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Historia de La Muerte del Gran
General Emiliano Zapata.

 

Después que aquel apóstol, don Francisco I. Madero,

del Plan de Ciudad Juárez ingrato se burló,

al ver hecho un despojo y caído por el suelo

ese estandarte hermoso que repudió altanero,

un pobre campesino, al fin lo levantó.

 

Ese fiel campesino fue el inmortal Suriano,

que indómito peleaba por el Plan de San Luis,

al ver que su caudillo había ya claudicado,

alzó valiente y digno ese pendón sagrado,

siguiendo con las armas luchando hasta el morir.

 

Fue  Emiliano Zapata, el hombre sin segundo,

que ante la plutocracia su diestra levantó,

fue un ángel de la Patria, un redentor del Mundo,

que por su humilde raza duerme el sueño profundo,

en los brazos de Vesta por voluntad de Dios.

 

Al ver la tiranía que, contra los aztecas,

los blancos dislocaban, siguió a un falso líder,

tiró a Porfirio Díaz después siguió con Huerta,

peleó con bizarría contra las hordas necias

del infeliz Carranza donde llegó a caer.

Como los propietarios, de este jirón de tierra,

compraban los gobiernos con oro nacional,

para que el proletario nunca libre se viera,

teniendo un solo amo y una sola miseria

ganando en los ingenios un mísero jornal.

 

Por eso es que Carranza le dio a Pablo González

el mando de las fuerzas del sur sin vacilar,

para que, de Zapata, murieran los ideales

pues vio que de ese esparta sólo podría salvarle,

por tener más astucia que valor militar.

 

Hombre de mucho ingenio él y Jesús Guajardo,

para esgrimir el alma de la más vil traición

pues de pronto se hicieron unos improvisados,

rivales al extremo que dispuso don Pablo

de que al fin se arrastrara a Guajardo en la prisión.

 

Luego salió de Cuautla la cándida noticia,

que Guajardo y don Pablo se odiaban con furor,

entonces Emiliano, sin pérdida, lo invita

creyendo que el pirata, constitucionalista,

como al fin resentido obraría en su favor.

 

Guajardo le contesta, que dispuesto se hallaba

a secundarlo siempre, si el perdón le ofrecía,

Zapata, en su respuesta, tan fiel entusiasmada

 

dijo: “Con esta fecha queda garantizada,

su vida y a presente su misma jerarquía”.

 

“Después de esto le ordeno, que sin pretexto alguno,

me aprehenda a Victoriano por ser un vil traidor,

y me lo mande luego, pero muy bien seguro

pues soportar  no puedo a ese falaz perjuro,

que ha pisoteado indigno su palabra de honor”.

 

Pero Guajardo, a trueque de Bárcenas, le entrega

sesenta voluntarios de su brigada de él,

contestándole al jefe que su orden no se lleva

a efecto estrictamente, porque según las pruebas,

que Bárcenas fue enviado en comisión tal vez.

 

Y este acto de barbarie alucinó a Zapata

y lo hizo caer al fondo de la credulidad,

aliándose a un infame que, atraído por su audacia,

premeditó los planes de alevosía y ventaja

para acabar al golpe de una traición falaz.

 

Después, viendo el efecto que produjo en Zapata,

aquella ocasión funesta le dijo con placer:

“Con el mayor respeto, le pido a usted por gracia,

que me otorgue el derecho de tomar una plaza,

y esa plaza en cuenta es Jonacatepec.

 

Zapata contestóle: “Le otorgo a usted la gracia

y puede usted tomarla con mucha precaución”,

pero aquel hombre noble no vio que era una farsa,

de cómicos histriones, pagados por Carranza,

para que el Plan de Ayala muriera en su extensión.

 

El fuego fue nutrido, por una y otra parte,

en ambos combatientes mostrábase el furor

pero, lo más lucido que, que en tan cruel desastre

ni un muerto, ni un herido resultó en el combate,

los proyectiles siempre obraban a favor.

 

De ahí, como un esparta, marchó hacia Tepalcingo,

después de un simulacro que cruel premeditó,

y el general Zapata, aquel digno caudillo,

sobre su encuentro marcha, con gusto, a recibirlo

felicitando grato, su indómito valor.

 

En medio de alborozo y vítores del pueblo,

entró el jefe y Guajardo, con gran satisfacción,

después de un fiel reposo, Guajardo fue el primero

que marchó presuroso, cual Napoleón Tercero,

a San Juan Chinameca, fraguando su traición.

 

Guajardo al separarse del gran jefe suriano

a San Juan Chinameca, con gusto lo invitó,

para obsequiarle parque que traía de antemano,

pero en su negra faz, sólo se veía el engaño,

envuelto en su siniestra política de horror.

 

Al otro día Zapata, marchó hacia Chinameca,

con ciento cincuenta hombres de escolta nada más,

donde lo esperaba Guajardo, con firmeza,

un viernes por desgracia, el diez de abril por fecha,

con seiscientos dragones para su acción falaz.

 

Del Agua de los Patos, según las referencias,

llego el jefe Zapata con una escolta fiel,

según ligeros datos, a las siete cuarenta,

en un pequeño cuarto contiguo hacia la hacienda,

Guajardo y otros jefes se reunieron con él.

 

Para no errar el golpe, Guajardo urdió la espuria

noticia que: el gobierno se acercaba veloz,

ocupan luego entonces sus hombres las alturas,

los barrancos y bosques, con la mayor premura,

tapando las salidas, con mucha precaución.

 

Zapata remontóse a la Piedra Encimada,

mientras el vil Guajardo su gente disponía,

todavía el Iscariote le dijo que ordenara

si es que salía al galope llevando una avanzada

de gente de a caballo o pura infantería.

 

“Hay muchos alambrados y la caballería,

en tales circunstancias, no se podrá batir,

mejor lleve soldados de pura infantería,

que el éxito ganado será por su hidalguía,

mientras yo, a retaguardia, me quedo a combatir”.

 

Después cesó la alarma, quedó todo tranquilo

era el último acto, de aquel drama fatal,

mandó que lo invitaran el coronel castillo,

para que le entregara el parque prometido,

aquel noble espartano marcho sin vacilar.

 

Le dijo a su asistente: “ y tráeme mi caballo,

que el coronel me llama a su cuartel de honor”,

con diez de sus jinetes se fue a ver a Guajardo,

pues siempre los valientes no temen al menguado

porque su escudo de armas sólo es el pundonor.

 

Cuando tuvieron nota que el general llegaba

la banda de clarines le dio el toque de honor

la guardia presurosa, al verlo presentó armas,

después se oyó la odiosa y fúnebre descarga,

cayendo el invencible Zapata, ¡Oh, qué dolor!.

 

Guajardo se soñaba con ser un Alejandro,

cuando vio al suriano tendido hacia sus pies,

mandó que atravesaran su cuerpo en un caballo,

para que lo llevaran, como un trofeo alcanzado,

a Cuautla y se premiara su negra avilantez.

 

Al ver Pablo González llegar al vencedor,

trayendo al que luchaba constante y varonil,

¡Oh!, cuántas atenciones al fin le prodigó,

condecorando innoble su astucia y no el valor,

porque su limpia espada nunca supo medir.

 

Varios hombres lloraron al ver el triste fin,

del hombre que luchaba por el bien nacional,

las mujeres trocaban en rabia su gemir,

al ver la declarada traición de un hombre vil,

que hablarle cara a cara no pudo en lance tal.

 

Los guachos altaneros vagaban por las calles,

burlándose falaces del pueblo espectador:

“Hoy sí, hijos de Morelos, ya se acabó su padre,

bien pueden ir a verlo e identificarlo,

Guajardo en tal combate peleando lo mató”

 

Zapata fue el bandido por la alta aristocracia,

mas a la vez ignoro su criminalidad,

en un panteón lucido, un ángel se destaca,

trayendo así, en su mano, un libro lee entusiasta:

“La tierra para todos y el don de libertad”.

 

El año diecinueve, el mes de abril por fecha,

murió el jefe Zapata, como bien lo sabrán,

del modo más aleve, en San Juan Chinameca,

a la una y media breve, de esa tarde siniestra,

dejando una era grata así a la humanidad.

(Corridos Zapatistas, Disco INAH # 26, cantado por Mauro e Ignacio Vargas)

 

El diez de abril de 1919 el general Emiliano Zapata, jefe del Ejército Libertador del Sur, fue asesinado en la hacienda de San Juan Chinameca, en el estado de Morelos y su corridista oficial, el coronel Marciano Silva, compuso su Duelo del General Zapata y la Historia de la Muerte del Gran General Emiliano Zapata.

 

En sus corridos bolas, Marciano Silva nos relata como los constitucionalistas, al no poder acabar con el movimiento zapatista, en forma directa, prepararon una complicada traición, dirigida por el general Pablo González y protagonizada por el general Jesús M. Guajardo, quien, ganándose la confianza de Zapata y valiéndose de hábiles engaños, logró separar al jefe suriano de sus tropas y lo emboscó en el casco de la hacienda, pudiendo así darle muerte. Se considera  que las versiones de corridos de Silva, son las que dan una mayor cantidad de detalles sobre el suceso.

La muerte dé Zapata es el suceso sobre el cual se ha compuesto una mayor cantidad de corridos, de forma que existen más de treinta corridos localizados que tratan el tema. Incluso un corrido de Emiliano Zapata fue ilustrado en un mural, por el pintor Diego Rivera, en los corredores del edificio de la Secretaría de Educación Pública, en el centro de la ciudad de México.

 

 

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Fuente:

Antonio Avitia Hernández. Las Bolas Surianas: Históricas,
Revolucionarias, Zapatistas y Amorosas, de Marciano Silva.

Avitia Hernández Editores. México, Primera edición 2004.
235pp. Edición del autor.