DIALÉCTICAS DEL
ESPEJO: ZAPATA,
UNA IMAGEN
TRANSNACIONAL.

Por Luis Vargas-Santiago.


Extracto:

    La imagen de Emiliano Zapata nos servirá como sitio de discusión y asidero de esta reflexión. A partir de una serie de casos que serán analizados someramente por la extensión de este texto, mi objetivo es analizar y contextualizar, desde la especificidad de un icono revolucionario, la migración de una visualidad mexicana a los Estados Unidos, sus transformaciones visuales y, sobretodo, sus reformulaciones identitarias y usos sociales.

    Mi intención es bosquejar una suerte de genealogía doble donde dos tradiciones artísticas se miran la una a la otra.

    Una reconstrucción crítica de esta diáspora iconográfica podría contribuir a la elaboración de historias del arte en clave transnacional.

    Mi objetivo es, pues, promover que los estudios artísticos desde México incorporen las producciones chicanas y de los latinos en el vecino país del norte como parte integral de su discusión.

    En el proceso de internacionalización y mercantilización del arte mexicano de la posrevolución, las representaciones de Emiliano Zapata tuvieron un lugar central.

    El canon del arte moderno mexicano, consolidado desde el muralismo y la fotografía modernista, encontró en los Estados Unidos, a partir de los años treinta, un terreno fértil para su circulación masiva y consumo por parte de elites intelectuales y financieras en su mayoría de raza blanca.

    La entrada de México al mainstream del arte estadounidense se inauguró con la exposición individual de Diego Rivera en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), en diciembre de 1931, un mes después de la exhibición dedicada a Henri Matisse.

    El museo comisionó a Rivera la realización de ocho frescos portátiles.

    En cinco de ellos se reproducen imágenes de sus murales mexicanos y en los tres restantes, temáticas asociadas con los Estados Unidos.

    Uno de los paneles mexicanos es una visión recortada del fresco “Explotación e insurrección, Zapata encabezando la revuelta agraria”, que forma parte de la serie mural Historia del estado de Morelos, conquista y Revolución (1929-1930), pintada en el Palacio de Cortés en Cuernavaca.

    El fresco de Nueva York reprodujo sólo la sección donde aparece Zapata (fig. 1). Con el recorte de la escena, se perdió la narración del conjunto mural y se evitó la violencia que aparecía en la parte superior del fresco original. Se trató, pues, de una exaltación del héroe, una versión suavizada de la historia.

    El Zapata del MoMA no necesitaba de una narración visual compleja sino de un rostro que respondiera a las expectativas exotizantes y revolucionarias de una audiencia primordialmente blanca fascinada con México y con Rivera.

    El muralista lo supo bien y por eso recurrió a la representación de Zapata, figura por la que él sentía especial simpatía.

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Fuente:


Luis Vargas-Santiago.
"Dialécticas del espejo: Zapata,
una imagen transnacional", en
XXXV Coloquio Internacional de
Historia del Arte. Continuo / Discontinuo.
Los dilemas de la historia del arte en
América Latina. Universidad Nacional
Autónoma de México.
Instituto de Investigaciones Estéticas.
México, Primera edición 2017.
Páginas 269 a 284.