EL PENSAMIENTO DE LA REVOLUCIÓN
Artículo de Emilio Vázquez Gómez
Junio, 1912

San Antonio, Texas, E.U.

El pensamiento de la Revolución actual en su origen o causa, en sus fines y en los medios que desea poner en ejecución para realizar sus altos propósitos, puede explicarse y condensarse en los siguientes conceptos.

El espíritu del hombre ha sentido y manifestado siempre dentro de sí propio, la tendencia natural de hacer evolucionar a la humanidad hacia un estado de bienestar y perfeccionamiento superior a aquel en que se encuentra en un momento dado.

Si esa tendencia de mejoramiento sucesivo puede moverse en libertad, sin restricciones que le estorben su labor y su camino, ella acciona de modo gradual y sucesivo, evolutivamente, es decir, en paz; pero si carece de libertad, o tropieza con obstáculos que la entorpecen o detienen, entonces, ella, impotente por sí misma para detenerse como que constituye una fuerza, continúa desenvolviéndose, pero de hecho detenida, va depositándose poco a poco en el seno de la sociedad, teniendo por dique el conjunto de obstáculos que le cierran el paso.

Esta fuerza sucesivamente acumulada, va en consecuencia aumentando su poder, batalla cada vez más y en todas direcciones busca una salida que le permita seguir adelante; viene un momento en que su poder es superior al poder de la fuerza del dique que la aprisiona y comprime; entonces rompe ese dique, conquistando con su acción propia la libertad que se le negaba, y con más o menos violencia se precipita invadiendo el espíritu de los hombres y de los pueblos, a quienes, levanta, arma, une, organiza y arroja al campo de la lucha armada.

En esto consiste a juicio nuestro el proceso moral de toda revolución.

Tendencia de la Revolución Nacional

En la espaciosa extensión territorial compuesta de montañas y de valles, poseída en su mayor parte por grandes terratenientes y concesionarios, depositaria toda ella de riquezas agrícolas y mineras, inmensas, pero estancadas, perdidas y sin fruto, surcada esa extensión territorial por innumerables corrientes de agua, permanentes y temporales, cuya enorme y aún no imaginada fuerza económica se pierde para México, por millones diaria y constantemente, existe esparcida en grupos más bien pequeños que grandes, una población que en su mayoría vive pobre, ignorante, mal alimentada y abandonada a sus esfuerzos propios.

Dividir esa tierra para llegar a cultivarla y explotarla toda, almacenar aquellas aguas para asegurar el éxito del cultivo de la tierra, desentrañar y explotar ampliamente las riquezas mineras y de toda clase, capacitar a la población para todos estos grandes trabajos y obtener con todo esto la elevación intelectual, moral y económica de los mexicanos, la vigorización de nuestra raza, y con esto el desarrollo verdadero y en todas sus fases el poder de la República; tal es y ha sido la tendencia del sano espíritu nacional de México; tales son y han sido los medios que desea poner en ejecución y los fines a que ambiciona llegar la tendencia renovadora.

La causa del movimiento de 1910.

En el año de 1910, esa tendencia se encontraba aprisionada por obstáculos y restricciones que parecían indestructibles; el caciquismo, es decir, las arbitrariedades de la autoridad en función constante dominando tiránicamente a los hombres y a los pueblos, hasta llevarlos en muchas partes al estado de desesperación; el rutinarismo de las esferas oficiales con su red inmensa de trabas, el capital desenvolviendo su fuerza dominadora y aplastante con la tendencia de monopolizar las esferas de actividad y dividir la población en dominantes y dominados; la tradición, cuyo poder mantiene a la mayoría del pueblo en la impotencia; la influencia de las clases burocráticas en las esferas gubernamentales y el abandono en que unas y otras tienen a las clases humildes, han influído poderosamente en hacer más intensos los efectos perjudiciales a la generalidad de los habitantes.

Tales elementos, unidos a un gobierno que no evolucionaba, mantenían encarcelada y oprimida la tendencia renovadora. Esa tendencia batallando para encontrar salida por el camino de las soluciones políticas que se agitaban entonces, fue acumulando su fuerza en el seno del pueblo, esta fuerza superó en un momento dado a los obstáculos y restricciones que sobre ella pesaban y rompió el dique y asomó esplendorosa comenzando la Revolución armada en 1910.

Iniciada la lucha en noviembre de aquel año, en mayo del siguiente obtuvieron el triunfo los heroicos defensores de la tendencia renovadora; pero desde ese mismo momento, desde Ciudad Juárez, esa tendencia comenzó a ser burlada precisamente por el Jefe del movimiento armado; él mismo comenzó a expulsarla a toda prisa del puesto que había conquistado, quitándole de sus propias manos el triunfo y arrojándola al campo de donde había ascendido, produciéndose el fenómeno, no raro en la historia de los pueblos, de que el jefe de la tendencia triunfante se desprendiera de ésta y se pusiera a la cabeza de la fuerza conservadora, para volver como volvió a detener y encarcelar la tendencia nueva, por medio de una reacción rápida e irritante, al llegar como ha llegado por ejemplo en Morelos, a echar fuera de sus hogares a los moradores e incendiando después los pueblos para dejarlos deshabitados, ha ido mucho más allá del extremo a que llegó el régimen anterior.

Causa del nuevo movimiento.

Esa incomprensión hizo que la tendencia renovadora, incontenible por su propia naturaleza, levantara de nuevo, uniera, armara y arrojara incontinenti a la lucha armada a los hombres y a los pueblos, para destruir otra vez los obstáculos y restricciones que traidoramente han vuelto a detenerla y encarcelarla. Es ley natural e incontrastable que ella no se detenga hasta llegar a sus fines, sea cual fuese la voluntad de los gobiernos.

Tal es en el fondo el origen y la causa de la Revolución actual.

Impotencia del Gobierno para contener la Revolución.

El gobierno del señor general Diaz, a pesar de su poder de toda clase, incluso el inmenso de la tradición, fué impotente para detener la tendencia renovadora y para satisfacerla volviendo la paz al país; el gobierno del señor Madero, sin el poder de la tradición de que disfrutaba el señor general Díaz y a pesar de su loco empeño en detener ésa tendencia y devolver la paz al país sin satisfacer aquélla, está visto que es impotente para lograrlo, tanto o más que lo fué, al fin, el gobierno del señor general Díaz.

Puede el gobierno hacer hoy que se maten muchos mexicanos; pero la corriente de la tendencia renovadora permanecerá viva y seguirá imperturbable su camino hasta lograr su fin sin que sea posible destruirla, porque las corrientes del espíritu humano surgidas de evidentes y profundas necesidades de los pueblos, no pueden extinguirse por cárceles, no pueden matarse ni con cañones ni con máuseres.

Aquellos dos hechos continuados, uno tras de otro, la impotencia del gobierno del general Díaz y la impotencia del gobierno del señor Madero para dominar la tendencia renovadora, constituyen una prueba irrefutable de que si el uno no pudo, el otro no podrá volver la paz al país a pesar de que todos sincera y ardientemente ambicionamos volver a la paz. Convénzase la Nación toda, convénzase: la paz no volverá a México sino satisfaciéndose pronta, franca y resueltamente aquella tendencia de algún modo, o triunfando la Revolución que la lleva en su seno y en su bandera. Ésta verdad es indiscutible y los tiempos próximos se encargarán de probarla ante los ojos de todos.

Hoy el pueblo, en medio de considerables extensiones territoriales no cultivadas ni explotadas, de enormes volúmenes de agua aprovechable, pero perdiéndose constantemente y de otras grandes riquezas estancadas en el seno de la naturaleza, y sujeto a los obstáculos y restricciones descritas, sigue lo mismo que antes; pobre, ignorante, débil, mal alimentado y abandonado a sus esfuerzos propios: tiene hambre y no ve el fin de este estado de cosas.

En tales condiciones ¿qué pretende la tendencia renovadora?

Exactamente lo mismo que siempre, exactamente lo mismo que en 1910, la elevación intelectual, moral y económica de los mexicanos, la vigorización de nuestra raza y con esto el engrandecimiento del poder nacional. Tales son sus fines, tales son los fines perseguidos por la actual Revolución. ¿Son criminales, son siquiera antipatrióticos estos fines que persigue la Revolución? Sólo la demencia puede sostenerlo así.

Medios de que se valdrá la Revolución.

¿De qué medios trata de hacer uso la tendencia renovadora, es decir, la Revolución actual, para realizar tan altos fines? Dividir la tierra para poder cultivarla, sin dañar a nadie sino beneficiando a todos; regar esa tierra para asegurar el éxito de su cultivo, también sin dañar a nadie sino beneficiando a todos; robustecer y capacitar al mexicano para todos aquellos trabajos trascendentales, sin dañar a nadie, vuelvo a repetirlo, sino beneficiando a todos, y sobre todo a la Patria para la que presagian aquellas soluciones inusitado y rápido engrandecimiento.

Bajo el imperio de este principio cardinal y esencialísimo en el pensamiento actual de la Revolución, paso a exponer las tres fases que a juicio nuestro constituyen la solución del problema agrario: Tierra, Agua y Población.

Consolidación de la propiedad.

El Estado debe consolidar toda la propiedad privada raíz de la República, declarando prescritos todos sus derechos contra cualquiera propiedad poseída por particulares, acabando con las leyes dictadas en los últimos tiempos que dan al Fisco facultades para mantener inseguro y en inquietud constante el derecho de propiedad, a fin de que ésta quede consolidada y tenga en el comercio toda la confianza que necesita tener y que debe otorgársele por las leyes de la República. Sólo se exceptúan de esta regla los despojos de tierras y aguas de que habla el artículo tercero del Plan de San Luis, cuyos interesados serán satisfechos como la justicia lo exige.

La Federación comprará desde luego en cada uno de los veintisiete Estados y tres Territorios que componen la República, extensiones de tierra no cultivada, destinadas a la división y adjudicación en lotes, cuya extensión y precio se fijará previamente. Sólo se comprará tierra cultivada en aquellos lugares en que no haya disponible sin cultivar.

El precio de compra de esas extensiones de tierra será convencional lo mismo que el modo y condiciones de pago.

La quinta parte de las tierras que se adquieran se aplicará ya dividida en lotes, separadamente uno de otro y sin costo alguno, a viudas y huérfanos de revolucionarios, en compensación de los servicios prestados a la República en la Revolución, por padres, hijos, marido o hermanos muertos, así como a todo revolucionario superviviente, también en compensación de los servicios prestados a la causa regeneradora. Estas adjudicaciones se harán de tierras existentes en los lugares en que viven los interesados.

Otra quinta parte de esas tierras se conservará dividida en lotes. separadamente unos de otros, en poder del Estado, durante cinco años, después de los cuales se venderá y su producto será destinado al pago de la Deuda Nacional, calculada en la actualidad en SEISCIENTOS MILLONES DE PESOS aproximadamente.

Las tres quintas partes restantes, divididas en lotes y separadamente uno de otro, serán vendidas por el Estado a quienes lo soliciten, dando preferencia a mexicanos labradores u obreros del lugar y a mexicanos que se repatrien. El precio de venta será pagadero en cuarenta años, con cuarenta anualidades iguales y con un interés de tres por ciento anual pagadero también cada año y disminuyendo el monto del interés en proporción de los pagos hechos a cuenta del precio.

Ningún lote será menor de cinco hectáreas, ni mayor de cien; pero su extensión precisa dentro de esos extremos se fijará según la clase y condiciones de la tierra de que se trata en los diferentes lugares de la República. Podrá extenderse hasta quinientas hectáreas respecto de lotes que sólo sirvan para la cría de ganado.

Las leyes que se dicten con este motivo, establecerán las condiciones y demás pormenores que sean necesarios.

Los trabajos del Estado en la adquisición y división de lotes y adjudicación de tierras durará el tiempo necesario para adquirir, dividir y adjudicar, cuando menos hasta la tercera parte de las grandes extensiones territoriales, conforme lo establece el Plan de Ayala.

Irrigación en todas las Entidades.

La Federación procederá al almacenamiento de las aguas en toda la República, comenzando desde luego a construir cuando menos una presa en cada uno de los Estados y Territorios, siguiendo la construcción de presas sucesiva e indefinidamente, hasta concluir la irrigación de toda la tierra cultivable en el país, así como la construcción de depósitos de agua en todos los terrenos que no la tengan y se destinen a la cría de ganado.

Para llevar a cabo este trabajo, la Federación podrá ocupar por su cuenta y en cada Estado y Territorio a todos los presos que lo consientan, ya sea que se encuentren en las cárceles federales, de los estados o de los Municipios, otorgando a los que consientan en extinguir su pena de prisión en los trabajos de irrigación, el derecho de que sea conmutada dicha pena en la mitad del tiempo.

En estos trabajos de presas y almacenamiento de agua, será respetado todo derecho preconstituído conforme a la ley.

Educación agrícola.

Para capacitar a los mexicanos en el sentido de la reforma económica de que se trata, todas las escuelas de instrucción primaria que existen y que se establezcan en lo de adelante, serán convertidas en Escuelas-Granjas, es decir, con las construcciones y extensión de tierra que sean necesarias para la enseñanza practica de la agricultura propia del lugar, de la cría de ganado, de animales domésticos, artes útiles, milicia, equitación, natación, gimnasia y ejercicios propios para desarrollar el carácter y las operaciones del comercio y contabilidad que surjan de los trabajos y administración de la Escuela-Granja. Todo esto además de la enseñanza ordinaria. Ninguna Escuela-Granja puede ocupar una extensión de tierra menor de diez hectáreas, ni mayor de doscientas.

En las Escuelas-Granjas para el sexo femenino, se dará la misma enseñanza con excepción de la milicia que será substituída por la enseñanza de los trabajos del hogar y alguna industria casera adecuada o propia de la mujer, pues es forzoso proporcionar porvenir a la mujer mexicana.

Minería; comunicaciones y comercio.

Facilitar la explotación de nuestra inmensa riqueza minera, abrir a la navegación nuestros ríos en la parte en que son navegables, poniéndolos en contacto con nuestros ferrocarriles; abrir en todas partes caminos vecinales para las estaciones ferrocarrileras; desarrollar la libertad del comercio interior, quitándole las innumerables trabas y vejaciones a que hoy está sujeto por pretextos de fiscalización, y trabajar por el aumento de nuestra exportación hasta lograr que ella nos traiga y mantenga en nuestra circulación monetaria el verdadero talón oro, son puntos trascendentales cuya realización ayudará poderosamente a derramar sobre el suelo mexicano todo el bien que ansía la tendencia renovadora.

Lo que puede originar la resistencia de los hacendados.

Es necesario que los mexicanos, en los actuales momentos, tengamos presentes las enseñanzas de la Historia. Cuando la Revolución de Ayutla ordenó al Clero la desamortización de sus capitales y que los echara al movimiento comercial, no tenía más propósito que desestancar aquella riqueza acumulada, después de algún tiempo, y sólo en virtud de haberse resistido el Clero a producir aquella transformación económica en el país, la Revolución acordó la nacionalización de aquellos bienes, es decir, los quitó de manos del Clero para derramarlos y echarlos al comercio general.

Para esto fué necesaria una guerra que duró diez años. Pues bien, es necesario que los grandes terratenientes piensen que hoy la Revolución sólo exige que se vendan al Estado parte de esas grandes extensiones de tierra sin cultivo, que constituyen una riqueza estancada sin prestar servicio a nadie, ni aún a ellos mismos, todo con objeto de dividirla, es decir, de ponerla al cultivo y en circulación en el comercio; y que esto quiere hacerlo la Revolución, respetando como está resuelta a respetar todo derecho de propiedad; que es necesario por lo mismo que los grandes terratenientes hoy se apresuren a ayudar a la tendencia renovadora, a verificar esa grandiosa transformación económica en la que ellos nada pierden, sino que al contrario se benefician segura y altamente, por el gran valor que con aquella transformación económica adquieran los terrenos que les quedan; que piensen que toda idea nueva evoluciona con la prolongación del sacrificio que la humanidad hace para llegar a realizarla; y que si no se satisface tal cual es hoy, más tarde, en no lejanos tiempos, es posible que la tendencia renovadora aun contra la voluntad del hombre, ya no se conforme con lo que hoy pide, sino que pase lo que en tiempos de la Reforma, que exigió al Clero la nacionalización en vista de su resistencia.

Así hoy solicita comprar respetando el derecho de propiedad, pero si hay larga resistencia, ella puede llegar hasta la nacionalización de la tierra no cultivada.

Si el señor Madero no hubiera cometido los trascendentales errores que cometió, todo estaría en paz y la tendencia renovadora estaría satisfecha ya evolutivamente por el Gobierno, con el caluroso aplauso y honda satisfacción de propios y extraños; pero cometidos aquellos errores, ahuyentó la paz y trajo el estado de guerra.

Piensen serenamente nuestros compatriotas lo que aquí exponemos; si lo comprenden, estiman y solucionan, se salvarán ellos, salvaremos a la Patria de riesgos trascendentales; pero si no lo hacen así, la responsabilidad de una Revolución que advierte y que señala el modo de conjurar eficazmente aquellos peligros, queda salvada ante el mundo y ante la historia.

Todo por la Patria y para la Patria.

EMILIO VAZQUEZ.

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Referencias a este documento, en:

    Gildardo Magaña. Emiliano Zapata y el Agrarismo en México. Tomos I a V. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. México, 1a ed. 1937. Edición facsimilar 1985. Tomo II. p. 249-257.

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