cuando se refieran a usted; pero lo repito, no puedo impedir que manifiesten su desagrado contra actos como el de Aguascalientes en que la Legislatura no quiere respetar la voluntad del 80 por ciento de los ciudadanos que votaron, y como lo que se prepara en San Luis.

Le repito igualmente que si en estos casos no se demuestra que usted está completamente de acuerdo en hacer respetar la voluntad popular, cuando se reúna el Congreso de la Unión va a ser más difícil tratar con él, pues entonces él se creerá la voluntad suprema de la Nación, no vacilará en cometer un fraude electoral de los que está muy acostumbrado a hacer y el Ejército apoyará al Congreso y de ese modo, respetando el formulismo pasado, volverá a caer la República en una dictadura más peligrosa que la del general Díaz.

Todo eso puede conjurarse obrando desde ahora con energía, y uniéndonos. Yo, por mi parte, pondré todo lo posible; pero no soy el único factor, de usted depende lo demás.

Respecto al segundo punto que le quiero tratar, lo de Morelos: me permito recordarle que usted me dijo que no podía ofrecer que Hay podría ser Gobernador, y que las tropas federales se retirarían tan pronto como hubiesen ellos depuesto las armas y que entraran al Estado fuerzas ex revolucionarias en número suficiente y al mando de Raúl, mi hermano.

Pues bien, aunque el desarme no se efectuó en la escala que hubiese sido posible si se hubieran seguido las indicaciones que yo hacía desde el teatro de las operaciones y por consiguiente en mejores condiciones de apreciar los acontecimientos, sí se ha logrado que depongan las armas los principales cabecillas y si acaso siguen algunos disturbios no tendrán ya ninguna bandera política, sino que serán algunas cuantas partidas de bandidos que prontamente serán reducidas al orden por las tropas ex revolucionarias.

El hecho de que Hay, como una figura de retórica para dar más lustre a su pensamiento, manifestara que iba a ser tan imparcial para respetar el voto del pueblo que si Zapata resultaba electo gobernador, a él le entregaría el mando, no es suficiente para que no se lleve a efecto el compromiso que yo, con autorización de usted, celebré con las fuerzas de Zapata.

Usted comprende que en este caso sí va mi honor de por medio.

Si yo intervine en este asunto, exponiendo mi vida, como a usted le consta, y haciendo grandes sacrificios, fué movido por el deseo de evitar un serio conflicto; pero no quise ir sin llevar las proposiciones de usted que sabía yo serían admisibles para ellos.

Esas condiciones las acordaron ustedes en Consejo de Ministros y me las comunicó usted en presencia de Ernesto. Si ahora no se cumple con lo que yo ofrecí en nombre de usted, con aprobación del Consejo de Ministros, yo quedo en ridículo y no sólo eso, sino que pueden creer que fui a traicionarlos engañándole y a esto sí no puedo resignarme, por cuyo motivo si no se cumplen esos compromisos contraídos en Morelos, en la forma que usted guste, pues deseo que el gobierno salve completamente su decoro; si no se arregla esto, digo, me veré en el forzoso caso de hacer declaraciones públicas. a fin de que todo el mundo sepa cuál fué mi proceder en este caso.

Le repito que esto último me será muy sensible; pero mi dignidad y mi honor me obligan a ello, pues yo nunca he sido de los políticos que van a engañar al adversario para desarmarlo: siempre he atacado a mis enemigos frente a frente.

Puede usted contestarme esta carta por escrito o verbalmente si usted gusta, en cuyo caso acudiré a su llamado, a la hora y día que se sirva indicarme.

Si logro solucionar satisfactoriamente todas las cuestiones pendientes, no publicaré esta carta. Tampoco lo haré en caso contrario, sólo que lo juzgue indispensable y que me vea apremiado por las circunstancias, pues mi deseo es no crear dificultades a su gobierno, sino contribuir en todo lo posible a robustecerlo; pero esa fuerza sólo se encuentra en la unión de todos los elementos que tenían por única aspiración el bien de la patria, a fin de, con toda energía, combatir a los enemigos de estos grandes ideales.

Me repito una vez más, su amigo que mucho lo aprecia y su atto. S. S.

FCO. I. MADERO.

 

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Referencias a este documento, en:

    Gildardo Magaña. Emiliano Zapata y el Agrarismo en México. Tomos I a V. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. México, 1a ed. 1937. Edición facsimilar 1985. Tomo I. p. 315-322.

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