ZAPATA EN PUNTOS
SUSPENSIVOS

Por Tomoo Terada

Carta de John Womack Jr. recomendando la
investigación de Tomoo Terada.

23 de octubre de 2006

    A Daniel González Dueñas

    La emboscada

    Jueves 10 de abril de 1919, poco después de las dos de la tarde. Emiliano Zapata se acerca, montando su caballo y acompañado por sólo diez compañeros, a la puerta de la Hacienda de Chinameca, para encontrarse con Jesús María Guajardo, el coronel carrancista que recientemente se había pasado al bando zapatista y lo había invitado a comer. Al apenas llegar al dintel de la puerta una guardia de los soldados de Guajardo (quien en realidad había fingido su deserción y tenía órdenes de su jefe, el general Pablo González -a su vez de acuerdo con el presidente Venustiano Carranza- para capturar y matar al “Atila del Sur”), guardia que aparentemente se prepara a rendirle honores, de repente le acribilla por sorpresa, a traición, “y nuestro inolvidable General Zapata cayó para no levantarse más”. Así narra los hechos Salvador Reyes Avilés, secretario particular de Zapata, en el parte oficial que envió ese mismo día a Gildardo Magaña, quien “veintiún difíciles semanas después” sería electo sucesor del “mártir de Chinameca”.

    Se traslada el cadáver a Cuautla, adonde llega por la noche; Guajardo lo tira en el pavimento para que González pueda cerciorarse que realmente era Zapata. Posteriormente, en el cuartel de la policía local, aparte de tomársele fotografías al cadáver un grupo de testigos, entre los que está Eusebio Jáuregui, reconoce los restos como los de Zapata y sus declaraciones quedan asentadas en acta notarial. El testigo importante era Jáuregui, un zapatista cautivo, que gozaba de libertad bajo fianza y quien conocía tan bien a Zapata que, días antes, siendo ya sujeto de arresto, le había enviado una recomendación favorable de Guajardo.

    El entierro se realiza hasta el sábado para dar oportunidad de que se difunda que Zapata está muerto, bien muerto. Como advertencia y escarmiento. Miles ven el cadáver. Era la conclusión de una lucha iniciada en 1909, cuando Zapata fue nombrado presidente del Consejo Regente de Anenecuilco, su pueblo natal, para enfrentar el empuje de los hacendados en contra de los campesinos por los derechos sobre las tierras y las aguas de la comarca. Poco antes Porfirio Díaz había impuesto como gobernador del estado de Morelos a Pablo Escandón, proclive a los hacendados siendo un hacendado él mismo, en unas elecciones donde la violencia no había estado ausente; Zapata había participado, sin mayor relevancia, apoyando la campaña del candidato opositor, Patricio Leyva.

    Para cuando la revolución estalla, Zapata ya había organizado a gente de su pueblo para que se armara y, ante la inefectividad de los canales establecidos, pasara a las vías de hecho tomando posesión y repartiendo las tierras para que los campesinos pudieran sembrar.

    Era sólo una pequeña rebelión local, pero al coincidir con la rebelión maderista, Zapata terminó uniéndose a Madero. Al supuestamente triunfar la revolución -provocando el exilio de Díaz, pero dejando intacta la estructura que había creado, quedando Francisco León de la Barra, secretario de Relaciones Exteriores porfirista, como presidente provisional en lo que se organizan las elecciones en las que participaría Madero-, Zapata comienza a distanciarse de éste al percibir que no tiene voluntad de aplicar sus promesas agrarias y es inefectivo como mediador ante el gobierno de De la Barra, quien ha enviado a Victoriano Huerta para aplastar a los zapatistas, lo que hace despiadadamente.

    Para cuando Madero es electo presidente Zapata ya ha roto públicamente con él, tal como lo expresa en el Plan de Ayala. Huerta es enviado de nuevo a enfrentar a Zapata, pero terminará traicionando a Madero y mandándolo asesinar, para quedarse con la Presidencia.

    Muerto Madero, Zapata combate a Huerta, como también lo hará Venustiano Carranza, hasta lograr que el usurpador se exilie abordando el Ypiranga, como antes Porfirio Díaz. Pero Carranza, al igual que Madero, no tiene voluntad de promover reformas agrarias, y aunque convoca una convención entre las fuerzas revolucionarias para unirlas, éstas se separan. Carranza accede a la Presidencia.

    Posteriormente Zapata publica una carta abierta donde le dice a Carranza que el mejor servicio que puede dar a la Revolución es renunciar y éste, furioso, busca la eliminación de Zapata. Ese camino era el que había recorrido quien ahora era un cadáver en exhibición pública.

    Sin embargo, a pesar del cadáver puesto a exhibición, del acta notarial, a pesar de todo, comienzan a correr versiones de que Zapata no ha muerto, que al cadáver le falta una marca de nacimiento u otra cosa. Que Zapata en realidad se fue con un amigo árabe a Arabia. Que le vieron cabalgar en un caballo blanco.

    La entrevista

    Pero la pregunta no es si Zapata realmente murió sino si murió en las circunstancias que se nos han enseñado a varias generaciones de mexicanos. Esto, porque existe una versión de que no fue así. Entonces ¿no murió realmente en Chinameca?

    No, según un documento que en 1994 afirmó tener el director de cine Felipe Cazals. Ese año, el mismo de la insurrección del EZLN, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, grupo armado que reivindicaría en el nombre que adoptaron la memoria de Zapata por lo que se les conocería como los zapatistas, se publicó un libro del crítico de cine Leonardo García Tsao entrevistando extensamente a Cazals acerca de su filmografía.

    El libro, donde Felipe Cazals habla de su cine, apareció dentro de la colección Testimonios del Cine, del Centro de Investigación y Enseñanza Cinematográficas de la Universidad de Guadalajara.

    Autor de filmes tan conocidos como Las Poquianchis, Canoa y El Apando, (1976), entre otros, la filmografía del director muestra un constante interés en temas históricos. Aparte de la película de Zapata (en realidad un proyecto de Antonio Aguilar), Aquellos años (1973), tiene como protagonista a Benito Juárez; Kino (1993), al célebre fundador de misiones jesuitas Eusebio Kino; Su alteza serenísima (2000), a Antonio López de Santa Anna. Otras son películas “de época” como El Jardín de la tía Isabel (1971), La Güera Rodríguez (1978) y, de algún modo, Las vueltas del citrillo (2005), que despliega unos ricos diálogos inspirados en la lectura del historiador Antonio García Cubas. Digna: Hasta el último aliento (2004) es un semidocumental que deja en duda si la ficción le pertenece a Cazals o a la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal, que concluyó oficialmente que la malograda defensora de los derechos humanos, Digna Ochoa, se había “suicidado”.

    Emiliano Zapata (1970) fue la entrada de Cazals al cine industrial mexicano. Una superproducción, para los estándares mexicanos, protagonizada por el actor-cantante Antonio Aguilar, también productor. En la entrevista es explícito por parte del director lo insatisfecho que quedó, en términos artísticos, con la película. Perdidas en la parte final de la misma entrevista aparecen unas declaraciones acerca de Zapata que, al parecer, no llamaron la atención de ningún historiador del zapatismo o simpatizante del EZLN. LGT son las iniciales de Leonardo García Tsao; FC las de Felipe Cazals.

    LGT: Finalmente, como epílogo, la película marca otra constante que no es buena para ti, la de las demandas judiciales. En este caso por parte del hermano del general Guajardo…

    FC: Hasta la Procuraduría llegó, y tenía razón…

    LGT: Porque se difamaba a su hermano.

    FC: Tenía razón, porque obra en mi poder un documento donde se asienta y se demuestra que Emiliano Zapata fue muerto en una cantina de Jamiltepec…

    LGT: No en Chinameca.

    ¿Zapata muriendo en un pleito de cantina? Cazals posteriormente precisa, en un correo electrónico, que es durante el proceso, al que da lugar esta demanda en contra de él y de Antonio Aguilar, como productor del filme, que el documento que menciona -un acta notarial, donde Miguel Alemán padre da fe de esta versión de la muerte de Zapata, “no como testigo ocular sino como testigo oficial”- aparece.

    Así “la argumentación del demandante se apoyaba en una abundante cantidad de documentos personales y supuestamente oficiales que, en síntesis, contenía, detalladamente, la narración relatada”.

    La versión no está exenta de problemas. Por ejemplo, en la entrevista se menciona siempre que se trata del pueblo de Jamiltepec, pero no existe un pueblo llamado así en el estado de Morelos sino en Oaxaca. Al conocer el doctor John Womack, destacado experto en la historia del zapatismo, esta versión de la muerte de Zapata en “Jamiltepec” señaló este hecho y que, por eso, consideraba la posibilidad de que se hubiera matado a Zapata en Jamiltepec, Oaxaca, y el cadáver apareciera con la sangre de las heridas todavía fresca, aún no en estado de putrefacción, para ser exhibido en Cuautla, como algo dudoso o milagroso.

    Pero existe un pueblo en Morelos que se llama no Jamiltepec sino Jumiltepec. ¿Se trata de la confusión de cambiar una “u” por una “a”? Cazals no lo ha aclarado. Womack sí considera posible la muerte de Zapata en Jumiltepec, que se encuentra a una distancia de Cuautla más o menos igual a la que hay entre Chinameca y Cuautla.

    El testigo

    El mayor Salvador Reyes Avilés era secretario particular de Emiliano Zapata y miembro de su Estado Mayor. Fue, como ya se dijo, quien redactó el parte oficial zapatista de la muerte de Zapata el mismo día de su asesinato. En septiembre de 1919 fue ascendido a Teniente Coronel. Posteriormente fue diputado en 1924-1925, y llegó a ser presidente del Congreso. Después ingresó a la Comisión Nacional Agraria. Cuando murió, en 1954, era director de Organizaciones Agrarias Ejidales en el Departamento Agrario.

    Publica, en 1928, Cartones zapatistas, una serie de viñetas literarias que retrataban a varios zapatistas, incluyendo al propio Emiliano Zapata. Esto, según el Diccionario Porrúa de historia, biografía y geografía de México. Lo que corroboran también Milenios de México y la Enciclopedia de México, sin duda las obras de consulta más socorridas en México para conocer quién es quién.

    Pero no, quien publicó Cartones zapatistas fue Carlos Reyes Avilés y no Salvador Reyes Avilés. Sin embargo no hay entrada alguna en esas obras de referencia para Carlos Reyes Avilés. Es un fantasma, un hombre sin biografía, si es que buscamos datos de él.
    Que Carlos Reyes Avilés no se trata de un fantasma o un seudónimo de Salvador Reyes Avilés -un seudónimo muy extraño, en el que sólo se cambiaría el nombre sin cambiar los apellidos, lo que parece muy rebuscado e inútil- lo prueba el que su fotografía aparece en la primera edición de Zapata y el Agrarismo en México, de Gildardo Magaña, de quien fue secretario particular.

    ¿Eran hermanos o primos Carlos y Salvador? Misterio. ¿Por qué uno, Salvador, tiene una biografía conocida y el otro, Carlos, no? Misterio. Si, como se desprende del libro, Carlos también era parte del ejército de Zapata, ¿por qué escribe un libro con sabor “literario” en lugar de unas memorias en forma, si llega hasta a mencionar supuestas declaraciones que escuchó de boca del propio Zapata? Misterio. Por cierto, ese sabor “literario” lo comparte el parte oficial de Salvador Reyes Avilés.

    El traidor

    “Guajardo era el arquetipo del matón a sueldo, del vicioso degenerado y del espadachín sinvergüenza” -así define a Jesús María Guajardo un escritor pro-zapatista. Parecería incluso que las breves biografías que de él existen en las enciclopedias muestran a un constante, impenitente traidor. Asesina a Zapata en 1919 como soldado carrancista, pero al año siguiente, en 1920, se adhiere al Plan de Agua Prieta del grupo sonorense, el triunvirato de Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles y Adolfo de la Huerta, encabezado por el primero, antiguos carrancistas, quienes desconocen y se rebelan en contra del gobierno de Venustiano Carranza.

    Meses más tarde, Guajardo se levanta en armas contra Álvaro Obregón, líder de ese levantamiento de Agua Prieta, en favor de Pablo González, su jefe durante la campaña antizapatista en Morelos. Es aprehendido entonces el 15 de julio de 1921 en Monterrey, Nuevo León, y fusilado el día 18. Es decir: justo castigo al despreciable traidor y asesino, que una vez más había traicionado a quien había depositado en él su confianza, como en los casos de Zapata, Carranza y, al final, Obregón.

    La brevedad de esas biografías seguramente obedece a que nadie desea gastar muchas palabras en narrar la vida de traidores despreciables y, más aún, cuando se ha enseñado a generaciones de mexicanos lo despreciable que fue Guajardo, de ahí que tampoco haya habido el interés en conocer versiones distintas.

    Pero al igual que, más recientemente, el llamado Evangelio de Judas ha presentado al traidor por antonomasia bajo otra luz, el poco conocido libro El mito de Zapata (Saltillo, Ediciones Espigas, 1974.), escrito por José de la Luz Valdés, exmilitar carrancista, quien afirma que conoció a Guajardo y recibió información para completar su retrato de uno de sus hermanos, presenta a un militar que se limitó a cumplir órdenes con riesgo de su propia vida, preocupado porque si moría, aparentemente como desertor del carrancismo que se ha pasado al zapatismo, eso pudiera acarrearle represalias a su familia, que sufriría al aparecer él como un traidor. Guajardo, según esta versión, muere víctima de una traición y una venganza. La que sigue es la versión de Valdés, sobre la que me extiendo por ser poco conocida.

    Una vez muertos Zapata y Carranza hubo un acercamiento de Obregón a los zapatistas. Benjamín Hill, quien encabezaba la campaña presidencial de Álvaro Obregón para las elecciones de 1920, habría enviado a dos incondicionales suyos a matar a Guajardo en un simulacro de riña de cantina (¿cuál es la verdadera riña de cantina, la de Zapata o la de Guajardo?); Guajardo se entera y él es quien los mata.

    Fue encarcelado por esto, pero al llegar a un entendimiento político Obregón y Pablo González, es liberado. Posteriormente Guajardo acude a entrevistarse con Plutarco Elías Calles a la ciudad de México; éste, según Valdés cuenta que le confió Guajardo al salir de la reunión con Calles, le habría dicho que Hill quería que Guajardo les fuera entregado a los zapatistas, pues estaba muy obligado con ellos porque al levantarse contra Carranza se había refugiado en el estado de Morelos, con las fuerzas del general zapatista Genovevo de la O. Calles le habría dado garantías a Guajardo, y ordenado que saliera hacia el estado de Chihuahua a ponerse a las órdenes del General Joaquín Amaro para ayudarlo en su campaña contra Francisco Villa.

    Guajardo sale entonces hacia Chihuahua, pero al llegar a la ciudad de Gómez Palacio, Durango, un telegrafista le avisa que se ha recibido un telegrama a nombre de Calles que avisa a Amaro que en cuanto Guajardo se presente ante él lo haga desaparecer. Guajardo decide entonces no detenerse en Chihuahua y proseguir hasta Monterrey, donde se encuentra su familia, y está encarcelado Pablo González, quien se ha rebelado al presidente provisional, Adolfo de la Huerta, y está condenado a muerte. Delatan a Guajardo, lo aprehenden y lo juzgan en Consejo de Guerra.

    El fiscal le pregunta el porqué había desconocido al gobierno, y Guajardo habría contestado: “No he desconocido al gobierno, el gobierno fue el que me desconoció, pues al llegar a Gómez Palacio, ya estaba enterado de un telegrama que había pasado para el general Amaro [...], en el que le ordenaban que al presentarme ante él, me hiciera desaparecer”.

    No hay ningún intento por parte de Guajardo de defenderse; está convencido de que la decisión de su muerte ya está tomada de antemano. Una vez condenado, pide de favor si habría tiempo para rasurarse, él, que siempre ha sido muy pulcro y atildado. Le traen a un barbero y como a éste le temblaba la mano al rasurarlo, le dijo: “No sea pendejo, no me vaya a cortar la cara”.

    Ya rasurado, se pone corbata y saco, e inmediatamente se pone al centro del patio del cuartel, contra un muro, a disposición del pelotón de fusilamiento. No permite que le venden los ojos, pues dice que es hombre para resistir lo que venga, pero pide que por favor no le vayan a disparar en la cara.

    El capitán Carlos Pinal da la orden para que el pelotón dispare. Al revisar el cuerpo caído de Guajardo, un doctor señala que todavía está vivo. Pinal se acerca y le da el tiro de gracia. Valdés no lo cuenta, pero es de suponer que Pinal tuvo mucho cuidado, al darle el tiro de gracia, de no darle a Guajardo en la cara.

    El historiador

    El doctor John Womack, ya mencionado, es profesor de la Universidad de Harvard, notable historiador del zapatismo, autor de Zapata y la revolución mexicana (Zapata and the Mexican Revolution, 1969), libro reconocido como “uno de los grandes clásicos de la historia de Latinoamérica” tal como afirma Samuel Brunk, a su vez autor de ¡Emiliano Zapata! Revolution and Betrayal in Mexico (1995, no traducido aún al español) que, junto con Los orígenes del zapatismo (2001), obra de un mexicano, de Felipe Ávila, se consideran, a la fecha, los últimos libros con aportaciones relevantes a la historiografía zapatista.

    El libro de Womack, que tuvo origen en su tesis de doctorado en Harvard Emiliano Zapata and the Revolution in Morelos, 1910-1920 (1965), ha tenido tal peso en la concepción del zapatismo que, como se puede apreciar, tuvieron que transcurrir décadas para que otros autores se animaran a publicar libros totalizadores acerca del movimiento que encabezó Zapata.

    Este peso, esta presencia, es tan evidente que incluso en el caso del libro de Felipe Ávila, investigador del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, y cuyo libro es producto también de una tesis doctoral, en este caso de El Colegio de México, éste no puede refutar los planteamientos de Womack aunque expresamente, así lo pretenda.

    Por ejemplo, escribe, retomando las investigaciones de Horacio Crespo, que “aunque la historiografía zapatista a partir de Magaña, Sotelo Inclán y Womack ha insistido en que estaba en curso un proceso de avance de las haciendas a costa de la superficie cultivada y de las aguas utilizadas por los habitantes de los pueblos, aldeas y ranchos, y que incluso estos asentamientos caminaban hacia su desaparición, no se advierte este proceso en los datos estadísticos del XIX ni en los años finales del porfiriato. […] Por lo tanto, la apreciación compartida por los historiadores, de Magaña a Womack, acerca de la tendencial desaparición de los pueblos y rancherías del estado como consecuencia del avance de las haciendas que los despojaron de sus tierras ha sido equivocada” (pp.79-81). Pero a pesar de la rotundidad de esta conclusión, Ávila no ofrece una explicación alternativa de las razones para el estallido zapatista.

    Lo que hace, más adelante en su libro, es presentar una serie de casos, extraídos de la prensa de la época, documentando precisamente el despojo de las tierras a los pueblos por parte de las haciendas, volviéndolos arrendatarios. ¿Unos cuantos casos, absolutamente minoritarios de acuerdo con su propia conclusión, provocaron la rebelión y el éxito de ésta en extenderse por la población morelense?

    La culpa

    Pero aún con su enorme brillantez el libro de Womack, debido a la amplitud de su visión, pasa rápidamente por algunos episodios de la historia y así, por ejemplo, ni siquiera menciona que Eusebio Jáuregui, el mismo que había escrito a Zapata recomendando a Guajardo y había reconocido su cadáver, firmando el acta de defunción, fue muerto a los pocos días. ¿Por qué matarlo si había cooperado en lo que querían y como exzapatista era más fácil que difundiera que Zapata estaba bien muerto?

    Sin embargo, si algo hay que objetar realmente del gran trabajo de Womack es su referencia a un complejo de culpa del pueblo de Morelos, empezando por Anenecuilco y que, sin duda, se extendería a todos los campesinos mexicanos ya que, a través de él, de Zapata, ellos “se abrieron camino en la Revolución Mexicana”: culpa respecto a su muerte.

    Porque, si para el pueblo de Anenecuilco “a pesar de sus excelentes caballos y ricos trajes” Zapata era “un vecino, un primo joven que podría encabezar el clan, un sobrino amado, firme y verdadero” dispuesto a defender a los humildes campesinos a pesar de no serlo él mismo, sólo porque ellos así se lo pidieron ofreciéndole a cambio su apoyo: “Nosotros te sostendremos, sólo queremos que haya un hombre con pantalones para que nos defienda”, su muerte era responsabilidad de ese mismo pueblo por la culpa de “haberle encargado una tarea imposible de realizar, de haberlo entregado a la muerte”.

    Sí, de ellos que, al final, habían caído en “la vergüenza de no seguir luchando” porque no tenían la capacidad de continuar la lucha, porque siempre necesitarían que otro, como Zapata, “diese la cara por ellos”: ellos jamás lo podrían hacer por sí mismos, ellos, “unos campesinos que no querían cambiar y que, por eso mismo, hicieron una revolución”.

    Pero tal vez Womack no hizo más que reflejar la tendencia culpígena y ejemplarizante con que se tiende a ver en México a las figuras de nuestra historia, con héroes “a la altura del arte” y no simples humanos con virtudes y defectos. Héroes pétreos, perfectos, sin contradicciones, que no invitan a la emulación y que, por reacción, provocan el rechazo si se nota la mínima grieta en la estatua que se ha hecho de ellos.

    Y curiosamente estos héroes tan enteros, tan redondos, han servido para una historia tan parcial, con tachones, como la que tenemos. Una historia que se identifica con las víctimas sólo si éstas son utilizables. No es el caso, por ejemplo, de la poco conocida y difundida matanza y persecución de chinos en Sonora y Sinaloa promovida por gente ligada al partido que, después de su muerte, se diría heredero del legado de Zapata y otros revolucionarios, en sus primeros tiempos en la década de los treintas. Porque ¿cómo presentar a mexicanos como victimarios cobardes de extranjeros indefensos? Los mexicanos siempre somos las víctimas, nunca los victimarios.

    Esta serie de mentiras, medias verdades y omisiones incluye la historia, todavía no concluida, de nuestra transición democrática. De otra manera es imposible entender por qué el acceso al poder de muchos que ayer eran opositores sólo sirvió para que se desenmascararan como ladrones iguales o peores que aquellos a quienes se opusieron. Los mexicanos, escépticos, se ocultan por eso tras la indiferencia o el relajo.

    ¿Murió Zapata en el pleito de cantina en Jumiltepec (Jamiltepec)? No lo sabemos aún, pero lo que debemos empezar a saber es que era un ser humano con virtudes y defectos, y que no tenía su destino trazado desde el principio, como tampoco lo tenemos ninguno de nosotros.

    Los puntos suspensivos

    El autor estuvo comunicándose a las oficinas de Producciones Águila, propiedad del señor Antonio Aguilar (nacido en 1919, al poco que mataran a Zapata), solicitando una entrevista y explicando las razones. Después de preguntar, un colaborador del señor Aguilar le informó que éste no recordaba lo de la demanda, pero tampoco negaba que hubiera sido cierto: que habían transcurrido 36 años desde la filmación de Emiliano Zapata.

    Posteriormente se le informó que Antonio Aguilar iba a iniciar una gira de despedida, que incluía Estados Unidos, y no regresaría ni estaría disponible sino hasta aproximadamente agosto o septiembre de este mismo año. Que tal vez la actividad, el presentarse ante el público, aún si fuera por última vez, le refrescaría la memoria. Que vería de nuevo la película a ver si se acordaba de algo.

    También, por correo electrónico, solicitó una entrevista al señor Felipe Cazals. Éste se negó, pero al ponerse entonces en duda la veracidad de sus declaraciones se sostuvo en lo dicho. Concluyó afirmando: “La controversia y sus interpretaciones le pertenece a la historia escrita por los vencedores”.

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Fuente:

Tomoo Terada. "Zapata en puntos suspensivos".
El Universal. Suplemento de Cultura: Confabulario.
México. 6 de mayo de 2006.

Nota:

Nota de Tomoo Terada (terada_tomoo@yahoo.com.mx), que me fue enviada por correo electrónico el 13 de junio de 2006:

La versión se encuentra en el libro "Felipe Cazals habla de su cine", cuyos datos menciono en el texto.

Quiero aclararle algo, porque he notado que se está dando el malentendido de creer que yo, en lo personal, planteo lo mismo que Felipe Cazals. En realidad estoy tan a la expectativa, como todos, para que Cazals muestre ese documento.

Lo que pienso y afirmo en lo personal, en base a lo que he investigado, es mi idea de que Zapata no murió en Chinameca, porque hay duda sobre el testigo (Salvador Reyes Avilés) y su relación con Carlos Reyes Avilés. Incluso no descarto que sean la misma persona con dos nombres distintos, pues el parte oficial y "Cartones zapatistas" parecen escritos por la misma mano. Si acaso Zapata murió en el pleito de cantina en Jumiltepec(Jamiltepec) que dice Cazals, eso no lo sé.

(...)

Próximamente la Revista de la Universidad de México, de la que es director Ignacio Solares, quien fue el que me pidió el texto, va a publicar una versión, corregida y aumentada, en la que, sin las limitaciones de espacio, puedo contextualizar la situación política de ese momento y dejo claros algunos aspectos que en la versión publicada por El Universal quedan truncos. Aún así, no escribí todo lo que pienso, porque entonces sería definitivamente un nuevo texto.

Atentamente.

Tomoo Terada

 

Carta de Tomoo Terada a Carmen Uriarte, Co-coordinadora General
de la Revista de la Universidad de México, que me fue enviada por
Tomoo Terada para su publicación, el 20 de septiembre de 2006.

Carmen Uriarte
Co-coordinadora General de la
Revista de la Universidad de México

Apreciable Carmen Uriarte:

Le recuerdo que hace ya más de cuatro meses les envié a la revista una versión, corregida y aumentada, de mi texto "Zapata en puntos suspensivos", que originalmente publicara el suplemento cultural de El Universal.

Me parece un tiempo más que razonable para que pueda saber cuándo publicaran el texto, que, le recuerdo, me fue solicitado por el Director de la revista, Mtro. Ignacio Solares, con mucho interés de su parte.

Envío copia de este correo al señor Paco Garay, quien tiene una muy interesante página (http://members.tripod.com/~pacogaray/), dedicada a lo que se ha publicado sobre Emiliano Zapata.

Le autorizé, a petición suya, la reproducción de mi texto, en la versión publicada en El Universal, en su sitio (http://200.39.200.70/zapata/bibliografia/indices/tomoo_terada.html) (1), y le informé que "próximamente" se publicaría la versión, corregida y aumentada, del mismo en la Revista de la Universidad. Mi respuesta al respecto aparece públicamente.

Por eso, para informarles a él y a los visitantes de su sitio lo que ha pasado (o no pasado), le envío copia de este correo, para que les quede claro que si el texto no se ha publicado (o no se publica) en la Revista de la Universidad, tal como les había anunciado, eso no es responsabilidad mía.

Atentamente.

Tomoo Terada

 

(1) Nota de Paco Garay: http://200.39.200.70 ya no funciona.
Ahora se localiza el sitio en:
http://www.bibliotecas.tv/zapata/bibliografia/indices/tomoo_terada.html