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Bola de la historia del Pronunciamiento

del  General Emiliano Zapata.

El día 30 de abril de 1911.

o

La Traición de Federico Morales.

 

Atención te pido, público sensato,

voy a dar mi explicación,

aquí en esta historia que yo les redacto

en mi mal pronunciación.

 

Voy a dar un pormenor

citando lo positivo,

porque ya enterado estoy

como también persuadido.

 

El jefe Zapata no estando conforme

después de haber conquistado,

se salió de Cuautla según los informes

pensando en los resultados.

 

Se fue rumbo a Anenecuilco

que era su tierra natal,

porque conoció el peligro,

pues lo iban a traicionar.

 

Estando en su casa aunque no tranquilo

pensando en lo que sería

el nuevo gobierno quiso perseguirlo

por su grande bizarría.

 

Porque era un hombre valiente

nuestro general suriano,

querían políticamente

por completo exterminarlo.

 

Llegó la noticia, según se declara,

al pueblo de Anenecuilco,

que luego al momento él se retirara

que iban a formarle sitio.

 

Mandó tocar las campanas

nuestro invicto general :

“Vamos de nuevo a campaña

la defensa es natural”.

 

En aquel momento se reunió su pueblo

para ver lo que pasaba

y les dio a saber que el nuevo gobierno

asesinarlo trataba.

 

“Yo no ambiciono la silla

ni tampoco un alto puesto,

 

siento a mi Patria querida

verla en tan cruel sufrimiento”.

 

Hablóle a su hermano con toda firmeza

y le dijo en el momento:

“Rendir yo mis armas sería una tristeza,

sólo ya después de muerto”.

 

“Esta política es falsa,

la tengo bien conocida,

quieren que entregue las armas

para quitarnos la vida”.

 

Respondió don Eufemio con acento fijo

y un valor sin segundo:

“Ya no condesciendas, bajo el armisticio,

ya ves los pagos del mundo”.

 

“Levantémonos en armas

vamos de nuevo a sufrir,

las conferencias dejarlas

hasta vencer o morir”

 

“Hoy lo que interesa es otra providencia

a lo que el tiempo depare,

para recibir de la Omnipotencia

lo que del cielo mandare”.

“Saldremos, después veremos

qué descubra el firmamento,

al fin después volveremos

si nos da lugar el tiempo”.

 

Día treinta de agosto dieron ese grito,

todos de conformidad:

“¡Viva nuestra Patria y este requisito

de paz, tierra y libertad!”.

 

Vámonos a padecer

vamos de nuevo a sufrir,

traidor nunca lo he de ser

por mi Patria he de morir”.

 

Salieron de Ayala rumbo a Chinameca

donde se reunieron todos

pidieron permiso con toda presteza

para jugar unos toros.

 

Dos días de toros jugaron

nos quedan como recuerdos

y un hombre vil por trasmano

mando un parte a Morelos.

 

“Aquí en esta hacienda se encuentra Zapata

si lo quieren agarrar,

tiene cuarenta hombres, pero mal armados

ahora se han de aprovechar”.

 

“Fórmenle una entretenida

sin dársela a maliciar,

denle todo lo que él pida

que su día se va a llegar”.

 

Pusieron violento el parte a Morales,

puesto por la Presidencia:

“A  traerme a Zapata se va usted al momento,

se halla en san Juan Chinameca”.

 

“Con mucho gusto lo haré,

ahora sí no se me escapa,

hoy mismo le traigo a usted

la cabeza de Zapata”.

 

Con seiscientos hombres marcho entusiasmado

queriendo igualar al viento

pero sólo Dios, que es dueño de lo creado

no le concedió su intento.

 

Como a las once del día

por  Santa Rita pasaron,

dos hombres iban de guía

al punto donde llegaron.

Hacia una rejilla donde dispusieron

dividirse por la altura,

y por La Cañada, doscientos se fueron,

los demás por La Herradura.

 

Sin saber que el general

había puesto su avanzada,

al  píe de un buen tecorral

les preparó su emboscada.

 

Cuando les mandaron el: “¡Alto, quién vive!”,

“Figueroa”, todos gritaron,

con un par de bombas, luego los reciben

para comenzar la loa.

 

Diez eran los zapatistas

contrarios seiscientos fueron,

pero sus grandes conquistas

con valor las defendieron.

 

De cada descarga de los zapatistas

diez o doce se tumbaron,

porque ya su gente estaba bien lista

y bien muertos los dejaron.

 

Los bombazos resonaban

sin cesar cada momento,

los zapatistas peleaban

haciéndoles muchos muertos.

 

Cuando el general se hallaba gustando

con don Santiago Posadas,

llegó la noticia que el gobierno había dado

que a la hacienda se acercaban.

 

Se montó en su buen caballo

paso a paso se fue yendo,

con unos cinco soldados

se quedó reconociendo.

 

Cuando el general divisó al gobierno

que se acercaba al poniente,

echó mano al rifle, se apeó muy sereno,

con cinco les hizo frente.

 

Lo rodearon cuatrocientos

pero no se acobardó,

le hicieron fuego al momento

y entre ellos se revolvió.

 

A pocos momentos de que tirotearon

Zapata se despidió,

haciéndoles fuego con tres se quedaron

a los cerros se internó.

 

Dicen que los derrotaron

porque así corrió la voz,

pero sólo a tres mataron

contrarios sesenta y dos.

 

De testigo pongo aquí al siglo veinte

como certero y seguro,

para que noticie el hecho presente

de lo pasado y futuro.

 

De Zapata estos recuerdos

quedaron siempre grabados,

en todo el plan de Morelos

y los pechos mexicanos.

(CATALINA H. DE GIMÉNEZ. Op. Cit., pp. 289 a 294)

 

Al triunfo de la Revolución Maderista, el presidente interino Francisco León De la Barra inició el  licenciamiento de las tropas revolucionarias en el país.

En el estado de Morelos, las presiones de los hacendados locales, obligaban al gobierno al desarme y licenciamiento de las fuerzas revolucionarias de Emiliano Zapata, mientras éste se obstinaba en la exigencia del cumplimiento del artículo tercero del Plan de San Luis, que implicaba la realización de una reforma agraria en el país.

Luego de algunas conferencias entre Francisco I. Madero y Emiliano Zapata, se inició el licenciamiento de los zapatistas, en junio de 1911 y se dio a Zapata, de manera no oficial, el cargo de Comandante de Policía Federal en el estado de Morelos, cargo que Zapata nunca ejerció.

Al no obtenerse el desarme de la totalidad de las partidas zapatistas del estado de Morelos, los ataques de la prensa de la ciudad de México se incrementaron argumentando la inestabilidad del nuevo gobierno, mientras Francisco León De la Barra enviaban al Trigésimo Segundo Batallón de Infantería, bajo las órdenes del general Victoriano Huerta, para hacer campaña contra los jefes zapatistas no licenciados de Morelos. De la misma manera, el 11 de agosto, De la barra suspendió la soberanía del estado de Morelos.

Por su parte, Zapata, tratando de regresar a su comunitaria vida cotidiana, contrajo matrimonio en julio, pero fue sistemáticamente atosigado por sus enemigos locales, quienes, después de la toma de Cuautla, veían en él al principal y más peligroso jefe revolucionario de Morelos.

Con la promesa del retiro de tropas federales del territorio estatal, Zapata logró convencer a los jefes insumisos en el sentido de deponer las armas con fecha del 22 de agosto. Sin embargo, las tropas federales de Victoriano Huerta y las fuerzas auxiliares irregulares guerrerenses de Ambrosio Figueroa, continuaron hostigando y ocupando posiciones en tierra morelense, por lo que Zapata se vio obligado a huir a Anenecuilco.

El 30 de agosto de 1911, en Villa de Ayala y Chinameca, Zapata sufrió el ataque de las tropas auxiliares irregulares guerrerenses de Federico Morales y Silvestre Mariscal.

Según John Womack: “Federico Morales, agente de Figueroa, lo había hecho mal y lo había dejado escapar. Tratando de atrapar a Zapata dentro de los muros de la hacienda de Chinameca, estúpidamente había ordenado una carga contra la guardia de la puerta del frente. Zapata había oído los disparos, y como conocía el terreno de la hacienda, se había escapado del edificio principal y había echado a correr por los cañaverales que quedaban atrás del mismo” (JOHN WOMACK. Zapata y la Revolución Mexicana, p.118).

De la hacienda de Chinameca, Zapata huyó aparentemente al estado de Puebla. Sin embargo, su destino real fue la sierra de Morelos en donde recomenzó su forzada rebelión.

Los gobiernistas  auxiliares irregulares guerrerenses de Ambrosio Figueroa, por su actitud poco definida con respecto al bando al que pertenecían, fueron conocidos por los zapatistas como los colorados.

La bola suriana de la Historia del Pronunciamiento del General Emiliano Zapata. El  día treinta de agosto de 1911, también conocida bajo el nombre de La Traición de Federico Morales, compuesta por Marciano Silva, fue objeto del escamoteo en su crédito de autor por la imprenta de Eduardo Guerrero y en la hoja suelta más conocida que difunde el corrido aparece la firma de alguien cuyas iniciales son G. M.. Sin embargo se ha podido verificar la autenticidad de la autoría original de Silva Peralta en la bola transcrita.

El 25 de noviembre de 1911, Emiliano Zapata y sus principales generales expidieron el Plan de Ayala, documento en el que, desconociendo al gobierno de Francisco I. Madero, daban legitimidad documental y sentido agrarista a la lucha de los campesinos revolucionarios morelenses.

El movimiento zapatista, bajo la bandera del Plan de Ayala, pronto se extendió a los estados aledaños de: Puebla, Guerrero, México y Tlaxcala.

Durante todo el lapso que Madero duró en el poder, las guerrillas zapatistas se mantuvieron en pie de guerra y, al momento del golpe de estado, de febrero de 1913, en el que se derrocó y asesinó a Francisco I. Madero, y que instauró al gobierno usurpador de Victoriano Huerta, las hostilidades contra los zapatistas se incrementaron considerablemente por lo que la reacción natural de los campesinos fue en el sentido de una más eficiente organización de las guerrillas.

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Fuente:

Antonio Avitia Hernández. Las Bolas Surianas: Históricas,
Revolucionarias, Zapatistas y Amorosas, de Marciano Silva.

Avitia Hernández Editores. México, Primera edición 2004.
235pp. Edición del autor.