DIEGO Y ZAPATA
EN CUERNAVACA
(SEGUNDA Y
ÚLTIMA PARTE)

Por Elvira Pruneda.


INDICE

    Si nos vamos a unos años antes, recordemos que es en el primer período obregonista, en 1923, cuando después de años se restablecen las relaciones diplomáticas con el país del norte; esto es posible gracias a la firma de los Tratados de Bucareli, llamados así porque se firmaron en la calle de Bucareli en la ciudad de México, en donde se encuentra aún la Secretaría de Gobernación.

    Al año siguiente de la firma de los tratados es cuando sube al poder el maestro, el militar, el general Plutarco Elías Calles, "El turco", y cumple su período de cuatro años (1924- 1928).

    En los momentos en que Diego Rivera pinta los murales, el jefe máximo había dejado la silla presidencial en México pero había sentado sus reales en Cuernavaca.

    Dentro de un enorme jardín había edificado su residencia.

    Desde ahí se difundían los aromas de las flores de la eterna primavera y su control político sin límites.

    Observo como este hecho junta a dos personajes tan distintos que con elasticidad soportan al poder y arman una hamaca donde se mecen: la generosidad de un embajador-mecenas agradecido por el buen trato del gobierno revolucionario, la febril actividad de un pintor teñido de color rojo, opuesto al imperialismo, quien se acomoda felizmente en el traspatio de la maravillosa casa de Morrow inspirado con los benéficos aires de Cuernavaca y abanicado por los billetes verdes que recibiría.

    Con esto entendido se puede representar al tercer personaje, al Zapata recién desaparecido, convertido ya en esos días en un símbolo revolucionario adecuado a las necesidades del gobierno que festeja desde ese entonces su asesinato cada 10 de abril.

    La imagen que Rivera plasma de "su general Zapata" la percibo como un Emiliano desmontado de su caballo blanco, exento de fuerza, como un elemento decorativo más, pero es curioso como esta representación es la que va a servir precisamente como referencia revolucionaria en muchos textos, desde entonces ahí ha permanecido deslavándose, por las inclemencias del tiempo, acomodado ahí para recibir, desde entonces, la mirada complaciente de un público constante.

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Fuente:


Elvira Pruneda.
"Diego y Zapata en Cuernavaca
(Segunda y última parte)", en El Tlacuache.
Número 182. Suplemento cultural.
Centro INAH Morelos. Cuernavaca,
Morelos, México, 4 de septiembre de 2005.
Páginas 1 y 2.