Bola Doble del Sitio de Tlaltizapán.

 

Voy a recordar del trece de agosto

del mil quinientos veintiuno,

en que a conquistar vino el asqueroso

Cortés a este suelo puro,

fue Tenochtitlán, el sitio luctuoso

que contempló, taciturno,

una mortandad que llenó de gozo

al trono ibero y de orgullo.

 

Después de cuatro centurias,

según poco más o menos,

volvió otra vez esta espuria

fecha escrita a sangre y fuego,

allí Cortés, cruel tortura,

aquí Carrión, dio un degüello,

año dieciséis ¡Qué injuria!

trece de agosto recuerdo.

 

A  la hermosa Villa de Tlaltizapán,

en domingo por desdicha,

llegaron las fuerzas del sur a atacar

a los bravos carrancistas,

el triunfo obtuvieron, no hay ni qué dudar,

según corrió la noticia,

pero después de esto no tardó en llegar

el refuerzo a toda prisa.

 

Por el Amate Amarillo

entró un refuerzo a la lucha,

y a poco llegó otro auxilio

procedente de Jojutla

y un fuego cruel y nutrido,

se oía en tan gran disputa

quedando allí el enemigo,

vencedor en su obra justa.

 

Las tropas del sur dejaron el sitio,

batiéndose en retirada

con la prontitud de aquel  que indeciso,

ve su esperanza frustrada,

con mucha quietud, por rumbos distintos,

se fraccionó muy animada

a echarse otro albur, cuando ya expeditos

para el caso se encontraban.

 

Al retirarse Zapata,

con sus fuerzas liberales,

quedó dueño de la plaza,

Carrión, esto fue loable,

en venganza de las bajas

que le hicieron al cobarde,

 

tocó a un degüello salvaje,

demostrando su barbarie.

 

Ávido de sangre, Carrión, altanero,

mandó que, con arma en ristre,

dos horas fatales dieran de degüello

a los pobres infelices,

que como neutrales, vivían en el pueblo,

sin prever el fin tan triste

que el cielo implacable tenía para ellos,

al son de alegres repiques.

 

Cuatrocientos sucumbieron.

según rindieron informes,

entre los cuales murieron :

mujeres, niños y hombres,

sin culpa ahí perecieron ,

gran número de varones,

entre un dolor tan acerbo

y muy grandes estertores.

 

Esa cruel falange de bárbaros tingos,

fraccionáronse en guerrillas,

por todito el pueblo matando a los niños

de diez años para arriba,

mujeres y hombres eran conducidos

por la tropa fratricida,

y luego en la calle tenían su exterminio,

quedando al punto sin vida.

 

Como brutos los lanzaban

a la calle sin piedad,

arrastrando los sacaban,

¡Ay, qué cruel barbaridad!

ahí los sacrificaban

con la más negra crueldad,

sin que sus ruegos hallaran

algún gesto de piedad.

 

Algunas mujeres caían de rodillas

pidiendo al cielo clemencia,

los hombres rogaban, al ver las cuchillas

que usaban con gran violencia,

los niños lloraban buscando una mano

humilde pa’ su defensa,

más los herodeanos reían como Atilas,

sin ninguna condolencia.

 

Hubo un desgraciado Atila,

sin sentimientos humanos,

que él sólo quitó la vida

a cincuenta y dos paisanos,

y así este cruel asesino,

que lo apodaban El Bendo,

al degollar a un vecino,

decía: “¡Soy estupendo!”.

 

Unos abrazaban sus pobres criaturas

al  ver a los herodeanos,

pidiendo con llanto, angustia y ternura,

perdón a aquellos tiranos,

unos encontraban por clemencia, burlas,

y por perdón, un sarcasmo,

y una muerte infausta, con grande premura,

niños, mujeres y ancianos.

 

Carrión, en su sed de sangre,

guiado por una venganza,

tocó  a degüello el infame,

haciendo horrible matanza,

más creo que el cielo implacable,

lo premiará sin tardanza,

llevándolo a los umbrales

del infierno, es mi esperanza.

 

Las calles estaban cubiertas de muertos

insepultos a la vez,

sólo se veían inmundos espectros

y una horrible fetidez,

sepulcro no hallaban, todo era un pretexto,

¡Oh, que necia estupidez!

pues las represalias en el cuerpo yerto

demuestran avilantez.

 

Ese es el valor civil

que demuestran los tiranos,

correlones en la lid,

cuando luchan palmo a palmo,

y valientes como un Cid,

con inermes ciudadanos,

pues, sin temor a morir,

mataron muchos hermanos.

 

 

Esos son los hijos que la Madre Patria,

en su seno un día arrulló

y con un prolijo amor entusiasta,

su ilustre nombre les dio,

cuyos beneficios pagan los jerarcas

con un premio de rencor,

crueles asesinos, viles cual tetrarcas,

sin clemencia ni pundonor.

 

La humanidad en su mente,

triste este caso deplora,

y juzgo que eternamente

lo grabará en su memoria,

del mes de agosto, el día dieciocho,

fecha infeliz y notoria,

por siempre los guardará,

en sus páginas la historia.

(CELEDONIO SERRANO MARTINEZ. La Bola Suriana, pp.92 a 96) 

 

 

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Fuente:

Antonio Avitia Hernández. Las Bolas Surianas: Históricas,
Revolucionarias, Zapatistas y Amorosas, de Marciano Silva.

Avitia Hernández Editores. México, Primera edición 2004.
235pp. Edición del autor.