MANIFIESTO A LA
NACIÓN, DE
EMILIANO ZAPATA.

Periódico Regeneración


    Hemos recibido para su publicación, el siguiente documento de nuestros hermanos los revolucionarios surianos.

    Aunque fechado en Junio de este año, lo tuvimos en nuestro poder hace dos semanas, lo que prueba lo difícil que es la comunicación con aquellos valientes.

    Nuestros compañeros anarquistas encontrarán que los abnegados revolucionarios surianos hablan de Patria, Ley, Reforma, Gobierno, pequeña propiedad y otras cosas que nosotros combatimos con energía y constancia, porque, Patria, es lo que posee el rico; Reforma, es remiendo echado a la Ley, pero Ley de todos modos, esto es, regla, imposición, tiranía, en suma; propiedad, pequeña o grande; es propiedad privada, origen de todos los males que afligen a la especie humana, y Gobierno, el organismo creado por la clase privilegiada para protegerse de las justas rebeldías de los de abajo.

    Firman el documento generales y profesionistas; pero eso no debe inquietarnos, porque sabemos bien que aquellos revolucionarias no son anarquistas.

    Empero, si no son anarquistas, lucen flora de anarquistas, pues expropian la riqueza social en provecho de la masa, como lo haría el mejor anarquista.

    Así lo prueba el hecho de que en el extenso territorio en que operan las fuerzas revolucionarias del Sur, los trabajadores se apoderan de la tierra, de las casas, de los bosques y de cuanto es necesario para la producción de la riqueza, y trabajan por su cuenta sin que les roben el producto de sus fatigas.

    Los revolucionarios del Sur son dignos de simpatía y de apoyo.

    He aquí el documento:

    Después de haber sostenido tres luchas memorables: la primera contra la vetusta dictadura de Porfirio Díaz, protector decidido del rico contra el pobre y del extranjero contra el mexicano; la segunda, frente a frente del gobierno perjuro de Francisco I. Madero, que atrevidamente burló al pueblo, negándose a cumplir la mentida promesa del reparto de tierras, y concediendo su apoyo a los caciques y a les hacendados, y la tercera, la abominable administración de Victoriano Huerta, instrumento infame de la reacción, para perpetuar el régimen porfirista y permitir a los poderosos que conservasen sus privilegios; después de estas tres etapas en que triunfó sobre todas las resistencias, ha entrado ya la revolución en un nuevo periodo, el último quizá de la gloriosa epopeya.

    La pugna continúa contra la facción carrancista, que pretendiendo audazmente hacerse pasar por revolucionaria, sólo busca el medro personal para los suyos y el encumbramiento de un dictador improvisado a toda prisa, de un déspota de nueva creación tan perverso como los anteriores y mucho más insignificante que ellos: el pomposamente llamado Primer Jefe y Encargado del Ejecutivo por obra de su voluntad, C. Venustiano Carranza.

    Carranza en cueros.

    ¿Quién es este hombre, al que un grupo de aduladores presenta como el salvador de la República, como el sucesor de Juárez, como el patricio excelso e impecable?

    ¿Cuáles son sus hazañas de revolucionario, cuáles son sus méritos como reformador, cuál es su historia como hombre público?

    Venustiano Carranza empezó siendo un servidor incondicional de Porfirio Díaz: fue Senador, esto es, vulgar cumplimentador de consignas, durante más de diez años, sin que en todo ese tiempo levantara jamás su voz para una protesta, ni pensara enfrentarse una vez siquiera con la dictadura.

    Hizo sí magníficos negocios, acrecentó su fortuna y aprovechó su influencia para aumentar sus propiedades en Coahuila, en donde ha poseído y posee grandes extensiones de tierras.

    La ambición.

    En esta época empieza a ambicionar el gobierno de su Estado; se alía con Bernardo Reyes, y al poco tiempo, con esa habilidad de los palaciegos para cambiar de partido, lo vemos figurar en el maderismo como antes lo vimos arrastrarse ante Porfirio Díaz.

    Como viejo cortesano, adula y sabe ganarse a Francisco I. Madero, el cual lo designa como gobernador de Coahuila.

    Surgen en él nuevas ambiciones, y olvidándose de la fé jurada y de la lealtad al protector y al amigo, se dedica a conspirar contra el gobierno del Centro y se prepara a derribar al maderismo, cuando lo sorprende el Cuartelazo de la Ciudadela.

    El chaquetero.

    Este acontecimiento inesperado echó por tierra sus planes y lo obligó a cambiar una vez más de derrotero y de programa.

    Entonces se presenta como el vengador de Madero, contra quien conspiraba un mes antes, y no tiene inconveniente en lanzar el grotesco Plan de Guadalupe, cuyo contenido se reduce en pocas palabras: en lugar de Madero y de Huerta, Venustiano Carranza se declara a sí mismo amo y Presidente de la República.

    Este último rasgo pinta al hombre y lo exhibe ante la nación, tal cual es y ha sido.

    Hacendado, Senador, porfirista, negociante sin escrúpulos, político intrigante, convenenciero, gobernante identificado con los intereses de los ricos, sus iguales y sus amigos; y sobre todo esto, perjuro, traidor con el hombre que lo protegió, lo llevó al gobierno de su tierra natal.

    Tal es en síntesis la poca edificante historia del personaje que los bribones y los imbéciles se empeñan en ensalzar como el más grande revolucionario de México.

    Pájaros de un mismo plumaje.

    Al derredor de un hombre de esa laya se han congregado, naturalmente, dos categorías de individuos: los hacendados, que quieren conservar sus propiedades y a los que él protege, porque también él tiene tierras robadas y grandes haciendas mal habidas; y por otra parte, los aduladores y los ambiciosos, que tratan de enriquecerse a la sombra de un nuevo tirano.

    EI resultado no se ha hecho esperar.

    Con igual encono que Porfirio Díaz, con igual deslealtad que Madero y con la misma feroz inquina que Victoriano Huerta, el llamado Primer Jefe arroja hoy millares de hombres contra la gran masa de los campesinos, que necesitan tierras y que las han de tener, a pesar de los cañones y de los rifles de los tiranos.

    Contra la plebe.

    Carranza, como buen hacendado, ve en los zapatistas, en los que luchan por la tierra, a sus peores enemigos.

    Por eso imita a Huerta, a Madero y a Porfirio Díaz, yél lo mismo que los gobiernos anteriores, pretende reducir con la metralla y con el fuego, a los que tienen el valor y la vergüenza de reclamar para sí y para los suyos el monte que fue de sus antepasados, la tierra que les da de comer, el ganado que alimenta a los suyos, el agua que fecunda su campo.

    Esa gran causa, la causa del pueblo, irrita y pone fuera de sí a Venustiano Carranza.

    Él ya lo ha dicho, y lo está poniendo en práctica; devolverá las haciendas a los ricos, protegerá a estos contra la revolución, e impedirá que el pueblo tome posesión de lo que es suyo.

    Los vampiros.

    Los hacendados lo ayudan y lo siguen en esta labor.

    Los hermanos Laviaga, hoy generales carrancistas, son grandes hacendados de Sinaloa; el Gral. Francisco de P. Mariel, también perteneciente a las fuerzas carrancistas, es uno de los caciques más poderosos de la Huasteca hidalguense; el Gral. Álvaro Obregón posee tierras en Sonora, el Gral. Rómulo Figueroa las posee en Guerrero; los Grales. Vicente Segura, Cándido Aguilar, Jacinto Cortina y el sonorense Pesqueira son también dueños de haciendas; el conocido millonario Gregorio Olvera posee más de diez fincas de campo, representa uno de los capitalistas más fuertes del Estado de Querétaro y es gran amigo de Carranza; los hacendados de Tamaulipas, San Luis Potosí, Puebla e Hidalgo, los caciques de Morelos y de Guerrero, los grandes terratenientes de México y Michoacán, en una palabra los latifundistas de toda la República, con muy contadas y raras excepciones, ven en Carranza a un compañero, a un igual, a un amigo, que por razón natural debe defenderlos y por interés propio debe apoyarlos.

    ¡Rebelión, rebelión!

    Y la lucha sigue: de un lado los acaparadores de tierras, los ladrones de montes y aguas, los que todo lo monopolizan, desde el ganado hasta el petróleo; y de otro, los campesinos despojados de sus heredades, la gran multitud de los que tienen agravios e injusticias que vengar, los que han sido robados en su jornal o en sus intereses, los que fueron arrojados de sus campos y de sus chozas por la codicia del gran señor, y que quieren recobrar lo que es suyo, tener un pedazo de tierra que les permita trabajar y vivir como hombres libres, sin capataz y sin amo, sin humillaciones y sin miserias.

    Por los caídos.

    La revolución tiende a realizar ese hermoso ideal, a suprimir la esclavitud de los campos y a crear la pequeña propiedad, en vez de esos enormes latifundios, que matan toda libertad, son causa de la ruina de la agricultura y sólo sirven para cimentar la omnipotencia de los grandes poseedores de tierras.

    Combatir a esos poderosos terratenientes, verdaderos señores feudales que en nuestro país han sobrevivido a despecho de la civilización y a la retaguardia del progreso; emancipar al campesino, elevándolo de la humillante situación de esclavo de la hacienda, a la alta categoría de hombre libre, ennoblecido por el trabajo remunerador y empujado hacia adelante por el mayor bienestar adquirido para sí y para los suyos; redimir a la olvidada raza indígena, creándole aspiraciones, haciéndola sentir que es dueña de la tierra que pisa y provocando en su alma la sed del ideal y el afán del mejoramiento; crear, en una palabra, una nación de hombres dignos, de ciudadanos encariñados con el trabajo, amantes del terruño, deseosos de ilustrarse y de abrir a sus hijos amplios horizontes de progreso; tales son los fines que persigue esta gran revolución, santificada por los que piensan y saben sentir.

    ¡Mueran los zánganos!

    El hacendado se había constituido en acaparador de todos los recursos naturales (tierras, aguas, canteras, bosques, plantíos, producciones de toda especie); era el señor de horca y cuchillo que disponía a su capricho de la existencia de sus vasallos, el magnate todopoderoso que manejaba jueces y gobernadores, el sibarita sin escrúpulo que derrochaba en lupanares, francachelas y orgías, el producto del trabajo de sus jornaleros; era el parásito que nada producía; era un rodaje inútil ? estorboso en la máquina social; un cáncer roedor en el organismo del pueblo, una úlcera que agotaba lentamente la vitalidad nacional.

    De ahí que la revolución no transija con el latifundista; como que él es el adversario que hay que vencer, y el miserable que ha lanzado contra el pueblo las tropas de cuantos gobiernos se han sucedido, de Porfirio Díaz a la fecha.

    En esta gran pugna de los muchos contra los pocos, de los hombres trabajadores contra los amos holgazanes, se sienten débiles los enemigos del pueblo; saben demasiado que sus víctimas son incontables, que los despojados forman legión, que son innumerables los que tienen derecho a reclamar el castigo de sus crímenes, y que es formidable el empuje de los oprimidos, cuando se deciden a hacerse justicia con las armas en la mano.

    Lacayo de Wilson.

    Por eso Carranza, el moderno protector de los hacendados contra el pueblo, ha mendigado el apoyo extranjero, y se ha atrevido a llegar adonde ninguno de sus predecesores había descendido.

    Más impúdico que Huerta, más desvergonzado que Santa Anna, cien veces más infame que Porfirio Díaz, ha solicitado él mismo la intervención extranjera; ha ido a pedir de rodillas al gobierno norteamericano, que lo ayudare en su lucha contra Francisco Villa, al cual sabe que no puede vencer, pues conoce su valor y es testigo de su heroísmo.

    Los mismos carrancistas, los que conservan un resto de vergüenza, empiezan a desconocer a su llamado Primer Jefe, y ahora que él ha visto las consecuencias de su traición, pretende volver sobre sus pasos y clamar contra la misma intervención extranjera que él solicitó cínicamente.

    Solicita la invasión.

    Pero ya es tarde, ya el país lo conoce.

    Recuerda perfectamente que él fue quien pidió a los Estados Unidos que aplicaran a las fuerzas del General Villa, un tratado que hace muchos años se celebró para combatir a los indios Comanches, y no ha olvidado tampoco la Nación que, en virtud de esa odiosa argucia y con ese abominable pretexto, convino con el gobierno americano en que éste enviaría tropas al interior de México para combatir a Francisco Villa, uno de los más bravos jefes del partido revolucionario.

    Carranza rogó entonces a Wilson (no hace aún dos meses); que invadiera el territorio nacional, para ayudarlo a exterminar a los revolucionarios del Norte que defienden el Plan de Ayala, y hoy olvida esas sus vergonzosas gestiones, y finge con hipocresía que está decididamente en contra de la intervención americana y que protesta contra ella con toda energía.

    ¡Y lo dice él, que trajo al país las tropas extranjeras; él, que es un nuevo Santa Anna; él, que rivaliza con Almonte, con Miramón y con Leonardo Márquez!

    Carranza reaccionario.

    Para disculparse, para desviar la atención del público y desorientarlo, inventa que los revolucionarios del Norte, los gloriosos miembros de esa división que triunfó sobre los federales en Torreón, en Gómez Palacio, en Paredón y Zacatecas, son reaccionarios y están de acuerdo con los "científicos".

    Pero, al hablar así, olvida Carranza, olvida el antiguo Senador porfirista, que él y los suyos sí son verdaderos y auténticos reaccionarios, toda vez que, al proteger a los grandes terratenientes, pretenden restaurar el viejo régimen, el que nos legó la Conquista Española, el de la esclavitud de los jornaleros y la omnipotencia de los hacendados.

    Las estratagemas de Carranza, resultan, pues, inútiles: su hipocresía y sus mentiras saltan a la vista, y su maniobra de última hora, que pretende ser patriótica, sólo causaría risa si no produjera indignación profunda.

    El carrancismo quedó, con esta infamia, manchado para siempre, y de una vez vencido ante el tribunal de la opinión que es inexorable con los traidores y jamás perdona a los que sacrifican la Patria a sus propias ambiciones.

    ¡Balas!

    Falta por dar a nuestros enemigos el golpe de gracia, aniquilándolos en los campos de batalla, ya que su causa está moralmente perdida.

    El Ejército Libertador invita al pueblo a que lo secunde en este último y definitivo esfuerzo, en este supremo impulso para conquistar su verdadera libertad y sacudir el yugo de caciques y hacendados, que son y serán siempre los peores enemigos, los más temibles tiranos.

    La tierra para tobos. (sic, debió decir: todos)

    Hay que conquistar la tierra para todos, arrancándola de las garras de los poderosos que hoy la poseen.

    La tierra debe ser del que sabe y quiere cultivarla; la cosecha debe pertenecer, y pertenecerá de hecho a aquel que la produce, trabajando de sol a sol, consumiendo sus energías y gastando su vida para arrancar sus frutos al terruño fecundado por la lluvia de oro del trabajo.

    Cuando esto se haya logrado, cuando el campesino pueda gritar: "soy hombre libre, no tengo amos, no dependo de nadie, más que de mi trabajo", entonces diremos los revolucionarios que nuestra misión ha concluido, entonces sea grande el pueblo, poderosa y respetada la República.

    Reforma, Libertad, Justicia y Ley.

    Cuartel General en Tlaltizapán, Mor(elos). junio de 1916.

    El General en Jefe, Emiliano Zapata.

    Jesús H. Salgado,

    Eufemio Zapata,

    Otilio E. Montaño,

    Fran(cisco) Mendoza,

    Everardo González,

    Heliodoro Castillo,

    Encarnación Díaz,

    Manuel Palafox,

    Ángel Barrios,

    Fortino Ayaquica,

    Domingo Arenas,

    Maurilio Mejía,

    Adolfo Bonilla,

    Benigno Zenteno,

    Marcelino Rodríguez,

    Jesús Capistrán,

    Pedro Zaavedra,

    Bardomiano González,

    Valentín Reyes,

    Higinio Aguilar,

    Juan Andrew Almazán,

    Vicente Rojas,

    Ignacio Fuentes,

    Agustín Cásares,

    Guillermo Santa Anna Crespo,

    Rafael Castillo,

    Juan Salazar,

    Inocente Quintanilla,

    Leandro Arcos,

    Prudencio Casals,

    Leopoldo Reynoso Díaz.

    Joaquín Blanco,

    Genaro Amezcua,

    Roberto F. Cejudo,

    Eutimio Rodríguez.

    Modesto Maya,

    Manuel Martínez Miranda,

    Pedro Gabay,

    Constantino Galán,

    Ramón López,

    Pafnuncio Martínez,

    Guadalupe I. Bravo,

    Rafael Cal y Mayor,

    Dolores Damián,

    Remigio Cortés,

    Baldomero Márquez,

    Roberto Martínez y Martínez,

    Gildardo Magaña,

    Ireneo Albarrán Ayala,

    Ignacio de la Fuente,

    Isidoro Muñoz,

    Marino Sánchez,

    Timoteo Sánchez,

    Gabriel Miriaca,

    Jesús Navarro,

    S. Crispín Galeana,

    Efrén Mancilla,

    Constancio Farfán.

    Zacarías Torres,

    Macario López,

    Julio Gómez,

    Miguel Morales D.,

    Baltazar Ocampo,

    Cenobio Mendoza,

    Felipe Armenta,

    Victoriano Bárcenas,

    Trinidad A. Paniagua,

    Juan Alcántara,

    Luciano Solís,

    J. Sabino Díaz,

    Estanislao Mendoza,

    Pablo Linares,

    Juan Linares,

    Margarito Ocampo,

    Ventura Rentería,

    Lic. Antonio Díaz Soto y Gama,

    Reynaldo Lecona,

    Dr. Fortunato I. Macías,

    Serafín M. Robles,

    Lics. Gregorio Zúñiga y Arnulfo de los Santos.

    Secretarios.

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Fuente:

"Manifiesto a la Nación, de Emiliano Zapata
(de Junio de 1916)
", en Periódico Regeneración.
Epoca IV. Número 249, 25 de noviembre de 1916.
Páginas 1 y 2. Los Angeles, California, Estados Unidos.
http://archivomagon.net