ALBERTO GIRONELLA
Y LA TRANSFIGURACIÓN
DE ZAPATA.

Por Jorge Hernández Campos.


INDICE

    Ir al arte de Gironella es como desembarcar en un país extranjero.

    La mirada tropieza con un muro de objetos exasperados que tratan de decir algo.

    A veces con la señal de una mano sin cuerpo, a veces con las muecas de una cabeza de fiera, en ocasiones mostrándonos un trocito de brocado, un mendrugo, la cara doliente de un enano que gira sobre sí mismo en pies invisibles.

    Como el viajero en un país extraño, si queremos resolver el enigma de Gironella, dotar de sentido a lo que nos llega por las puertas del ánima, preciso es preguntar ante todo qué es aquello.

    O sea cómo viene, o sea quién gobierna el territorio, cuál es el lugar de cada cosa, qué sentido tienen cámaras, perros y reinas torturadas.

    A la pregunta, la obra de Gironella responde con el pasmo.

    Como la suspensión de ánimo que en imperios o repúblicas provoca la mención de un tirano o muy temido o muy amado.

    Algo de esto hay aquí, pero sin embargo se trata más bien de otra cosa, de la presencia de un algo que llene en ese pasmo una nota de su ser y que hace de la callada sustancia su discurso.

    Lo que el arte de Gironella está diciéndonos es que en nuestro mundo hispánico ese algo es lo que nos organiza el mundo en una jerarquía definitiva, la de la muerte.

    Porque entre nosotros, la muerte es una jerarquía que se nos manifiesta a través de sus nuncios: el silencio, la soledad y el sueño.

    Pero que nos trasmite sus más rigurosas ordenaciones por medio del arte, que es sueño, soledad y silencio juntos.

    La mediación de Gironella nos revela que ese ser la muerte una jerarquía significa mucho.

    Primero, que la muerte es el hueco de la verdad, que se manifiesta más y más en la medida en que más se acerca el hombre a ese umbral (incluso a su hora se la llama hora de la verdad).

    Y que el sueño, la soledad y el silencio, así como su epítome, el arte, no son sino herramientas para derruir las apariencias mundanas y poner al descubierto el núcleo alrededor del cual acumulan ellas sus endebles espejos.

    Segundo, que la muerte no es la desaparición de -esas- apariencias, sino más bien su afirmación en cuanto necesarias para llegar al fondo de las cosas: que no es sino precisamente eso: el fondo de las cosas.

    Tercero, que las apariencias no son ni engaños, ni enemigos, ni deshechos, ni hay por qué menospreciarlas después de trascendidas puesto que, para trascenderlas, hay que tenerles una suerte de amor como el que se tiene por los cabellos de la amada cuando se les separa para descubrir lo hondo de los ojos.

    Y ese amor tiende a subsistir aun después de haberlas reconocido por lo que son, así se nos presenten bajo la forma de su podredumbre.

    Y cuarto, que la muerte, lejos de ser la nada, el fin de todo, o un retorno al caos original, es el pórtico hacia un orden tan riguroso como definitivo, la entrada a la matriz de la ley, pues no hay legalismo como el de los muertos, ni paraje más reglamentado que el suyo.

    Erraría, pues, quien tomando contacto con la obra de Gironella y sintiéndose confundido se echara atrás declarándola un capricho.

    O afirmando que no es sino una acumulación aleatoria de escombros.

    Cierto que eso que está frente a nosotros es la consecuencia de una explosión; pero ha sido una explosión como las que estallan perpetuamente en nuestros horizontes, el hispánico furor leguleyo (ya hemos dicho que la muerte lo es) de quien, con la tea en una mano y la espada en la otra, se lanza a desbaratar la ya desbaratada confusión de este mundo, para clavar en el suelo -como en una playa nueva- la teórica afirmación de otro orden perfecto, no sin lanzar simultáneamente muchas advertencias en el sentido de que debemos cuidar el derecho -lo derecho- de nuestros actos (todos nuestros héroes son mitad pirómanos y mitad abogados).

    Del ejercicio de ese furor se han desprendido estos fragmentos que Gironella ensambla, pinta o ensambla y pinta como manifestación de un orden más violento pero más genuino, mas conservando al propio tiempo, intactas, en esos fragmentos, la autoridad y la hermosura que fueron el gatillo de su arrebato y el atisbo del orden por alcanzar.

    No de otro modo actúan los revolucionarios cuando advierten una legalidad como conculcada y parten de ella para destruir otra legalidad ficticia de la cual, sin embargo, en el estruendo y la pelea, rescatan los disjecti membra todavía vivos porque, de alguna manera, en la situación anterior eran ya promesa de la nuevo.

    Triste locura la del revolucionario que está siempre sacando lo nuevo de lo viejo, para luego verlo envejecer a su vez.

    Que nada a brazo partido entre dos destrucciones mientras grita en vano el verbo que debería dividir el agua de la tierra y termina por confundir aún más los contrarios.

    De manera que al consumarse la revolución, descuartizado incluso el cuerpo del mismo héroe, se descompone y recompone para salirnos al encuentro, tras los recodos de la historia, acumulado en formas agoreras y espantosas.

    He aquí que Gironella, habiendo transitado por soberanas, animales y actrices, centra sus meditaciones en Emiliano Zapata y nos lo convierte en una feroz crisálida envuelta en las telarañas pictóricas del entierro del Conde de Orgaz, en el campo de una tela descomunal que señorea las fantasmagorías plasmadas por él mismo.

    El hecho debería empujarnos a reflexión.

    Si es verdad que la historia suele hacernos señales a través de esos semáforos que son los artistas, este retorno del caudillo del sur, trasladado en el rextorno del Greco, tiene que tener un sentido tan oculto como preñante.

    Ante todo, es la transfiguración de Emiliano Zapata, de la lucha agraria y de la revolución mexicana, hacia los órdenes de nuestra cultura supranacional y, a través de esta, de los valores universales.

    Después, quiere decir lo opuesto, o sea el trasiego de los valores universales a términos de circunstancia de México, donde nuestra circunstancia no puede ser más escudo de nuestra mala fe.

    De manera que ya no podemos decir esuriat ergo occido, sin que antes se nos interpele violentamente sobre el temple de nuestra moralidad.

    A riesgo de caer fulminados por el ojo de la pistola abriendo, con el golpe de nuestro cadáver la pendulación letal del combate por la justicia.

    Pero esto es lo obvio.

    En el arte lo que palpita es lo que se oculta tras lo que se ve.

    Ahora bien ¿hay aquí alguna otra cosa?

    ¡Qué hierve en el paladar de este Zapata transfigurado?

    ¿Por qué otra vez señala con la mano los agujeros de sus heridas?

    ¿Por qué Gironella asumió los pulmones ensangrentados del héroe?

.
Fuente:


Jorge Hernández Campos.
"Alberto Gironella y la transfiguración de Zapata",
en Revista Plural. Número 14. México,
Noviembre de 1972. Páginas 19 y 20.

http://arteyculturags.mx/plural/revista.php?r=14#14-19