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Historia de la Derrota y Muerte del General
Luis Cartón
Cuando Cayó en Chilpancingo
en Manos del General Ignacio Maya.

 

Nobles patriotas, que en las montañas,

fuisteis del pueblo la admiración,

cuando escondido entre las cabañas,

se oía feroz el rugir del cañón.

 

El hombre idiota, de mala saña,

que fue el terrible Luis G. Cartón,

tirano fue, de malas entrañas,

pagaste todo en esta ocasión.

 

“¡que viva Huerta, muera Zapata!”

decían los juanes sin vacilar,

que un pueblo junto, esa es la Patria,

y con sus armas debe ganar.

 

Sin duda tú fuiste para Huerta

un hombre raro en esa ocasión,

tal vez pensabas que en la revuelta,

ya acabarías con tu batallón.

 

Pero Zapata que estaba alerta,

mirando siempre al usurpador,

tuvo razón y noticia cierta

que al sur bajabas sin dilación.

 

Hubo una junta en San Pablo Hidalgo,

de varios jefes en esa vez,

de allí se fueron a pozo colorado

donde en un antes era cuartel.

 

Estando el jefe y muchos soldados,

que se encontraban en esa vez,

de allí se fueron para otro lado

donde adelante yo explicaré.

 

En Chilpancingo, según se dice,

los generales se creían rey,

que eran cartón, Ponciano Benítez

y el conocido Juan Poloney.

 

Y se soñaban que eran felices

y resollaban más peor que un fuelle

y los pelones, esos belitres, decían:

“Bandidos, vengan a comer buey”.

 

Así gritaban los pobres juanes,

sobre las casas de la ciudad,

rompiendo el fuego, todos iguales,

Cartón gritaba con vanidad:

“Muera Zapata, no creo que gane,

porque no tiene capacidad,

¡Que viva Huerta! Porque si sabe

regir un pueblo y gobernar”.

 

El general Encarnación Díaz,

rumbo a la plaza se dirigió,

cuando Vicario veloz corría,

para salir de la población.

 

Los zapatistas todos decían:

“Alto ahí!, ¡quién vive! ¡Soy sólo yo!,

y les decía: “¡Viva Chón Díaz!”

y con engaños de allí salió.

 

Ya derrotados los cartonistas,

el sitio aquel querían romper,

con sus cañones y dinamitas

para Acapulco querían correr.

 

Pero avisados los zapatistas

que se encontraban en esa vez,

pues de antemano ya estaban listas,

todas las fuerzas a acometer.

 

Todos corrieron por el camino,

haciendo fuego sin descansar,

logró la empresa y el cruel destino,

que a los traidores debe esperar.

 

Cartón tirando tras el incendio,

se parapeta en un tecorral,

cuando a balazos es sorprendido

y enfurecido hizo fuego más.

 

Ya había pisado según la raya

que en esa guerra preso cayó,

quedando en manos de Ignacio Maya,

a quien su espada luego entregó.

 

“No crea usted jefe que yo me vaya,

sólo le pido me haga un favor,

que entierre a mi hijo que en la campaña,

hace un momento muerto cayó”.

 

“Vaya a enterrarlo”, Maya le dijo,

“Permiso tiene en esta ocasión,

luego que dé sepultura a su hijo,

vamos a hacer su presentación”.

 

A ver a su deudo, con ojos fijos,

luego le dijo: “Moriré yo,

porque sepulcro hoy te prodigo

yo soy tu padre, adiós hijo, adiós”.

 

“Mi general mi alma está muy grata

y benevolencia siempre esperé,

yo quiero ver a jefe Zapata

que conocerlo siempre ansié”.

 

“¿Usted es Cartón, el jefe de Cuautla?”,

“Mi general, no lo negaré”,

“Pues sepa usted que yo soy Zapata

el que por los montes lo buscaba a usted”.

 

“Usted ha quemado a muchos pueblos

y a indefensos usted mató

porque le pagan un triste sueldo

hacen horrores sin compasión”.

 

“Si usted no se acuerda, yo se lo acuerdo,

de aquellas leyes que usted dictó,

cuando toditos los de Morelos,

para sus filas usted mandó”.

 

“Yo quemé todo lo que usted dice,

porque me mando mi superior,

eché las levas no porque quise,

que así lo exige la ley de hoy”. 

 

“A generales la ley nos dice

que en una guerra es mejor morir

que ser vencido y así rendirse

al enemigo, como hice yo”.

 

“Mi general quiero me conceda

en el momento mi libertad,

quiero ir al centro y hasta que pueda

pedir más armas y aparentar”.

 

“Luego yo mismo les haré la guerra

y con empuje podré ganar,

cuando usted sepa que por mí queda

la Ciudadela y La Capital”.

 

“Está muy bueno lo que usted dice

y el nuevo plan que usted pensó,

mañana libre lo dejaremos

y ya de acuerdo estaré yo”.

 

“Ya me despido  me voy sereno,

muy satisfecho de su razón”,

“General Díaz, llévelo al pueblo

mañana libre sale Cartón”

 

Ya aleccionados los generales

lo internaron en la prisión

y el les decía: “Si son legales

quiero que me tengan buena  opinión”.

 

No les hacían caso a sus vocablos

que a ellos mismos los invocó:

“Mi centinela, favor de hablarle;

dígale al jefe que le hablo yo”.

 

Rompió la aurora del nuevo día

en que esperaba salir Cartón

y a sus guardias él les decía:

“Ya no me tengan en la prisión”.

 

Si no era cárcel donde existía,

estaba lejos de la versión,

y los soldados bien se reían

de lo ocurrido en la ocasión.

 

Llegando el jefe con voz muy fuerte:

“Salga usted fuera, señor cartón,

vamos marchando rumbo al oeste

que así lo exige la situación”.

 

Llegó al punto donde la muerte

ya lo esperaba sin dilación,

y así lo quiso la infausta suerte

y allí morirá sin vacilación.

 

“Oiga usted jefe, dijo Zapata

que se me diera mi libertad,

pues yo he ofrecido que por mi Patria

la vida diera y es la verdad”.

 

“Ya de antemano traigo una carta

que me han mandado con brevedad,

deque usted muera y que se cumplan

las duras leyes de autoridad”.

 

“Si muero siempre yo ya he cumplido

con los deberes de mi misión”,

Párese al frente que hay cinco tiros

para el descanso de su intención”.

 

“Fórmenle cuadro, vénganse cinco,

preparen armas sin dilación

¡Vivan las fuerzas de Chilpancingo!

¡Que muera Huerta!, ¡También Cartón!”.

 

Se oyó el descargue de muchas armas,

cuando Cartón dejo de existir,

también a Benítez muy de mañana,

le había tocado ya sucumbir. 

 

Quinientos hombres que en la campaña

se han avanzado todos al fin,

les dieron libres en las montañas

porque a su tierra se querían ir.

 

Se vino el jefe para Morelos,

a ver las fuerzas de su región,

y a pocos días quedó Guerrero

sin fuerzas de la Federación.

 

Se vino Olea también de miedo

porque decían: “Ahí viene Chón”,

y con tres mil juanes poco más o menos

se marchó al norte sin precaución.

 

Ya me despido ciudad de Iguala,

Cuautla, Morelos, feliz unión;

digan: “¡Que viva el Plan de Ayala

y el jefe de la Revolución!”.

 

“¡Que muera Huerta, en mala hora,

y los que fueron de su opinión,

muera Carranza porque no cumple

con los ideales de la Revolución!”.

(CARLOS BARRETO MARK. Op. Cit. pp.16 a 18)

 

La toma de la importante plaza de Chilpancingo, Guerrero fue cuidadosamente preparada por Emiliano Zapata con varios meses de antelación.

El 12 de marzo de 1914, Zapata y sus jefes: Julián Blanco y Jesús Salgado establecieron cuartel en Tixtla, con cinco mil hombres, mientras que la ciudad de Chilpancingo estaba defendidas por mil cuatrocientos soldados bajo la órdenes del general Luis G. Cartón.

 Zapata había previsto el asalto a Chilpancingo para el día 26 de marzo. Sin embargo, los generales zapatistas: Encarnación “Chón” Díaz e Ignacio Maya, en una indisciplinada pero afortunada acción lograron ocupar la plaza de Chilpancingo el 23 de marzo de 1914.

El general Cartón logró escapar de Chilpancingo pero fue aprehendido, junto con su segundo Juan A. Poloney y varios oficiales federales más, en un poblado llamado El Rincón, a unos sesenta kilómetros al sur de Chilpancingo.

La mayoría de las tropas federales, en su calidad de conscriptos y soldados involuntarios de leva, fueron puestas en libertad y muchos de ellos, de inmediato se afiliaron a las tropas del Ejército Libertador del Sur.

Como Cartón y Poloney habían sido actores protagonistas del exterminio del estado de Morelos, fueron juzgados, de manera sumaria, y fusilados en la plaza  pública de Chilpancingo, junto con los oficiales a quienes se les comprobó su participación como incendiarios en las campañas contra  los zapatistas.

El fusilamiento de Cartón tuvo lugar el seis de abril de 1914 y Marciano Silva no perdió la ocasión para escribir y cantar  la  bola suriana respectiva.

 

 

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Fuente:

Antonio Avitia Hernández. Las Bolas Surianas: Históricas,
Revolucionarias, Zapatistas y Amorosas, de Marciano Silva.

Avitia Hernández Editores. México, Primera edición 2004.
235pp. Edición del autor.