A LA SOMBRA DE
LA REVOLUCIÓN
MEXICANA.

Por Héctor Aguilar Camín y
Lorenzo Meyer.


Extractos:

    La alianza del establecimiento porfiriano con los hacendados y la modernización agrícola, quiso decir despojo, arrinconamiento y subsistencia precaria de los pueblos campesinos.

    Pero la resistencia fue del tamaño de la ofensiva e incubó en los primeros años de 1910 la mayor de las rebeliones campesinas de México.

    El litigio, empezado un siglo antes, encontró nombre y caudillo la tarde del 12 de septiembre de 1909 en que los hombres de Anenecuilco, un pequeño pueblo del estado de Morelos en el centro sureño de la República, eligieron nuevo dirigente.

    Acababa de cumplir los treinta años y de establecer relaciones con políticos de todo el estado a propósito de una reciente y desastrosa campaña electoral para un candidato semindependiente a gobernador de Morelos.

    Era aparcero de una hacienda, tenía un poco de ganado y algo de tierra, compraba y vendía caballos; cuando no había siembra recorría con mercancías los pueblos del río Cuautla en una recua de mulas.

    Se llamaba Emiliano Zapata y habría de convertirse con el tiempo en el dirigente, primero, y el símbolo legendario, después, del agrarismo mexicano. [...]

    Apenas veinte días después de la toma de posesión, luego de una corta pero cruda experiencia de represión militar y devastación de sus pueblos y cosechas, los pueblos zapatistas se cobijaron bajo el documento que formuló el sentido y los objetivos de su lucha, el Plan de Ayala, y entraron de nuevo a la guerra con el otro mundo que, matices más o menos, Madero y sus soldados y sus proyectos de reforma seguían representando.

    En ese documento, firmado el 25 de noviembre de 1911, Madero aparecía como el violador de los principios de sufragio efectivo y no reelección que había jurado defender, era el ultrajador de "la fe, la causa, la justicia y las libertades del pueblo", el hombre "que impuso por norma gubernativa su voluntad e influencia al Gobierno Provisional", causando "reiterados derramamientos de sangre", y el "traidor a la patria, por estar a sangre y fuego humillando a los mexicanos que desean libertades a fin de complacer a los científicos, hacendados y caciques que nos esclavizan".

    El estilo, era pobre -lo atribuye John Womack a la fantasía retórica de Otilio Montaño-, pero el diagnóstico político de los límites maderistas era sin duda exacto:

    "El jefe de la revolución libertadora de México, Francisco I. Madero [...] no llevó a feliz término la revolución que gloriosamente inició con apoyo de Dios y el pueblo, puesto que dejó en pie la mayoría de los poderes gubernativos y elementos corrompidos de la opresión del gobierno dictatorial de Porfirio Díaz [que] está provocando el malestar en el país y abriendo nuevas heridas y trata de eludirse del cumplimiento de las promesas que hizo a la nación en el Plan de San Luis Potosí".

    El Plan de Ayala fue la más clara y orgánica expresión del agravio que la conciliación maderista infligía a las fuerzas sociales agitadas por la insurrección de 1910.

    Fue también una ruptura significativa por la virulencia anticipatoria de su antimaderismo, una desmesura verbal que habría de ser característica de las fuerzas que confluyeron más tarde al arrasamiento del apóstol.

    El Plan de Ayala no se planteaba el problema del poder y su reorganización.

    Nombraba sólo a Pascual Orozco jefe de la Revolución Liberadora y a Zapata, en caso de que Orozco se negara.

    Era el programa por excelencia de la rebelión campesina y la lucha agraria de México.

    Estipulaba que pueblos y ciudadanos despojados de terrenos, montes y aguas entrarían desde luego en posesión de esos bienes "manteniendo a todo trance con las armas en la mano la mencionada posesión".

    Definía como obligación de los "usurpadores" -no de los nuevos poseedores- demostrar ante tribunales futuros sus derechos.

    Habrían de expropiarse la tercera parte de las tierras, montes y aguas de que no podían disfrutar sino los poderosos propietarios que las monopolizaban y se nacionalizaría la totalidad de los bienes de "hacendados, científicos o caciques" que se opusieran al Plan de Ayala.

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Fuente:


Héctor Aguilar Camín y Lorenzo Meyer.
A la sombra de la Revolución Mexicana.
Cal y Arena. México, primera edición 1989.
27a. edición, Septiembre de 2000. 323pp.