La Región de las Bolas Surianas.

Se desconoce a ciencia cierta el origen de la palabra bola en su acepción musical, aunque Catherine Heau afirma que: “se trata de una derivación del término bolera que, a comienzos del siglo XIX, designaba un aire musical bailable parodiado por los partidarios de la independencia, quienes le cambiaban la letra para acomodarles otras alusivas a la lucha contra los españoles” (CATHERINE HEAU. “El corrido y la Bola Suriana”, en: Estudios sobre las culturas Contemporáneas, Vol. II, #6, p.101)

Los estados donde se localiza la mayor producción de bolas son: Morelos y Guerrero, siguiéndoles sus circunvecinos: Oaxaca, Puebla, Estado de México y Michoacán. “Su extensión geográfica coincide con la mayor parte del territorio de lengua náhuatl y corresponde a los principales bastiones del zapatismo” (Ibíd. P.102).

Vicente T. Mendoza  reconoce que la bola suriana no corresponde a su tesis hispanista y en su opinión “En los estados del centro: Puebla, México, Hidalgo, Tlaxcala y Morelos, el corrido se manifiesta en formas muy diferentes; acepta otros metros literarios y en consecuencia otros compases, resultando de esto que  el corrido en dicha zona se ve influido por otra música y otra literatura, europeas ambas, que difieren del origen español del género que tratamos” (VICENTE T. MENDOZA. El Romance Español y El Corrido Mexicano, Estudio Comparativo, p-153).

Al externar su opinión Mendoza no acepta la posibilidad de las influencias indígenas, pero tampoco nos informa de qué influencias europeas se nutre la bola suriana.

Dada su construcción poética, que no corresponde a la del romance y que no tiene nada que ver con las formas más usuales de poesía  hispana y su sonido musical no europeo,  según Armando de María y Campos, para la bola suriana: “es fácil considerar que sus fuentes de origen son los cantos de los verdaderos dueños de la tierra, cualquiera que sea la tribu a la que hayan pertenecido.(ARMANDO DE MARÍA Y CAMPOS. La Revolución Mexicana a Través de los Corridos Populares, Tomo I, p.52) y no es remoto el hecho de que la bola sea la forma más antigua de corrido mexicano. 

La bola  sigue siendo cultivada en algunos pueblos del estado de Morelos, en las ferias y en las tertulias llamadas reuniones o juntas que los corridistas realizan para mostrar sus habilidades musicales, literarias y narrativas. De acuerdo con Mario Colín: “La bola es un corrido que generalmente alcanza una extensión de treinta o sesenta estrofas o versos, como los llaman los trovadores y juglares de aquellas regiones. Los corridos de esta especie se estructuran con dos clases de estrofas, ambas de cuatro versos, y de rimas cruzadas perfectas, las más de las veces. La primera, que los corridistas llaman canto, se ordena en la forma siguiente: primero y tercer verso de doce sílabas, con hemistiquios de seis y seis de cinco o bien de cinco y siete; segunda y cuarta, de ocho sílabas, únicamente. En cambio, la segunda, se integra con cuatro versos octosilábicos y se llama descante.

Ahora bien, estos dos tipos de estrofa que alternan a lo largo de la composición en el orden del canto y  descante, son inalterables e invariables en los cantos de esta especie, y les dan con la combinación metroestrófica señalada, un sello particular a este grupo de corridos que reciben el nombre genérico de bolas” (MARIO COLÍN.  El corrido Popular en el Estado de México, p79)

En el contexto de las formas de construcción poética del sur del país se puede catalogar que existen tres tipos de bolas: la sencilla, la doble y la mixta.

“Las bolas sencillas se estructuran con dos tipos de estrofas diferentes, por cuanto al metro en que están hechas se refiere. Ambas constan de cuatro versos con rima alterna o cruzada, las más de las veces consonante, regular o perfecta, aunque también emplean la asonante, irregular o imperfecta. La primera estrofa de cada bola que, tanto los corridistas o trovadores como los publicistas y cantadores de corridos, denominan canto es de metro quebrado, es decir que el primer y tercer versos son dodecasílabos, con hemistiquios de seis sílabas cada uno. En cambio los versos segundo y cuarto son octosílabos (...) la segunda estrofa se llama descante, porque ofrece alguna variante musical en la melodía con que se canta, consta de cuatro versos octosílabos. (...) Las bolas dobles están formadas por estrofas de ocho versos cada una y las, mixtas combinan estrofas de cuatro y ocho versos (Celedonio SERRANO MARTÍNEZ. La Bola Suriana,  pp.19 y20)

La interpretación musical de las bolas, al parecer, ha mantenido su manera tradicional desde el siglo XIX, gracias a las reuniones o juntas de trovadores que conservan sus  parámetros  y códigos de interpretación y los transmiten a los noveles cantantes. Los instrumentos que se utilizan para acompañar el canto de la bola son: el bajo quinto, que es un instrumento cordófono de punteo con forma de guitarra panzona de sonido grave. El sonido del bajo quinto obliga a la gravedad en el canto, este a su vez, no corresponde a los parámetros europeos del canto y su melodía recuerda a los sonidos de los cantos indígenas con sus notas alargadas y lastimeras. La melodía de la bola, como la de toda canción corresponde en su variedad,  al número de sílabas que contenga la composición  en sus dos primeras cuartetas u octetos: de 44 a 48 sonidos o notas para la bola sencilla, de 88 a 98 notas para la bola doble  y de 76 a 80 notas para la bola mixta. Al tener una rica melodía en el canto, los intérpretes de las bolas se lucen como instrumentistas con variaciones a la misma melodía del corrido que entonan entre canto y descante o entre descante y  canto.

Antes de la existencia de los contenedores fonográficos (discos de acetato, cilindros, casetes, cartuchos, videos, cintas magnetofónicas y discos compactos) el almacenamiento, registro, reproducción y difusión de las creaciones musicales sólo se podía realizar por la vía de la escritura o de boca a oído y, en México, como en  otros  países, la hoja suelta, también conocida como hoja volante, era., y aún hoy es, una muy efímera manera de conservar y difundir las noticias testimonios, manifiestos, protestas, panfletos, libelos, cuentos, chismes, poesías y canciones, entre otros.

Sin embargo, la hoja suelta, al estar escrita, sólo es accesible en su interpretación a aquellos que están alfabetizados, y es allí donde radica lo interesante del asunto. Aún cuando la lectura de las hojas sueltas estaba limitada a los muy pocos lectores que había a finales del siglo XIX y principios del XX, la difusión de boca a oído, de las melodías y entonadas por los trovadores, también llamados publicistas, en el estado de Morelos, era de una asimilación sorprendente. Cabe hacer notar que las hojas sueltas (generalmente manufacturadas en papel de china de colores llamativos) en las que se imprimían los corridos y las bolas surianas, casi nunca incluían la partitura o la guía musical mínima de la melodía con que se debía interpretar el corrido, cosa que además sería de completo inútil dado el analfabetismo musical de la mayoría de los intérpretes populares. Lo interesante es que, a pesar de todos esos inconvenientes y limitaciones; los colores, la versificación y las ilustraciones que acompañaban a las composiciones lograron imponerse en el gusto y preferencia del público, como en su momento lo hizo la historieta.

En diversas ciudades del país, las imprentas populares tiraron las hojas sueltas con los corridos en los que los vates, alababan  o condenaban las hazañas o fechorías de los bandidos, hacían la detracción y la denuncia de las injusticias, daban fe  exacta de los terribles sucesos y las catástrofes, al tiempo que hacían que la gente bailara las derrotas y cantara las traiciones.

En el caso de las bolas surianas, las ciudades  que  mayormente se encargaron de su tiraje fueron: Cuernavaca y Cuautla, Morelos; Acapulco, Chilpancingo y Tixtla, Guerrero y Tezuitlán y Puebla, Puebla.

La hoja suelta u hoja de papel volante, como su nombre lo indica, se hace volar y puede terminar en el retrete, en la sudorosa envoltura de una torta de tamal, entre la colección de un  intérprete, en el boyler de leña o en algún afortunado caso, como parte de un fondo reservado de una biblioteca pública o como parte del acervo de un estudioso del folklore. De allí el hecho de que una gran cantidad de hojas sueltas, verdadero tesoro de la menospreciada y desdeñada cultura popular, se haya perdido junto con sus versos, ideas y creatividad.

En un punto de vista diferente sobre la difusión de las bolas surianas, Vicente T. Mendoza aprovechó para describir y calificar las formas poéticas de los trovadores surianos de la siguiente manera:

“Los trovadores populares, que hacen de su canto una profesión son considerados por nuestro pueblo como hombres de mundo. Han tratado a mucha gente, han recorridos casi todo el país de feria en feria, de poblado en poblado, tres días aquí y tres allá; van repitiendo al rasgueo de su vieja guitarra sucesos y acontecimientos salientes que constituyen una novedad para esas regiones apartadas en donde la prensa es un lujo. En muchos casos han sido testigos presenciales de los hechos que relatan y, como consecuencia, son también ellos quienes dan forma e interés al relato.

Entre este tipo de divulgadores de la lírica popular los hay que han contribuido de una manera efectiva a aumentar el acervo de literatura y música, especialmente de corrido. Así encontramos verdaderas colecciones impresas firmadas por autores, entre los que aparecen Refugio Montes, Federico Becerra, Fausto Ramírez, Samuel Margarito Lozano, Juan Montes y otros que, aunque no son productores de los más típicos corridos (letra y música), si han contribuido, en gran manera, a formar colecciones actualmente impresas. Estos individuos, seguramente trovadores trashumantes, difunden la música de su región, pero no así los textos que la acompañan; pues han dado lugar a la aparición de un género semiculto de literatura, el cual se distingue  a simple vista, por alejarse  insensiblemente del metro octosílabo del romance y contener citas y frases completamente ajenas al pueblo anónimo, verdadero creador del corrido. Véase, si no, el siguiente ejemplo:

Júpiter te haga feliz cual a Sísifo Endimión,

Y el destino te conduzca al progreso del amor,

La inmunda sangre de Medusa te dé más perfección

Y Ariman te reciba en el harén de aquel inmenso horror.

En otras ocasiones  introducen un estilo que ya no se usa en nuestra época: los esdrújulos, que estuvieron en boga a mediados del siglo pasado:

Aunque me falta para el verso práctica

Y a la vez inspiración dulcísima,

Vengo a poner ante tu planta mágica

La cruel pasión de mi existencia mísera”

(VICENTE T. MENDOZA. Op. Cit., pp.144 a 147)

Por su parte Octavio Paz (padre) también emitió su opinión sobre la construcción poética de las bolas surianas: “En el sur, se usan mucho los corridos, en versos algunas veces completamente cojos, pero los trovadores le buscan su música, propia de la región, con lo que así no se nota el defecto literario (OCTAVIO PAZ (padre). “El Cantor del Sur II”, pp. 1)

Resulta  interesante como algunos académicos mexicanos de la primera mitad del siglo XX y otros estadounidenses contemporáneos al referirse al folklore del sur del país, descalifican específicamente a la bola suriana por el hecho de que su construcción estrófica no corresponde a la tesis  hispanista de que el corrido, en lo que se refiere a métrica, rima y música, es descendiente directo, casi criollo, del romance español. Aunque, si  se analizan los versos que Octavio Paz llama chuecos se observará que estos corresponden a las musicalidades propias de los prehispánicos y que, aunque no tienen símil con las formas europeas, Ángel María Garibay Kintana los comparaba con las  irregulares métricas trocaicas europeas. Así el sonsonete octosilábico peninsular no era preferido por los trovadores y poetas del sur.

Es evidente pues que existe un prejuicio en la descalificación de la bola suriana como especie de corrido.

Unidos en un informal gremio, en el que la competencia por la excelencia en la composición y la interpretación  era la regla imperante, los trovadores, también llamados jilgueros, daban su respeto al talento y a la creatividad en esa actividad restringida al ámbito local, casi de cofrades, abierto a las propuestas creativas dentro de sus propios formatos regionales y que imponía sus propias reglas rituales y costumbres y que se diseminaba y difundía en cantinas, ferias, fiestas, reuniones, plazas, jardines, y actos públicos.

 

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Fuente:

Antonio Avitia Hernández. Las Bolas Surianas: Históricas,
Revolucionarias, Zapatistas y Amorosas, de Marciano Silva.

Avitia Hernández Editores. México, Primera edición 2004.
235pp. Edición del autor.