ORACIÓN A
EMILIANO ZAPATA

Por Baltasar Dromundo

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Fuente:

Baltasar Dromundo. Oración a Emiliano Zapata.
Editorial Ruta. México. Primera edición 1952, 14pp.

 

Discurso pronunciado por Baltasar Dromundo
en Cuautla, Morelos, el 10 de abril de 1952,
con motivo del XXXIII aniversario luctuoso
del Apóstol, en representación del C. Adolfo
Ruiz Cortines, del C. C. E. del P. R. I. y del
Gobierno del Estado de Morelos.

Junto a la piedra de su tumba hemos venido a renovar nuestro amor por la tierra. Junto al monumento que cubre con armoniosa piedad el polvo de sus huesos, hemos venido a tributarle el canto anual de los hombres del ejido. A la luz de su recuerdo imperecedero hemos venido a confirmarle el juramento de un pueblo, del pueblo cuyo fervor sirve de dulce sombra de jacaranda a su memoria, el pueblo cuya violenta justicia de ayer por él se hizo indestructible ley en nuestra ley fundamental, el pueblo cuyo destino es timbre de eternidad en nuestra tierra.

Ha de saberse que hasta este sitio en que reposa aquel gran capitán de la parcela, hemos venido a levantar la voz de mi Partido y la palabra serena de su candidato, la voz con que el pueblo habla su gran gramática de siglos y el callado heroísmo de su esfuerzo, la voz del pueblo sembrador y convulso de mi México que al través del Partido Revolucionario Institucional se inclina en reverencia de cívico apoteosis a la memoria de aquel a quien Madero consagró como "general integérrimo del Ejército Libertador del Sur", aquel que fué epónimo paladín de los peones de México, aquel que en la humilde calle de las Trincheras de Ordiera, en esta ilustrísima Cuautla, que la historia y el corrido elevaron a los más augustos altares de la Patria, fué llamado por sus compañeros de armas "el hombre representativo de la revolución popular, el apóstol del agrarismo, el vidente a quien jamás abandonó la fe, el inmortal Emiliano Zapata".

Deshójense las palabras en su tumba con suavidad de rosas encendidas. Incéndiense los corazones en las frases que lo evocan para que la palabra adquiera la indescriptible finura de los pétalos que refresquen su tumba. Vuelquen aquí los niños el dulce encanto de sus voces que son la siempre renaciente primavera con que la vida vence a un mundo hostil y al dolor de la lucha sin tregua. Que envuelta la férrea, convicción en finos lirios de poesía pueda cantar aquí, como entre giros de amor resplandeciente, al oscuro niño de Anenecuilco y al invicto caído de Chinameca.

Que se arrasen de rachas de ternura los viejos ojos de aquellos que lo vieron, de aquellos que miraron la serena mirada de sus ojos, ese fijo color café de sus pupilas, la tez bronceada de su rostro, el descuidado cabello que cubría con un sombrero ancho de mexicano estilo. Que corra una íntima alegría por los pechos varoniles que agitan sueños y recuerdos, que anuden la garganta cuajada de memorias bajo el viento del tiempo que es más fuerte que todo, pero inferior a la gloria de los héroes.

Y que los cambiantes azules de este día que cruzan ávidos los pájaros bajo la delgada espuma de las nubes, puedan servir de marco para evocarlo como él era, charro grabado en láminas de José Guadalupe Posada para corridos de Vanegas Arroyo, con una cruz de carrilleras sobre su ancho pecho, las armas de su lucha entre las manos, la pueblerina cadena de que pendía el reloj de mollejón guardado en el chaleco, y una barroca mascada de seda color de nieve pálida que anudaba su cuello contra el viento. Así, contra este cielo de purísimo azul, se recorta en la memoria aquel rústico varón de Villa Ayala.

El pueblo ha trenzado guirnaldas de prodigio en las horas de su ausencia. Guirnaldas que cruzan los terruños de mi patria y que atraviesan la nerviosa geografía de México del uno al otro ejido, vistiendo de colores toda la tierra negra, próvida y providente. Guirnaldas que son de oro desvanecido en los trigales, guirnaldas que son de áspero verde, de intenso verde seco en los magueyes, y que gritan el grito de la nieve cuando la rosa de algodón se escapa en los ejidos laguneros; guirnaldas con que la mano del hombre y su trabajo vencen al tiempo y lo doblegan en favor de la Patria.

Guirnaldas del arroz que asume un tibio calor de fruto tierno en estas tierras y los bosques de caña que esconden miel y azúcar y que arrojan alcohol en su industrial muerte penúltima. Así su pueblo anónimo, el pueblo generoso de Emiliano, ha sembrado su esfuerzo en las honduras de los surcos, ha respondido con sus manos, con emoción de alumbramiento, con limpieza de arado infatigable, el sueño del apóstol que fue arenga y fue ráfaga, que quiso "ver la libertad con la mira del fusil y a la luz del disparo", que hizo a tientas la búsqueda del ideario campesino por encontrar la clave de la angustia agrarista, que desde la revolución tuvo a raudales los bienes materiales que el poder facilita, pero que supo entregarlo todo a los grandes desposeídos de la tierra y que bajó al sepulcro sin otra gala de su lujo que la luz ya apagada de sus ojos, el clavel de la sangre sobre el pecho, la diestra siempre abierta como en vida, abierta ante la muerte que no acertó a cerrarla, que no pudo.

En las entrañas de la tierra, triste y alegre entraña de la tierra con subsuelo de plata y de petróleo, han trabajado su homenaje para el héroe los peones de aquel tiempo, sus hijos y los hijos de sus hijos. Ese homenaje dice sin palabras el más hondo y transido de los cantos. Ese homenaje está en la ley agraria y el crédito ejidal, está en las ligas de las comunidades agrarias y en las defensas rurales, está en las grandes presas de irrigación y electrificación que han de servir de fondo para ser brazo en movimiento y esa perpetua acción en la alegría que es Miguel Alemán.

Un extraordinario auditorio de montañas recoge el eco de ese elogio del pueblo dedicado a Emiliano y con el que se envuelve la egregia figura de la Patria como en un gran rebozo a rayas de nuestras indias campesinas, perfumado por el aroma fresco de la tierra y adornado por la lujuria de un "sol redondo y colorado". Reciba así Emiliano, desde la tumba en que reposa, ese homenaje del cristal magnífico del agua que fecunda las tierras con alarde industrial, y los cultivos intensivos que la ciencia moderna pone en las manos de encallecidos agraristas por quienes él donó su vida, vidente apasionado de un esfuerzo que hoy reduce la técnica en la fiesta fecunda de las siembras y en las joviales horas que alegra la cosecha.

Así este 10 de abril canta el pueblo su dolor con el panorama nacional de su trabajo en honor del caudillo. El héroe descansa en paz, pero hoy viene un pueblo a rendirle tributo con el volumen de su esfuerzo, a regalarle los frutos de su creación que estremecen al país hasta cualquier confín del horizonte. Esta es la obra que los campesinos del país, al través de mi Partido, ofrecen en la tumba de Zapata como un motivo ornamental que supera a las flores de este día porque es la imagen viva de la Patria, la savia de su pulpa y su raíz, su ensueño y su destino luminoso, la patria suave del poeta, que "inaccesible al deshonor, florece", la suave patria cuya "casa todavía es tan grande, que el tren va por la vía como aguinaldo de juguetería".

Porque este día es de luto, de recuerdo y de balance. Y porque esta fecha cierra heridas que abrió la ira de otra hora, pero que desdibujaron los años cuando pasó la tempestad y de los campos yermos fue levantándose, con lentitud de inválido que busca el sol y ama la luz y anda la tierra, un pueblo que iba en busca de su destino lacerante. Así el pueblo de México supo sacar del corazón hacia la historia la imagen de sus hombres, cada quien con luz propia, y en páginas escritas con justicia, sazonadas con generoso impulso para la gente nueva que ríos sigue, destacó las figuras de Francisco I. Madero en su blancura, de Emiliano Zapata en su videncia mística, de Carranza el estadista, de Obregón el estratego y de aquel esforzado defensor de los peones, que supo abanderar las causas del ejido, el austero libertador de las riquezas del subsuelo, el hombre de la verde mirada tan derecha, Lázaro Cárdenas.

¡Feliz el pueblo que así pudo asumir su responsabilidad ante la historia y que dictó cátedra de hombría y de unidad bien entendidas, y que empeñó su palabra de civilidad y de trabajo en aras de la Patria mientras empuñaba el timón y dirigía la nave del Estado, en medio de la guerra mundial, con impecable austeridad moral, otro hombre, el varón de Teziutlán, Manuel Avila Camacho! En la carrera aparentemente lenta de los años, el esfuerzo común de todos esos hombres convergía hacia una meta equidistante, la suprema ambición por hacer de nuestro México un sitio donde el hombre pudiera vivir con la mayor dignidad que nos sea dable suponer.

Y al otro extremo de esa etapa, como heredero de la obra nacional siempre inevitablemente inconclusa, como creador de las bases de un porvenir de amplias dimensiones, otro hombre iba a cumplir su cometido histórico, el certero animador de la política hidráulica, el convencido educador, el amigo probado de nuestra cuatro veces centenaria Universidad de México, el multiplicador de los caminos y de las carreteras, el defensor de la legalidad, el hombre que supo ser generoso en la victoria y digno en el poder, el fundador del México futuro, el Presidente Alemán.

Ningún elogio que de Emiliano hagamos podría resultar excesivo, porque nos reunimos hoy aquí los hijos de su antigua bandera. Cuanto dijéramos de él y aun lo excesivo estaría bien en nuestros labios porque los agraristas de mi Patria, reunidos en su honor, adeudan a su sacrificio el pan suyo de cada día, su derecho al trabajo de la tierra y su derecho a vivir sobre la tierra.

Porque de él tomó nuestra revolución, sin mirar a otras partes, la más gloriosa y la más justa de todas sus banderas, porque él la sostuvo durante ocho años en la trinchera y en los campos, en los montes y a la grupa de los furgones, en los largos desastres y en las breves pero hondas victorias de sus peones. Y porque él hizo flamear esa bandera para elevar a los humildes y alentar a los tristes, para incorporar a los vencidos y encender a los indiferentes y a los escépticos, y porque al contagiarla de su pasión la hizo también inquebrantable con los apotegmas de la libertad y de la tierra, con su divisa que era un decálogo de acción y una réplica a la indecisión y a la tibieza, decálogo que continúa de pie en nuestras leyes, como esculpido en bronce y que desde el metal desafía los embates del tiempo: "Tierra Libre para Todos, Tierra sin Capataces y sin Amos."

Este ademán de comprensiva ternura con que su mano parece detenerse sobre el hombro del joven campesino que eleva hasta él su rostro lleno de luz en las figuras de esta piedra de su monumento, no es sino el recuerdo de su actitud y de su vida, las proclamas que firmó, la fe que lo animaba, la forzada ira con que a veces combatió, las conversaciones que sostuvo en estos pueblos, los descansos a su fatiga refugiado en la sierra del Ajusco, habituado a los volcanes; así era Emiliano, con su limpia sencillez de hombre del campo, con su escasa cultura y su extraordinaria visión de rectificador social, con sus menudos goces de campesino sin pulir.

Recuerdo aquí la imagen de otro hombre cuya estatua también recorta el aire con ademán de vuelo, con aquella mano fuerte que él levantaba como un símbolo; aquel que fue un genio, hablaba desde Apatzingán hace más de un siglo en favor del reparto de las tierras, de la pequeña agricultura, de la división de la propiedad rural, de la libertad y del reparto equitativo de la riqueza; hablaba contra la esclavitud y defendía con pasión a la Patria; aquel hombre sin paralelo era José María Morelos y Pavón, de quien la posteridad habla fervorosamente en primer sitio cuando habla de mexicanos inmortales.

Y de él, remoto eco humildísimo de genio, aquí en la ciudad que un 2 de mayo su heroica gloria iluminó ante el mundo, otro hombre de este siglo, también arriero y también labriego y también jinete como aquél, recogió la bandera de las tierras que yacía cubierta de olvido y polvo desde aquella tarde de San Cristóbal Ecatepec, y la elevó bajo todos los cielos inmaculados de la Patria, contra montañas de lodo y torbellinos de cieno, desde 1910 hasta las cuatro de la tarde del 10 de abril en que cayó.

Mas, como en los corridos de la leyenda popular con que escriben historia los juglares de guayabera y pantalón de manta, hoy corona desde la piedra cincelada la tumba de sus restos: el héroe no ha muerto y continúa velando por sus hijos, jinete en su caballo de inteligente brío; Emiliano continúa sosteniendo su diestra protectora sobre el hombro del joven campesino que se descubre para hablarle como a un padre.

Que duerma en paz el héroe; su sueño de ayer es una realidad, la tierra es de quien la trabaja, su ideal remoto de ese tiempo es una norma del presente. Que duerma en paz. Otro hombre en cuyo nombre rindo público testimonio de fervor en este sitio, sostiene con firmeza de convicción y de cariño los puntos esenciales del catecismo agrario de la Patria. Este hombre ha dicho desde la capital de la República, y ha sostenido a lo largo y ancho de todo el territorio, que "las formas de vida en la generalidad de nuestros campesinos son impropias del nivel que México ha alcanzado en otros campos de su economía y en la esfera de su cultura".

Convencido del drama campesino de mi México, ha expresado sin eufemismos, serenamente pero con decisión impostergable, que "el inaplazable cumplimiento de los postulados de nuestra Revolución demanda imperativamente la aplicación de correctivos inmediatos, porque si la mayoría de los habitantes vive en condiciones de tan señalada desigualdad frente a otros sectores, es lógico que la justicia social que perseguimos no queda satisfecha".

Y todavía ha insistido, arquetipo de civilidad, convencido defensor de los trabajadores de la tierra, en observar que "toda la economía nacional tendrá una base precaria, mientras no se consiga elevar sensiblemente el nivel de vida de la clase campesina". Quien así ha expresado su credo agrario y su lealtad hacia la gran masa rural de la Patria es el capitán de la nueva jornada política de México, Adolfo Ruiz Cortines, candidato de mi Partido a suceder al Presidente Alemán.

Dejo en la tumba del caudillo de los peones, a modo de una ofrenda cívica, los anteriores conceptos de nuestro jefe, ante sus amigos que son todos los agraristas de México aquí representados en honor del apóstol del ejido. Sepan los agraristas de mi Patria que Adolfo Ruiz Cortines continuará la obra agraria de Miguel Alemán, de Cárdenas y de Avila Camacho. Su profunda preocupación por elevar las condiciones de vida de la clase campesina será meta de su acción, y ese solo pensamiento es la mejor ofrenda que en recuerdo de Emiliano Zapata puedo testimoniar, en su nombre, ante esta tumba que envuelve la más justa veneración popular.

Señor de Villa Ayala, señor de los de abajo, defensor de los desposeídos de la tierra: en nombre de Adolfo Ruiz Cortines, en nombre del Comité Central Ejecutivo del Partido Revolucionario Institucional, y en nombre del Gobierno Constitucional del Estado de Morelos, dejo esta oración cívica en los escaños de tu tumba, entre las flores que la adornan, con temblorosa y balbuceante emoción en que a mi vista, atrás de la silueta siempre grandiosa de mi Patria se destaca tu anhelo, tu ideal y tu ejemplo.

Para la altura de tu nombre yo sé que es bien pequeña la sencilla oración de esta palabra. Hasta el tranquilo mundo en que tu sueño duerme su zozobra no ha de llegar esta recóndita dulzura que inútilmente yo quisiera trasladar a mi voz.

Pero en la brisa que se agite como viento del cielo bajo ante tus piedras, en la ancha cruz de fuego que forme el cielo de la tarde sobre esta tumba que te cubre, en la luz de la estrella que se incline hacia ti y que tiña de plata la cantera de tu mano extendida, recogerá la soledad de un viejo eco, las voces más lejanas que tú llenas, las innumerables luchas que luchaste, y hasta el polvo de tus huesos en reposo ha de llegar, con dulce amor agradecido, otra voz que te sepa cantar como no supe, la voz del pueblo infinito y doliente, que está prendida aquí, contigo, junto a ti, como una antorcha!