ELEGÍA A
EMILIANO ZAPATA

Autor. José López Bermúdez.

Capitán de la tierra, señor de los labriegos;
déjame hacer la nota de tus altos honores,
no es violín dolido de lágrimas y ruegos,
sino en la caña limpia, clarín de los pastores.

Altivo y montaraz; noble, rebelde, incultivado,
señor, tú no eras de esos lujosos capitanes,
que hacen la estatua en un sillón dorado;
¡tú hiciste a fuego el milagro de los panes!

Nimba al laurel, con un fulgor distinto,
tu bronce, tu dolor, tu luz, tu talla;
héroe montado al potro del instinto,
y guiando el pueblo el sol de tu batalla.

Tu heroica dimensión y tu estatua egregia,
nos sirven para hacer la copia hermosa,
de los que pelearon sin mapa ni estrategia,
de los que perdieron pan, tierra y esposa.

Cuando tú vestiste señor, los hábitos guerreros,
tu patria era una cárcel, inmensa y vegetal;
los peones, los acasillados, eran hombres prisioneros,
eran bestias de arado, de noria y de jacal.

Cuando tú montaste, señor, tu potro ligero,
hubo dos bandos y un pleito nacional;
ahí estaba el rentista, el nuevo encomendero,
el cacique, el licenciado y el ladrón municipal.

Contra ti, señor, pelearon todos los que ven
en la Patria, una hacienda y un harén.
Contra ti los que medran en todo mercado,
vendiendo los llanos de los que han sembrado.
Contra ti apelaron todos los que han hecho
un palacio y una mina, a espaldas del derecho.

Los rudos sembradores, señor, fueron contigo;
la tropa sin dinero y sin cartucho;
los desposeídos, la gente sin abrigo,
los que nada deben y han pagado mucho.

Cuando la tierra vio la llama de tu sable,
cuando miró pasar tu sombra perseguida,
tu mano vengadora, tu cara inalterable,
abrióse en cada surco, un lecho, una guarida.

Tu lucha, señor no era el combate transitorio,
la fugaz marea, el odio de la turba pasajera;
era la tuya, pelea esencial de un territorio;
sin tierra, no hay destino, ni sueño, ni bandera.

¡Todos somos, todos somos señor, algo de tierra!
la vaca fértil, los niños, los ágiles caballos,
el café, el ajonjolí que va a la guerra,
la boca del ciruelo, la flauta de los tallos.

¡Todos somos, todos somos señor, algo de tierra!
De la tierra que lanza las rosas suspiradas
la que funda el árbol, el pájaro y el trino;
la que labra el cuerpo vertical del pino,
la que da el azahar de las enamoradas.

Tú soñaste, señor, la red de esos canales,
que hacen la fresca geografía del trigo;
¡sólo el trigal construye los vínculos cordiales!
¡cada hombre sin pan, lleva un puñal consigo!

Señor, la patria que soñaste está haciendo
al calor de tu sangre y de tu hazaña;
firme y recia en el dolor, irá creciendo;
y dulce y recta en el amor, como la caña.

Tu voz, señor, tu nombre, tu raíz,
crecen con ella, crece una Patria donde asoman,
su boca el girasol, sus dientes el maíz,
y el algodón su breve corpiño de paloma.

Crece un país, crece en la flor de sus avenas;
crece en el bosque y sus atmósferas futuras;
crece en las presas que son ánforas seguras,
para calmar la sed mortal de las arenas.

Crece un país en la zafra generosa
en el arroz que fragua su perla numerosa
y el rubí solar de los granados;
crece en la ubre, que es máquina industriosa
de la tenaz maternidad de los granados.

Crece un país en el vivero que germina
y en vigor feliz de la cosecha buena;
crece un país donde la gente campesina,
libra su lucha de ejército y colmena.

Padre del surco, señor de la tierra liberada;
bastará un rincón de tierra fresca,
de patria fértil, de patria cultivada,
para que el fruto de tu hazaña crezca.

El pueblo te dirá su amor y su esperanza,
héroe sin muerte, sin término y sin fecha
¡en una canto de arados en labranza!
¡y en un himno de trigos en cosecha!

 

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Fuente:

Diccionario Histórico y Biográfico de la Revolución Mexicana
Tomo IV
Por Valentín López González, Instituto Nacional
de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana,
México, 1991, p. 680-681.

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