A QUINCE AÑOS DE
EMILIANO ZAPATA

Por Baltasar Dromundo


INDICE

    A Quince Años de Emiliano Zapata 1919-1934.
    Por Baltasar Dromundo.

    Poema a Emiliano Zapata.

     

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Fuente:

Baltasar Dromundo. A Quince Años de Emiliano Zapata
1919-1934
. México, Publicaciones de la Dirección General de
Acción Cívica del Departamento del Distrito Federal.
Primera edición 1934. 11pp.

A Quince Años de Emiliano Zapata 1919-1934
Por Baltasar Dromundo

Emiliano Zapata es ya un símbolo.

En el paisaje violento de la revolución se levanta su figura de indio y adquiere proporciones justas de apoteosis.

Su intuición y su perfecto conocimiento de las necesidades del país, fueron elementos suficientes para elevarlo a la categoría de líder, si ésta, más tarde, no hubiera sido superada por la del apóstol.

Su enérgica voluntad, puesta por encima de todos los obstáculos que se oponían al avance de la revolución agraria, hizo de Emiliano Zapata el más brillante director del anhelo social.

Y en nueve años de lucha, en nueve años de triunfos y de derrotas, de hambre, de miserias y de traiciones en sus propias filas, el enorme sacrificado de Chinameca plasmó con su existencia de guerrillero visionario una lección viva de heroísmo cuyo valor histórico y humano logró sintetizarse para los indios en el evangelio de su palabra: "TIERRA LIBRE PARA TODOS, TIÉRRA SIN CAPATACES Y SIN AMOS".

Tiempo de transición, tiempo de crisis de valores, tiempo de muy hondas y de muy graves rectificaciones sociales fue el de Zapata. Y en el vértice de aquella hora que le tocó vivir, él fue guía generoso, él fue caudillo inmaculado, él fue un apóstol de la reivindicación campesina con el mismo desinterés y el mismo amplio gesto de afirmación que le hizo supeditar todo, la comodidad y el patrimonio, la tranquilidad y el amor en la vida sobria del campo, a ese recio concepto de responsabilidad que pudo hacerle caer en Cuautla cuando se cubrió de gloria en 1911, de igual modo que lo llevó a la emboscada de San Juan Chinameca en 1919.

Hoy, a los quince años de su muerte, que dejó un hueco insustituible entre las filas revolucionarias de los indios, comprendemos todos los que hemos crecido en su devoción, que era Zapata, nuestro grande, nuestro íntegro General Zapata, uno de esos tipos que, como expone Martí, "saben que en la cruz murió el hombre un día, pero saben también que hay que aprender a morir en la cruz todos los días".

Limpio, entero en la gran limpieza moral de sus manos de hombre público, este fue uno de los muy pocos que salieron pobres de la revolución.

Él tuvo tal vez como nadie todo el oro y toda la plata acuñables de mi país en aquella época, y sin embargo cumplió su destino de maciza contextura moral y pudo hacer de su conducta un ejemplo: vivió y murió pobre, con la misma sencillez, con la misma austeridad con que vio siempre los valores materiales que pudieron ser suyos.

Así crece y se agiganta en la historia de mi pueblo cuando lo vemos despreciar el halago y la tentación de los poderosos, de los latifundistas y de los soldados enriquecidos, y cuando presenciamos el hecho insólito de que por las tierras de los indios persistiera este hombre en la revolución, no obstante que la miopía moral de Madero le proponía en Cuautla:

"General Zapata, deje usted esto del agrarismo por lo pronto pues el Gobierno no puede atender por ahora a estas cuestiones; desarme su gente y yo le ofrezco en cambio una o dos haciendas de las mejores del Estado de Veracruz y un viaje a Europa para que se vaya a descansar durante algún tiempo".

A pesar de esto, el héroe de Villa Ayala se mantuvo en pie, incorruptible en nueve años de sacrificios en los montes del sur.

"Yo no he venido a la revolución por dinero, ni por poder, ni por mando; yo he venido a luchar por las tierras de los Indios".

Iba en su trágico sendero de rectificador, de hombre que a toda costa quería la justicia.

Iba de pueblo en pueblo y a él se sumaban siempre, desde 1911 hasta 1919, todos los indios del sur, los de Puebla, los de Hidalgo, los de Oaxaca, los de Guerrero, los de Morelos y los de Tlaxcala.

Jamás hombre alguno en la revolución pudo arrastrar así las crecidas masas de los indios, de los indios tan defraudados, tan engañados, tan explotados y tan olvidados en todos los órdenes de la vida social por más de cuatrocientos años.

Jamás se había visto en México, desde la época, de José María Morelos y Pavón, que un caudillo recién salido de la oscuridad de su pueblo pudiese con su sola presencia levantar miles y miles de hombres y empujarlos con su voz hacia el triunfo de las armas revolucionarias.

Como en Jonacatepec el 2 de marzo de 1911, jamás pudo verse el espectáculo de los indios casi desarmados que no obstante vencieron sólo por la entereza y el arrojo de Zapata:

"Muchachos, hay que vencer; tenemos que acabar con una dictadura que nos tiraniza desde hace treinta años".

Sus proclamas, sus manifiestos, su campaña ideológica llevada hasta el extranjero por el General Amezcua, todo nos hace encontrar en Zapata al político de clara intención y al mismo indomable soñador de Anenecuilco que un día repartió las tierras y tuvo que "irse al monte"; que otro día regresó a su pueblo y fué consignado, al servicio de las armas por el mal gobierno; y que muchos otros días, tantos que de ellos sólo guarda memoria el indio que lo conoció y que lo amó, Zapata anduvo por toda la Sierra del Ajusco luchando sin doblegarse, atendiendo a las necesidades de los pueblos, dirigiendo, a pesar de la vorágine revolucionaria, la redacción del Plan de Ayala en Ayoxustla, cerca de Miquetzingo.

Este era el admirable genio heroico de Emiliano Zapata. Prefería la lealtad a cualesquier otras virtudes morales. Y en esto superó a los demás caudillos de su tiempo, pues exigió siempre la lealtad al credo agrarista cuando otros querían la lealtad para un hombre.

Por eso cayó Otilio E. Montaño, cayó Tepepa, cayó el "tuerto" Morales, cayó Pascual Orozco, cayó Benito Canales, cayeron todos los que alguna vez pensaron que era más productiva la tarea de sabotear a la revolución que la de sufrir hambre y persecución por la justicia.

Frente a ellos, entero e inflexible, el General Zapata ordenó los Consejos de Guerra y soportó la amargura de hacer cumplir los veredictos condenatorios.

Los campesinos que se sintieron engañados por algunos de esos líderes, hicieron con ellos un adorno macabro del paisaje y los dejaron pender de los árboles después que fueron fusilados por la espalda, amarrados a un árbol, por traidores al Plan de Ayala.

Pero éstos sigilos radicales de la justicia popular, a pesar de que iban llenando de tristeza el espíritu del Caudillo jamás lograron que en cuanto a la disciplina flaquease su ánimo de director y de jefe.

Este era el carácter vertical de Zapata.

Y aún habremos de considerar en Zapata otro valor por su categoría moral de hombre.

Ningún caudillo de aquellos días, como él; supo ser siempre leal a su condición sentimental de indio y guardarse a sí mismo el respeto de sus propios afectos.

Así lo vemos afirmar con hechos su criterio de hombre responsable ante la mujer amada.

Así lo vemos angustiarse en su decoro de padre para atender y llenar de cuidados a sus hijos.

Así lo vemos preferir cualquier llamado de los suyos, a las fiestas del camel y del chotis, a las fiestas del jaripeo y a las peleas de gallos tan gustadas en el sur.

Y así lo vimos, en fin, como un tipo cabal de hombre respondiendo en toda circunstancia económica a las urgencias de la mujer que amó entre serenatas, entre maravillosos huertos de manzanos, entre el trabajo salvador de la tierra, entre las noches cálidas y providenciales de los pueblos surianos cuyo acento de contenido romántico no dejó de gustar, pese a las solicitaciones de la revolución.

Muchas veces, después de discutir con sus generales los planes de la campaña, después de algún encuentro con el enemigo, después de deplorar, quizá, los desmanes de Bárcenas o la traición de Arenas, iba el General hacia el Ajusco.

Y bajo la alta noche fría decorada de estrellas se sentaba cerca del "tlecuil" acompañado de sus íntimos y de la mujer amada, que todo lo había sacrificado por él.

Y sobre el severo, silencio de aquel lugar, como en otros días también sobre los caminos adornados de órganos, se levantaba una canción dé Marcianito Silva o se dejaba oír el dulce son de "Las Mañanitas de Emiliano Zapata".

El fue la primera voz autorizada que se levantó en favor de los indios en la primera, época revolucionaria.

En él tuvo su origen la reforma constitucional de 1917.

El fue quien primero peleó por la restitución y por la dotación de las tierras.

El fue quien resistió en todo tiempo a los halagos del poder por el poder mismo y sostuvo su divisa: "Tierras y Libertad", como la única bandera posible de la revolución.

Y a él se debe, por su conducta intachable de luchador social, de líder auténtico, nada menos que el cuerpo de doctrina de la revolución mexicana.

Su intuición y su honestidad suplieron el conocimiento técnico de su propósito y realizaron por virtud de su esfuerzo una parte del ideal de justicia por que vivió y murió.

El hombre, ya no es el hombre: Emiliano Zapata es ya un símbolo.

Símbolo de pureza en su vida privada y en su ejecutoria de hombre público.

Símbolo de energía en la disciplina y en la acción militar.

Símbolo de la más antigua hidalguía indígena en el cumplimiento del deber familiar y en el sentido romántico y sentimental de su vida de hombre.

Símbolo de fuerte vertebración moral, puesto que por la terquedad moral del ideal agrario soportó toda la ira, toda la incomprensión y toda la injusticia de quienes lo detractaron por no conocerlo, de quienes lo calumniaron y lo vejaron en todos los rumbos de la palabra, porque veían en él al único hombre fuerte que acabaría por alcanzar la reforma social.

Y como si todo esto fuera poco, Zapata fue símbolo de sencillez, de ponderación y de justeza.

Fue su vida tan sencilla, tan sin adorno, tan sin oropeles como es siempre la vida del indio.

Y cuando su voz se calló en Chinameca, cuando el héroe cayó herido para no levantarse más, cuando al perderse su aliento y su enseñanza, quedaba viva la lección de su ejemplo y se iniciaba ya la más espléndida y la más hermosa de las sagas populares de los indios; cuando se principiaba en los corridos la narración de los hechos del caudillo asesinado por la soldadesca de alquiler, todavía pudo ver el indio a quien le sacrificó su vida misma para salvarlo, que una muestra más de humildad era la muerte del apóstol.

Y su cuerpo recogido fue en la forma humilde y sobria en que su vida caminó por las tierras de México.

Una tumba sencilla, blanca, con una inscripción en la lápida que recordaba su nacimiento y su muerte, era el último recuerdo del héroe, asentado en el Cementerio de la Calle de las Trincheras de Ordiera, en Cuautla.

Pero lejos de allí, lejos de donde el pueblo iría como un hombre anónimo a depositar con sus flores la devoción santa de su afecto, lejos de allí se levantaba, enorme, inmaculado y limpio el recuerdo de Emiliano Zapata.

En la historia de la revolución que ha hecho un hueco para que el caudillo entre con el mismo paso seguro de siempre, Emiliano Zapata es ya un símbolo.

BALTASAR DROMUNDO.
10 de abril de 1934.


Emiliano Zapata

Todavía,
Señor,
nosotros emitimos tu nombre
en pauta de oración.

Suave palabra tuya
que te hizo afecto religioso
cuando izaste,
en un puño,
las chusmas de Morelos.

Señor de Villa Ayala
que tenías la mirada triste y hosca
como si el porvenir se te hubiese adelantado
y lo hubieses gastado en la montaña.

Hombre de 24 kilates,
oro negro,
í ntegro,
puro,
cuyo ideal agrario
le amplió diámetro de albura
junto a Madero.

Titubeo del destino
el día que ensayó deletrear
en abecedario indio:
¡é l no sabía leer
y tú fuiste apunte de palabra!

Hombre medularmente humano,
arraigambrado en generosidad romántica;
tipo ranchero-apóstol;
hombre más treinta-treinta;
equis de cananas
en que jugaba al escondite
el hambre de tu México.

Señor que en las cabezas de los ríos
viste ahogar el pavor del horizonte
(niño tonto y azul);
señor por quien los indios
parias,
deformes,
fueron admiraciones alargadas
paralelas a un árbol,
o cayeron en cruz,
abocados,
sobre el monte.

Péndola.
Ajedrecista de la revolución.
Hombre superior a quien los indios dicen: PADRE.
Hombre por cuyas manos pasó,
en barras,
todo el oro acuñable de la revolución.

Hombre que por las tierras de indios
no hizo triunfo con Madero.
Hombre que fue pobre siempre.

Tarjeta de visita de los de abajo.
Hombre auténtico.
Número uno.

Hombre que fuera santo,
pero es mejor decir Zapata.
Señor a quien "quebraron"
por la espalda.

Señor del ideal inconcluso
que tomaste la vida entre las manos
y la diste al indio.

Padre del agrarismo.

Señor que fuiste maldecido por ser íntegro.

Hoy,
otra juventud,
reciente,
aprende a repetir tu nombre en pauta de oración:
PADRE.

BALTASAR DROMUNDO.