CARTA DE EMILIANO ZAPATA A
PASCUAL OROZCO HIJO.
Campamento Revolucionario en Morelos,
Marzo 30, 1913

He tenido el honor de leer la grata de usted fechada el 18 de marzo último, la cual me fue entregada por su estimable padre el 29 del mes antes citado, y refiriéndome a los conceptos en ella emitidos, con la franqueza y sinceridad que caracterizan todos mis actos, me veo en la imperiosa necesidad de manifestarle: que ha causado decepción en los círculos revolucionarios de más significación en el país la extraña actitud de usted al colocar en manos de nuestros enemigos la obra revolucionaria que se le confirió.

Yo siempre admiré en usted al obrero de nuestras libertades, al redentor de los pueblos de Chihuahua y de la región fronteriza, y cuando lo he visto tornarse en centurión del poder pretorio de Huerta, marchitando sus lauros conquistados a la sombra de nuestros pendones libertarios, no he podido menos que sorprenderme delante de la Revolución caída de sus manos, como César al golpe del puñal de Bruto.

Quizá usted, cansado de una lucha sin tregua y de un esfuerzo constante y viril en pro de nuestra redención política y social, abdicó de un credo que el orbe revolucionario de toda la República recibió en medio de nubes, relámpagos y truenos de glorias y libertades; pero usted, en vez de laborar por la paz, ha laborado por la guerra, provocando el suicidio de la Revolución, en sus hombres y en sus principios.

No debía usted haber desesperado ni desfallecido, pues hay que tener presente que mientras Cartago ofrecía en sus luchas púnicas una cruz al héroe vencido, Anáhuac, como Roma, nunca ha brindado un suplicio al que se sacrifica por ella, sino por el contrario, ofrece una oblación nutrida en el alma de sus afectos, para los que no desmayan en defensa de la patria.

Convénzase usted de la triste significación que contiene la entrega de la bandera que juró en medio de la osanna de los libres. ¡Cuántas víctimas cayeron bajo la sombra de esa bandera! Cuántos raudales de sangre le sirvieron de toldo y de mortaja, ahí frente a frente de las tumbas cubiertas de violetas y de lágrimas; delante del blanqueo de las osamentas de nuestros hermanos sacrificados, en presencia de los ayes de los moribundos arrojando borbotones de sangre por sus heridas, y frente a la tumba abierta y fría de los muertos en los campos de batalla, contemple que ha violado los principios que son el credo de una colectividad y que su responsabilidad es inmensa ante la Historia, la Revolución y el pueblo engañado.

Yo pertenezco, señor, a una raza tradicional que jamás ha degenerado ni ha podido traicionar las convicciones de una colectividad, y las de su propia conciencia; prefiero la muerte de Espartaco, acribillado a heridas en medio de su libertad, antes que la vida de Pausanias encerrado vivo en una tumba por su madre en representación de la patria. Quiero morir siendo esclavo de los principios, no de los hombres.

Me dice usted que el gobierno de Huerta ha sido emanado de la Revolución, como si la defección o deslealtad del ejército que originó ese poder mereciera ese nombre que usted inmerecidamente le aplica. Al ver la actitud de usted y de otros iconoclastas de nuestros ideales, nos preguntamos: ¿Ha triunfado la Revolución o los enemigos de ella? Y nuestra contestación es obvia: la Revolución no ha triunfado, usted la ha conducido a la catástrofe más espantosa.

En sus manos está todavía el querer y el poder salvarla; pero si desgraciadamente no fuese así, la sombra de Cuauhtémoc, Hidalgo y Juárez, y el heroísmo de todos los siglos se removerán en sus tumbas para preguntar: ¿Qué ha hecho de la sangre de sus hermanos?

Si el pacto Madero-Díaz en Ciudad Juárez fue vergonzoso y nos trajo una derrota de sangre y desventuras, el convenio Orozco-Huerta que se me ha propuesto nos precipitaría a un suicidio nacional. Si Madero traicionó a la Revolución, usted y los que se han sometido al cuartelazo acaban de hacer lo mismo. Si la República y Madero fueron al asesinato vil por haberse entregado a los enemigos de la Revolución, la Revolución entregada por usted a los mismos enemigos seguiría por segunda vez ese camino si no tuviéramos suficientes energías para seguir enarbolando el estandarte de sus salvadores principios.

Con las promesas de mi alta consideración, soy su S. S.

Emiliano Zapata.

 

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Fuente:

    Saúl Chávez Peralta. Emiliano Zapata. Crisol de la Revolución Mexicana.
    Editorial Renacimiento, S.A. México, 1972, p. 132-134.