GUSTAVO BAZ Y
SUS JUICIOS COMO
REVOLUCIONARIO,
MÉDICO Y POLÍTICO.

Por Alicia Olivera de Bonfil y Eugenia Meyer.


Extracto:

    Alicia Olivera de Bonfil: ¿Ya había conocido al general Zapata entonces?

    Gustavo Baz Prada: Sí, lo había conocido allá en el campamento antes de ser Gobernador; lo conocí porque recibí la comisión tanto de Genovevo de la O, como del general Pacheco de ir a ver al general Zapata a Yautepec.

    Entonces fui a caballo con un asistente que le decíamos "el cabo", e íbamos con el único salvoconducto, que eran las cananas y el rifle y fui hasta Yautepec.

    En Yautepec me anuncié con el general Zapata, quien me recibió en una casa que tenía un bay window -usted se acuerda cuál es el bay window-, son esas salientes que tienen las casas con muchas ventanitas alrededor.

    El estaba sentado ahí en un sillón de mimbre, se había quitado la chaqueta, estaba en chaleco, con un pie sobre el asiento y abrazaba su rodilla; se me quedó mirando, contempló la edad que yo tenía y me dice: "pasa chamaco", entré con cierta impresión de encontrarme frente a un caudillo de su importancia por primera vez.

    Me senté, me estuvo preguntando del general Pacheco, del general Genovevo de la O, de lo que habíamos observado en los límites con el Distrito Federal.

    Le manifesté que la comisión que llevaba era pedirle un poco de ayuda económica y que el general Genovevo de la O quería un cañón.

    El se rió de mí, ¿y para que quieren el cañón?

    Le dije: "señor, él dice que la mejor manera de defender la entrada al Valle de Cuernavaca, como domina desde su campamento todo el camino, es teniendo allí un cañón".

    Entonces me dijo que fuera a la Villa de Ayala para que allá platicáramos, me presentó al doctor Briones, que era su médico de cabecera.

    El doctor Briones me llevó a la Villa de Ayala, allí vivimos en la casa del general Zapata cerca de cinco días atendidos por la que entonces era su esposa una señora [Josefa] Espejo, que nos atendió maravillosamente bien; llegó el general Zapata, platicamos allí con él, entonces me dio alrededor de diez o doce mil pesos, no me acuerdo bien, en billetes de los bancos antiguos y monedas de plata.

    Sabe usted, que atrás de la silla pone uno la cobija, entonces amarré la punta de la cobija haciendo allí como bolsas y allí metí los dineros; los volví a amarrar, después, amarré la silla y con el mismo salvoconducto único: el rifle y las cananas, atravesé otra vez de Yautepec hasta el campamento de Santa Marta, pasando por las tetillas de Cuernavaca.

    ¿Conocen esos cerritos?, son dos cerritos que parecen realmente los pechos de una mujer y allí dormí una noche en las faldas de esos cerros, teniendo como almohada el dinero envuelto en mis sarapes y así llegamos hasta entregar el dinero al general Pacheco y anunciarle al general Genovevo de la O, del lado que llegaría el cañón, y realmente llegó el cañón.

    Entonces me mandó llamar Genovevo y me dice: ¿oyes chamaco tú sabes manejar esto? pues aunque no sabía yo le dije que sí, y entonces me dijo: "bueno pues vamos a tirar un cañonazo", "adonde quiere usted mi general" —dice— "al cerro de la Herradura".

    Le dije: "mi general allí está el general Barona en su campamento" --dice— "no le hace", bueno le quité el cerrojo y viendo por dentro del cañón fui manejándolo hasta ver el cerro de la Herradura, le metimos una granada de 80 milímetros, le cerré y del estacazo casi me quedé sordo; al tercer cañonazo ya teníamos allí el primer enviado de Barona pidiendo que le sesgáramos para otro lado.

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Fuente:


Alicia Olivera de Bonfil y Eugenia Meyer.
Gustavo Baz y sus juicios como revolucionario,
médico y político. (entrevista)
Instituto Nacional de Antropología e Historia.
México, 1971. 59pp.