MANIFIESTO AL PUEBLO MEXICANO
Enero 20, 1917

La pesadilla del carrancismo, rebozante de horror y de sangre está por terminar. El pueblo mexicano, aterrado todavía balbuciente aún con las ideas confusas y la mente trastornada, empieza ya a volver en sí, aunque sea sin darse precisa cuenta de lo que ha pasado y está pasando ¡han sido tan crueles las realidades, que más bien parecen espantables alucinaciones o enfermizos ensueños de fantasía!

¿Qué quiere esa soldadesca ávida de destruir, ese grupo de facciosos que sólo piensa en el saqueo y en el asesinato, esa tumultuosa avalancha de hombres desequilibrados y rapaces, que han pretendido erigirse en gobernantes y directores de una nación que los rechaza horrorizada?

¿No les basta el espectáculo de desolación, el escenario de muerte que han creado sus hazañas? ¿Exigen más miseria para el pueblo, más hambre para las familias, mayor desesperación para el hombre sin trabajo, días más tristes para el pueblo mexicano?

Por el capricho de un hombre ambicioso y sin escrúpulos, hace dos años que se ciegan vidas de inocentes; por el bastardo interés de una camarilla impopular, que no representa ni la revolución, ni el orden, ni el progreso, ni las reformas, se han destruido muchos hogares y llevan luto muchas mujeres, por satisfacción a las pasiones y al ansia de lucro de un centenar de estafadores del tesoro, se están agotando las fuentes de riqueza de un gran país, merecedor de otro destino.

La industria perece por falta de mercados o de medios de comunicación, la minería está paralizada por la ausencia de todo género de garantías, la banca y el comercio han sido heridos de muerte, los campos están sin cultivo, los granos escasean, las cosechas faltan y el gobierno, que debiera buscar remedio a tanto mal, lo agrava y lo exacerba, convirtiéndose en monedero falso, en banquero fraudulento, en salteador de cajas de los particulares, en cómplice y solapador de estafadores y ladrones.

Mientras tanto, el hombre humilde, que ve subir todos los días los precios de los artículos de primera necesidad, que no tiene ahorro ni moneda metálica, a quien le falta el trabajo y a quien rechaza el comercio, el desprestigiado papel con que se les pagan sus jornales, se asoma al porvenir con desesperación y se pregunta con duda torturante, ¿qué llevará hoy a su pobre hogar, que dará de comer a sus hijos el día de mañana? ¡Y lo terrible, lo escandaloso, lo nunca visto es que todo esto es la obra de quienes se titulan gobernantes!

Ellos han desprestigiado su propio papel, impuesto como moneda, ellos han desconocido sus compromisos y faltado a la palabra empeñada con el comercio y con el público, han robado a ricos y a pobres, lanzado a la circulación billetes del tesoro, con todas las garantías de la fé pública, para irlos sistemáticamente despreciando o concluyendo por anularlos de un golpe en un arranque de sin igual cinismo.

Esos hombres, por su desprecio a la opinión y por su negativa a realizar la forma agraria por la revolución exigida, son los responsables de la ruina del país; a ellos se debe la miseria en las ciudades y la inseguridad en los campos, los trenes volados, las aldeas destruidas, los hogares incendiados, la desolación para las familias y la falta de trabajo para todos; por ellos arde la república en una hoguera de exterminio, sin precedentes en nuestra historia, por culpa de ellos chorrea sangre la nación y escapan en lenta agonía las fuerzas vivas de la Patria Mexicana.

Por fortuna, el pueblo en masa ha acabado de comprenderlo. Los alucinados por las patrañas del exgobernador de Coahuila lo han conocido ya; no es un reformador, es un autócrata; no es un apóstol, sino un impostor, un tirano. Y en cuanto a los trabajadores de México, de Puebla, de Veracruz, de Orizaba, que por un momento creyeron en el socialismo de Álvaro Obregón, saben ya a que atenerse; la lección la han recibido, y bien dura, en las últimas huelgas. El carrancismo que empezó por embaucarnos no ha podido sostener la infame comedia; su juego está a la vista, la trágica mentira ha quedado al descubierto, Carranza es para todos el traidor a la revolución y el enemigo de los hombres de honor y de vergüenza.

La caída de ese gobierno es una exigencia nacional cuestión de principios para los revolucionarios, problema de vida o muerte para los mexicanos y por ello, al dirigirse al pueblo el Ejército Libertador, espera de él un inmediato apoyo para apresurar el derrumbamiento, su entusiasta ayuda, para escarmiento pronto y cumplidamente a los malvados.

La Revolución, que ese ejército encabeza, hace siete años que viene luchando por obtener lo que los poderosos y los embaucadores se han empeñado en no conceder; la liberación de la tierra y la emancipación del campesino.

"La tierra libre, la tierra para todos, la tierra sin capataces y sin amos", tal es el grito de guerra de una Revolución que va dirigida contra el hacendado, residuo estorboso de otras épocas; pero ese grito es respetuoso para todos los derechos que no signifiquen una usurpación, un monopolio o un despojo.

El obrero, que hoy no encuentra contra la tiranía del patrón otro recurso que el inseguro y a veces ineficaz del asesinato o de la huelga, hallará en el lote de terreno que la Revolución tendrá siempre disponible para su cultivo, un verdadero refugio, un escape para la cautividad, una puerta abierta que le permite trocar la esclavitud del taller por la libertad gloriosa de los campos..

El programa del Sur, en todo generosidad y amplitud para el campesino y el obrero, regeneración y libertad para el comercio, facilidades y garantías para la industria y la banca; amparo y protección, mientras no lleguen los monopolios para el pueblo, sólidas y meditadas reformas, sobre la base de nuestra actual cultura. Y para esa gran masa de neutrales, para los que se han mantenido alejados de la lucha por indiferencia o por timidez, una cordial invitación para que cooperen en la próxima obra de reconstrucción de México, así en lo político como en lo económico y social.

A todos tendemos nuestros brazos, menos a los enemigos de la causa popular, menos a los reaccionarios impenitentes, a los obstruccionistas incorregibles, indomables, reacios.

En la víspera del triunfo, la Revolución envía sus saludos a las ciudades y a los pueblos de la República que les ofrece, no destrucción, sino concordia, libertades, en vez de autocracia y amparo para los humildes y para los desheredados, en vez de la fría guadaña del carrancismo, que ha dañado más al pobre que al rico, al consumidor que al comerciante y se ha instalado cruelmente en el indígena que quiere redención, con el campesino que quiere tierra; sin descargar sus golpes sobre el hacendado y el cacique, los verdaderos enemigos de la civilización y de la raza.

REFORMA, LIBERTAD, JUSTICIA Y LEY.

Cuartel General en Tlaltizapán, Mor. 20 de enero de 1917.

El General en jefe del Ejército Libertador,
Emiliano Zapata.

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Fuente:

Laura Espejel, Alicia Olivera y Salvador Rueda. Emiliano Zapata. Antología.
Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana (INEHRM),
México, 1988. P. 366-368.
(AGN, Unidad de Archivos Incorporados, Fondo Jenaro Amezcua, Caja Unica.)