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EL ENTIERRO
DE ZAPATA.

Autor: Anónimo

De Izúcar participaron
al gobernador poblano
que ya Zapata el inhumano
los suyos lo sepultaron.

Las órdenes se libraron
tal nueva por confirmar,
el cadáver de exhumar,
como de hecho lo intentaron,
mas... ¡ni la fosa encontraron
los que fuéronlo a buscar!

Tal noticia resultó
no quedar bien confirmada;
la muerte no fue aclarada
y en duda el hecho quedó.

Zapata siempre le huyó
a la tremenda pelona,
que no respeta persona
por mas que sea general;
aquel Atila fatal
usa yegua muy trotona.

¿Cómo se puede explicar
que el tremendo forajido
que tan zarandeado ha sido
en todo pueblo y lugar,
haya logrado escapar
de que le toque un balazo,
una pedrada, un trancazo,
que cadáver lo volviera,
si al peligro se metiera
en toda ocasión y caso?

La verdad es que el Atila,
que resultó cimarrón,
le vacila el corazón
cuando en la muerte cavila.

Él lleva vida tranquila,
juzgándose general,
un hombre grande y formal
que por los pobres combate;
mas esto es un disparate,
que bien llena un gran costal.

Lo que le gusta a Emiliano
es andar muy galoneado,
bien vestido, bien montado,
y con el rifle en la mano;
tener de plata un arcano,
pasársela alegremente,
tratarse cómodamente
y estar de las balas lejos,
lo mismo que los conejos,
que les huyen reciamente.

Me cuentan que cuando llegan
sus gentes a un campamento
toman allí su alimento
y a la plática se entregan;
como los muchachos juegan;
y entretanto el jefe aquél,
siendo a sus costumbres fiel,
se esconde de sus soldados,
y son contados, contados,
los que saben dónde está él.

Anda, mi buen Zapatista,
no lo vayas a asustar,
pues lo puedes enfermar
y entonces Morelos grita.

Tú le haces mucha faltita,
pues contigo es muy feliz;
no has cometido un desliz,
tu vida es recta y honrada;
anda, criatura mimada;
vive, goza, se feliz.

Haces bien en esconderte,
pues lo pueden traicionar;
y entonces ¿qué va a pasar
con un hombre tan valiente?
Un labriego impertinente
tu Judas pudiera ser.

Haces muy bien en temer
y en defender tu existencia,
porque tienes la conciencia
del bien que puedes hacer.

¡ Oh, apreciable valedor !
¡ Cómo te chiqueas el cuero !
quiérete mucho, aparcero,
que así vivirás mejor.

No tengas ningún temor,
que al fin tu existencia es buena,
no causas ninguna pena,
ningún disgusto o dolor
porque de ardoroso amor
está tu alma noble llena.

Tú no eres ningún bandido
que incendie haciendas ni aldeas,
si tal dicen, no lo creas;
injustos contigo han sido.
Sin duda te han confundido
con alguien que mal obró.

No te aflijas, se acabó;
goza de tu abril y mayo,
ensilla tu buen caballo
y ¡ a darle, que ya empezó !

Te bendicen muchas viudas,
muchas doncellas te aclaman,
su salvador te proclaman
y en ello no tienen dudas.

Aún las piedras, que son mudas,
tienen lengua para ti,
y con vivo frenesí
ellas tus hazañas cantan,
y en las cimas se levantan
queriendo mirarte así.

Adiós, mi buen general,
mi soberano Zapata,
perdona la musa ingrata
y el canto tan desigual.

Tú que eres ya colosal,
y que te igualas a Atila,
recétame un buen tequila
por tu fama de valiente,
que ni temes a la gente
ni tu alma jamás vacila.


.
Fuente:

Catalina H. de Giménez. Así cantaban la Revolución.
Consejo para la Cultura y las Artes / Editorial Grijalbo.
Primera edición 1990. México, p. 312-315.
Hoja volante, 1913,
Imprenta Antonio Vanegas Arroyo.

Imagen de Hoja Suelta:
Encyclopedia Britannica, tomada de
Library of Congress, Washington, D.C.
http://cache-media.britannica.com/eb-media/06/93006-004-D17218C5.jpg

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