Duelo a Venustiano Carranza.

 

Duerme en paz Venustiano Carranza

en esa lóbrega y olvidada mansión

donde todo mortal va y descansa,

a donde muere todita ambición.

De mí no esperes ninguna alabanza,

mas tampoco esperes un baldón,

porque en pechos nobles no hay venganza,

solamente un eterno perdón.

 

Te lanzaste a una tierra desierta

y eclipsóse tu límpida gloria,

son los rayos del Sol cuya fuerza

que alumbrando vino desde Sonora

el señor Adolfo de la Huerta

y Plutarco Elías Calles recobran

los ideales de un pueblo que dejas

con sus fueros violados y sin honra.

 

Ya tu administración era odiosa

y la opinión pública resentida

te gritaba con voz imperiosa:

“No queremos por jefe a Bonilla”,

mas al ver tu actitud caprichosa

subleváronse llenos de ira

 

varios jefes y la mayor tropa

siendo el trágico fin de tu vida.

 

Pues los jefes de mayor influencia

desconociendo a vuestros poderes

rebeláronse por tu imprudencia

declarándote enemigo cruel,

y tú al ver las tristes consecuencias

que traiba tu mal proceder,

te lanzaste de la presidencia

como Huerta, para no volver.

 

Los soldados que en tu travesía

te servían ahí de custodio,

mas al ver el peligro que corrían

te dejaron en cruel abandono

pues Herrero, aguerrido porfía

con justicia y sin ella en el fondo

le pusieron término a tu vida

en el pueblo de Tlaxcalantongo.

 

Cuando fuiste a la vez sorprendido

en la triste choza donde dormías

no tuviste soldado ni amigos,

según lo ha declarado un guía.

Ya no hay pruebas de honor en peligro,

solamente don Tomás mejía,

le ofreció al archiduque afligido

el morir en su fiel compañía.

 

Pues Herrero, ya bien comprendía

que al hacer frente a vuestros soldados

lo tendría que derrotar Murguía,

por ser corto el número de aliados,

en tal caso la cuestión perdería

y por eso pensó cual soldado

sorprender el sitio donde dormías

como al fin quedó verificado.

 

Al hacer la primera descarga

exhalaste un grito doloroso,

era que una pierna perforada

tenías ya, por un treinta furioso,

y Verlanga, en horas tan amargas

te gritaba con acento medroso:

“¿Qué le pasa mi jefe Carranza?”,

y se lanzó de aquel sitio horroroso.

 

Cuando supo Mariel tal desgracia

se lanzó hasta el lugar del suceso

y otros jefes de mayor importancia

con el fin de trasladar tu cuerpo

para México a donde descansa,

y tuviste un asiento predilecto

ya hoy debajo de ese pedestal descansa

en dolores tus fingidos restos.

 

No fue Herrero el que te dio muerte

obsequiándole una tumba fría,

fueron hombres de tu gabinete

que a tu administración corrompía,

que Verlanga y Cabrera imprudentes

y Bonilla que tú al fin consentías

que lo hicieras un gran presidente

sin la gracia del pueblo, a fe mía.

 

Ante el pueblo tú te hiciste odioso,

creo que el pueblo con gran hidalguía

te sabrá perdonar generoso

tu conducta tan mala e impía,

cuyo ejemplo servirá para otros

que embriagados en su jerarquía

niegan que hay un Todopoderoso

que castiga las obras impías.

 

Duerme en paz, duerme en paz, noble anciano,

allá en esa mansión donde moras

que olvidados quedan tus agravios

y en tu muerte ninguno se gloria.

Basta que seamos mexicanos

de una tierra feliz y notoria

descendientes de Nicolás Bravo,

cuyo nombre se enlaza en la historia.

(CATALINA H. DE GIMÉNEZ . Op. Cit., pp. 394 a 397)

 

El 21 de mayo de 1920, en el poblado de Tlaxcalantongo, Puebla, fue asesinado don Venustiano Carranza, una vez que las tropas leales a su gobierno habían sido derrotadas por los adictos al Plan  de Agua Prieta.

Los restos del Varón de Cuatro Ciénegas fueron trasladados a la ciudad de México y se les inhumó en el Panteón de Dolores, el 25 de mayo, del mismo año.

A fines de 1920, el general expelaecista Rodolfo Herrero, presunto asesino de Venustiano Carranza fue puesto en libertad, por no haber pruebas en su contra.

Existe la versión de que Carranza, al verse perdido en el ataque de Herrero a Tlaxcalantongo, prefirió suicidarse.

A partir de la muerte de Venustiano Carranza, la legitimidad de Álvaro Obregón, como jefe político del país, fue indiscutible, dando paso a la irresistible hegemonía del Grupo Sonora.

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Fuente:

Antonio Avitia Hernández. Las Bolas Surianas: Históricas,
Revolucionarias, Zapatistas y Amorosas, de Marciano Silva.

Avitia Hernández Editores. México, Primera edición 2004.
235pp. Edición del autor.