MUJERES
GUERRERENSES
DURANTE LA
REVOLUCIÓN DE 1910.

Por Jesús Guzmán Urióstegui.


Extracto:

    En Hasta no verte Jesús mío la zapoteca Palancares nos ofrece sus recuerdos sobre la Revolución en Guerrero durante los años de 1914 a 1917.

    Ratifica que aquí las mujeres soldaderas no eran de armas, sino de avanzada y espionaje o levanta campamentos, mas nunca eran tomadas como enemigas, independientemente del bando al que pertenecieran.

    Asegura que esto era ley sobre todo para los zapatistas.

    Al respecto, cuenta que yendo ella y otras mujeres como expedición trajinera carrancista con los implementos de la cocina, fueron encontradas por fuerzas del suriano y llevadas a la presencia de éste.

    Ahí, tras interrogarlas, Zapata mismo las regresó a Chilpancingo, donde las entregaría al padre de la Palancares, no sin antes pedirle que viera la forma de que a las casadas se les recibiera sin castigo alguno por parte del respectivo marido, sobre la base de que no tenían nada de qué avergonzarse.

    Dice ella de su encuentro con el general:

    Nos quedamos con él de avanzada como quince días en su campamento que estaba re bien escondido.

    Nos mandó poner una casa de campaña juntito a la de él y a la de la señora comidera.

    Zapata mandaba a su gente a traer todas las provisiones y nos daba pan, café, azúcar, arroz, frijoles y carne salada.

    Comimos mejor que con los carrancistas.

    Los soldados se pasaban todo el día atendiendo a sus caballos, restregándolos con paja o si no buscaban arroyos y hasta ríos para hacer rebalses con piedras y cortarles el agua a los carrancistas.

    En el bosque tronchaban árboles para levantar sus empalizadas.

    Los zapatistas, ellos, nunca tuvieron sed.

    Cuando el general Zapata supo que toda la corporación estaba ya en Chilpancingo, nos dijo:

    - Vénganse conmigo para irlas a entregar una por una.

    Se quitó la ropa de general, se puso unos calzones blancos de indio, un gabán y un sombrero y allá vamos.

    Iba desarmado, luego le dijeron los oficiales que si se reunían para acompañarlo, no lo fueran a atacar.

    - Vamos de escolta, mi general.

    - No, ustedes se quedan aquí en la orilla del río, aquí me esperan. Si dentro de tanto tiempo no comparezco, entonces hacen fuego.

    Ya los distribuyó a toda la orilla del río.

    Entonces ellos insistieron.

    - Mejor lo acompañamos.

    Les dijo que no, que iba solo y que si le tocaba morir, que moriría haciendo un bien, pues quería demostrarles a los carrancistas que él peleaba por la Revolución y no apoderándose de las mujeres.

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Fuente:


Jesús Guzmán Urióstegui.
"Mujeres guerrerenses durante la
Revolución de 1910", en Antropología.
Boletín oficial del Instituto Nacional de
Antropología e Historia. Número 99.
México, Abril 2015. Páginas 7 a 12.