Dé click en la imagen para ampliar.


Duelo de Lorenzo Caspeta.

 

Doblen, doblen las tristes campanas,

doblen, doblen sus tristes clamores,

se acabaron las glorias ufanas

que de luto se vistan las flores.

 

Sin consuelo me encuentro afligido,

¿a quién triste mis quejas daré?

ya se fue a la mansión del olvido,

un amigo a quien tanto estimé.

 

En el año del setenta y nueve,

el día cuatro del mes de febrero,

ay amigos según se comprende,

sucedió un accidente muy fiero

 

Un día martes muy de cosa cierta,

ya la gente se había horrorizado

al saber que Lorenzo Caspeta

en la noche lo habían agarrado.

 

En la Feria de La Candelaria

ya sin duda lo andaban velando,

lo agarraron en una jugada,

a donde él estaba barajeando.

 

¡Ah, qué plan tan bueno le pusieron!

como él nunca jamás pensaría

que él hallándose por sus terrenos

cayó en manos de Manuel García.

 

Desconfiándole por su hombradía,

de ese modo pensaron agarrarlo,

ese jefe de la infantería,

de ese modo trató de asegurarlo.

 

Al llegar junto a los soldados,

se agachaban a verle la cara

por supuesto iban bien disfrazados,

para que este no lo maliciara.

 

Al decirle: “Se da usted por preso”,

sus pistolas muy bien le afianzaron

y al verlo que estaba indefenso

con sus rémitos lo amenazaron.

 

Ya Lorenzo, ya no pudo menos,

que rendirse y luego así al instante,

lo amarraron muy bien de las manos

y le decían: “Camine por delante”.

 

Al momento de que lo sacaron,

caminó sin temor, luego, luego,

le jugaron el primer engaño,

al llegar a la iglesia del pueblo.

 

Siendo que iban por la calle recta,

retroceden rumbo hacia el oriente,

dieron vuelta detrás de la iglesia

y tomaron rumbo hacia el poniente.

 

Lo sacaron al campo de afuera,

que  por nombre tenía El Zapatero,

con tormentos querían que dijera,

quienes son sus demás compañeros.

 

No pudieron lograr ese intento,

pues Lorenzo no confesó nada

y por eso con crueles tormentos,

lo  sacaron hasta La Cañada.

 

Le decían con furor y firmeza:

“Este es uno de los de los de Nicolás Páez,

lo colgamos a hoy si no confiesa,

a dónde se hallan todos los demás”.

 

“No soy de esos que con amenazas

se proponen a hablar por hablar,

 

soy muy hombre y no tengo embarazo,

estoy impuesto a sufrir y callar”.

 

Por momentos García se alejaba,

con su gente andaba inspeccionando

y nomás dos soldados dejaba,

para que lo estuvieran cuidando.

 

Siendo un hombre de revolución,

que a donde quería hacia plaza de bueno,

esa noche con gran compasión,

lo agobiaba muchísimo el sueño.

 

“Si algo debo, Señor Comandante,

con la vida les he de pagar,

no me pase usted más adelante

para mí está bueno este lugar”.

 

Injuriado le dijo García:

“Nomás eso le va a pasar a usted

aguardemos que aclarezca el día,

caminamos para Yautepec”.

 

Al momento que al pueblo llegaron,

sus  dolientes tuvo a su favor,

con García nada de esto arreglaron,

porque estaba lleno de rencor.

 

“Ya conmigo no tienen nada que ver,

allá el jefe verá si lo escapa,

al momento van a saber de él

ya fue el parte para Cuernavaca”.

 

Al momento que el parte llegó,

quedó impuesto don Manuel García,

pero a nadie le comunicó,

según la orden lo que contenía.

 

Para no atormentar a las personas,

lo sacaron muy disimulado,

al llegar a donde están unas lomas,

caminando pues lo han fusilado.

 

¡Ay Lorenzo, quién te lo dijera!

que pronto te habías de acabar,

un día martes a las once y media

la existencia te habían de quitar.

 

Según vengo yo haciendo reflejos,

has dejado tu sangre regada,

en el fondo de un camino viejo,

arribita del salto del agua.

 

¡Ay entonces su afligida madre!

considérenla, cómo estaría,

angustiada y llena de pesares

¡ay qué triste y desgraciado día!.

 

Le formaron una casa en lora,

sus dolientes que lo acompañaban

esperando nomás hasta qué horas

daban la orden que lo levantaran.

 

Se acabaron los hombres valientes,

muy famosos que había de lo bueno,

de la Hacienda de ese San Vicente,

de Lorenzo nos queda un recuerdo.

 

Les encargo a todos mis amigos,

que le recen cada año siquiera,

en memoria récenle un sudario

porque ya está debajo de tierra.

(hoja suelta, sin fecha, sin pie de imprenta y sin lugar de publicación, de la colección personal del etnomusicólogo José Luis Sagredo Castillo. Existe otra versión manuscrita en la colección de manuscritos y hojas sueltas del corridista Miguel Bello Moreno)

Después de que el territorio del estado de Morelos fue segregado del Estado de México,  el veterano de la Guerra de Reforma, Manuel Alarcón, recibió el cargo de Jefe de Rurales o Policía Federal Montada de los distritos de Yautepec y Tetecala.

Al momento del triunfo de la rebelión que puso a Porfirio Díaz en la silla presidencial, Alarcón aliado de Díaz, fue ascendido a Jefe Estatal de Rurales de Morelos y sus oficiales llevaron a cabo el trabajo de perseguir a los forajidos, y darles muerte donde se encontraran y no fueron pocos los bandidos que, en el estado de  Morelos, siguieron el ejemplo levantisco de la banda de Los Plateados.

Uno de los oficiales de Alarcón, Manuel García, se enfrentó al apoyo popular de que gozaba el bandido Nicolás Páez y por esta situación la localización y aprehensión de Páez,  se tornó difícil para García y se prolongó por espacio de varios años.

En el Corrido Duelo de Lorenzo Caspeta, se cantan los detalles de la aprehensión y fusilamiento de Caspeta, por parte de los hombres de Alarcón, toda vez que Caspeta, fue acusado de pertenecer a la banda de Páez, el hecho ocurrió el 4 de febrero de 1879. Llama la atención en la narración, la forma entrañable en que Marciano Silva habla de Caspeta como su amigo personal.

Con respecto a la métrica irregular del corrido, al comparar la hoja suelta con el manuscrito de Miguel Bello podemos suponer que  muchos de los errores, adendas y posibles omisiones sean debidos al oficio del editor de las hojas sueltas de quien no tenemos noticia.

 

PÁGINA ANTERIOR / PÁGINA SIGUIENTE

.
Fuente:

Antonio Avitia Hernández. Las Bolas Surianas: Históricas,
Revolucionarias, Zapatistas y Amorosas, de Marciano Silva.

Avitia Hernández Editores. México, Primera edición 2004.
235pp. Edición del autor.