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DUELO DEL GENERAL
EMILIANO ZAPATA

Autor: Marciano Silva.

A los presentes por favor yo les suplico
que me permitan un momento su atención,
aunque sin técnica en el arte, ni principio,
voy a cantarles una rústica versión.

Es una historia, la más triste por su estilo,
donde se narran episodios dolorosos,
donde se ve la recompensa de un caudillo,
que tuvo de un hombre el más traidor y alevoso.

Allá en el año diecinueve, ¡Oh, qué desgracia!,
el diez de abril, a la una y media, hora funesta,
un hombre alevoso asesinó al jefe Zapata,
allá en la Hacienda de San Juan de Chinameca.

Lo asesinó por traer el nombre de bandido,
según la prensa en sus columnas declaraba,
pero la causa de su crimen fue y ha sido,
porque pedía para los pobres tierra y agua.

Cero que la tierra se formó por ley escrita
para el servicio de la pobre humanidad,
mas los iberos, por derecho de conquista,
se apoderaron de ella y nuestra libertad.

Hastiado entonces de sufrir, el bajo pueblo,
se rebeló contra el señor Porfirio Díaz,
acaudillado por don francisco I. Madero,
para acabar con tan funesta tiranía.

Madero al pueblo le ofreció con frenesí
que sí triunfaba lo hacía digno y acreedor
de las promesas que traía el Plan de San Luis,
pero pronto la reacción se levantó.

Entonces fue cuando un humilde hijo de Ayala,
en San Miguel Anenecuilco, digno y fiel,
alzó esa límpida bandera que rodaba,
tinta en la sangre del noble mártir aquel.

Le refutó su acción tan vil y miserable,
que hizo a los pueblos que entusiastas lo seguían,
y el juramento que firmó allá en Ciudad Juárez,
manchando el acta sólo por galantería.

Peleó con Huerta y el muy pérfido Carranza,
queriendo hacerles que cumplieran sus promesas
pero estos hombres, liados en la plutocracia,
por tierra y agua le mandaron bayonetas.

Pablo González y Jesús H. M. Guajardo,
eran expertos en el modo de matar
con traición, porque en la lid fueron menguados,
en prueba de ello se los voy a declarar.

Para acabar con los purísimos ideales,
que el gran Suriano traía escritos en la mente,
premeditaron en hacerse unos rivales
mostrando al vulgo que se odiaban, pero a muerte.

Muy bien hicieron su papel, pues a Guajardo,
mandó González a encerrar en la prisión,
para hacer creer que se le había subordinado
y que lo odiaba con justísima razón.

Cuando Zapata tuvo nota de este asunto,
mandó a Guajardo una amistosa invitación
para que al fin lo secundara y, todos juntos,
dieran el golpe más funesto a la reacción.

Guajardo entonces le escribió que se encontraba
dispuesto al fin en secundarlo en tal empresa,
si bajo palabra de honor le aseguraba,
el darle ciertas garantías a él y a su fuerza.

Zapata entonces contestóle sin malicia:
“Le otorgo a usted toditas esas garantías
y le concedo el mismo grado en la milicia
hasta ponerlo de más alta jerarquía”.

“Más lo que quiero que me aprehenda a Victoriano
y me lo mande sin demora a este cuartel,
pues los traidores de la vida no son dignos
y es muy preciso que yo me entienda con él”.

Pero Guajardo, siendo al fin su compañero,
cincuenta y nueve voluntarios de él entrega
y en un paraje que nombran Mancornadero,
allí los pasan por las armas sin más tregua.

Viendo Zapata el hecho aquel que hizo Guajardo,
creyó sincera su adhesión y su falsía
y le otorgó grado y poder a un vil menguado,
que solamente exterminarlo pretendía.

Después marcho a tomar a Jonacatepec,
para granjearse de ese modo más su afecto,
donde tan sólo un simulacro creo que fue,
porque en tan fuerte tiroteo no hubo ni un murto.

De allí marchó más orgulloso que un esparta,
a Tepalcingo, cual ilustre vencedor,
y a su encuentro le salió el jefe Zapata,
condecorando su estrategia y su valor.

Entre mil vítores del pueblo y alevoso,
entró Guajardo a Tepalcingo con el jefe
y según datos, después de un gran reposo,
marchó Guajardo a Chinameca con su gente.

Como Zapata fue invitado por Guajardo,
a Chinameca tuvo que ir al otro día,
para tratar ciertos asuntos reservados
y entregarle algo de parque que traía.

Marchó del Agua de los Patos, según cuentan ,
a Chinameca, con su escolta muy temprano,
donde llegó según a las siete cuarenta,
el diez de abril, un triste jueves desdichado.

Ciento cincuenta eran los hombres que traía,
pues no pensaba en la más mínima traición,
y el vil Guajardo con seiscientos no podía,
darle la muerte, cara a cara, en la ocasión.

Allá en el cuarto contigua hacia la hacienda,
Guajardo y otros, con el jefe se reunieron,
para tratar con mucho tacto y más prudencia,
todos los planes que tenían contra el gobierno.

Para no errar hizo correr la voz espuria,
de que el gobierno se acercaba muy veloz
y guarneció sin dilación bosques y alturas
y las alturas, demostrando su valor.

Zapata entonces tomó la Piedra Encimada
y al separarse, el vil Guajardo, le decía:
“Usted me ordena si salgo con avanzadas
de puro infante o mejor caballerías”.

“No puede ser, porque hay inmensos alambrados
y son obstáculos a las caballerías,
para que el éxito se logre y sea ganado,
mejor le ordeno salga con infantería”.

Cesó la alarma y todo quedó tranquilo,
a su calvario se acercaba el redentor,
ya de aquel drama, el acto daba aturdido,
el último acto de barbarie y de dolor.

Comisionó Guajardo, al capitán Castillo,
para que fuera a traer al jefe, en nombre de él,
recomendándole que fuera muy cumplido,
en invitarlo para que fuera con él.

Después de un rato pidió el jefe su caballo
y diez de escolta para que fueran con él
y se lanzó para el cuartel, donde Guajardo,
muy impaciente lo esperaba ya a comer. 

Cuando tuvieron la noticia que llegaba,
luego se oyó el toque de honor muy entusiasta,
la guardia vil y veleidosa presentó armas,
para después hacerle fuego, ¡Qué desgracia!.

Al apagar su última nota los clarines,
se oyó el fragor de una tristísima descarga,
cayó Zapata, el que luchó siempre invencible,
con su asistente y otros que le acompañaban.

Esa no es honra militar, alguien le dijo,
no son soldados de opinión los que así matan,
matar a un hombre sin hablarle es un delito
con que a la digna sociedad necio se ultraja.

Tened el fallo de la Historia, que algún día,
os llamará seres indignos de la Patria,
que haber trocado el pundonor y la hidalguía,
premeditando alevosía, miedo y ventaja.

Murió Zapata, el luchador inexorable,
a quien ni el oro ni la plata deslumbró,
de sus caudillos quién tal vez podría imitarle,
allá la Historia lo dirá tal vez, o no.

Cuando Guajardo vio su traición realizada,
mandó al momento atravesarlo en su caballo,
para que a Cuautla, sin demora , lo llevara,
a recibir los parabienes de don Pablo.

Qué de atenciones le brindó Pablo González,
cuando del cuerpo del Suriano le hizo entrega,
cincuenta mil pesos fue el precio miserable,
que la nación tuvo que darle a ese pantera.

Varias familias, con su llanto, demostraron
su gratitud y su cariño hacia Zapata,
que, como Cristo, llegó al fin de su jornada,
por libertar de la opresión a nuestra raza.

Guachos y guachas se paseaban por las calles,
en un estado de ebriedad, diciendo al pueblo:
“Hoy si, bandidos, se les acabó su padre,
si no lo creen, allá en el palacio irán a verlo”.

Sobre su tumba, allá en Morelos, se halla un ángel,
mostrando un libro a la pobre humanidad,
donde se lee, con un afecto delirante:
“La tierra es libre para todos, dicho está”


 

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Fuente:

Antonio Avitia Hernández. Las Bolas Surianas: Históricas, Revolucionarias, Zapatistas y Amorosas, de Marciano Silva.
Avitia Hernández Editores.
México, Primera edición 2004. 235pp. Edición del autor.

NOTA DE ANTONIO AVITIA HERNÁNDEZ:
CARLOS BARRETO MARK. Op. Cit., p.25

Barreto Mark, Carlos. Los corridos de Marciano Silva.
Gobierno del Estado de Morelos. Dirección de
Investigaciones Históricas y Asuntos Culturales,
INAR. Cuernavaca, Morelos.
Se terminó de imprimir el día
29 de marzo de 1984. p. 25.

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