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Corrido a Amalia.

 

Ayer con impaciencia se me hizo pesaroso

me vino a la memoria recuerdo que pasó,

recuerdo puramente de un ser tan generoso

que aún siendo inocente en mi alma se grabó.

 

Sería sólo en mi infancia un cuadro de misterio,

en ella me extasiaba soñándome feliz,

veía unos amantes reír y otros tan serios

parece que sufrían, así lo comprendí.

 

Yo era tan pequeño que todo lo veía,

a mi me parecía a un tiempo terminar,

pero no se, en mi mente todito lo imprimía

sería para servirme de un método sin par.

 

Cuando dieciocho abriles cumplidos ya de vida

me exigió el destino amar a una mujer,

la veía tan hermosa, tan virgen, tan querida,

que me robó la calma, la dicha y el placer.

 

Entonces dominado por tales ilusiones

que refrenaba en breve mi fuerza con ardor,

pensé que ayer veía y ahora son pasiones

que en memorables horas recuerdan a mi amor.

 

Amarla más no puedo, dejarla, mucho menos,

aún cuando ya no existe conmigo en el hogar

quisiera con él fugarme a otros terrenos,

con ella en el mismo acto volver a mi lugar.

 

Buscando la manera de remediar mis males,

contraer un matrimonio con ella prometí,

pero mis esperanzas de todas fueron tales

que se desvanecieron porque me ofendió así.

 

Por una cruel venganza busque en otra abrigo,

creyendo que olvidada por siempre podría ser

de mí, pero en vano, mentira es lo que digo,

porque hasta ahora me encuentro en duro padecer.

 

No se cómo has podido, Amalia de mi vida,

quitarme el pensamiento, robarme el corazón

bien te has apoderado de un pecho desvalido

que aun siendo tu culpable me robas la razón.

 

Es tan indispensable la suerte que hoy espero

tal vez hasta mi tumba allá descansaré,

allá será mi llanto y si posible fuera

aun estando ya muerto, de allí te adoraré.

 

De nada me doy cuenta, siento que un mármol frío

me pesa en el cerebro que mi alma destruyó,

no entiendo qué es mundo, será mi desvarío

creo que ya no hay otro hombre que sufra más que yo.

 

Te mando en despedida, de un corazón que es grato,

que amar siempre ha sabido con incansable ardor,

adiós, adiós, no olvides que he sido yo en mi trato

constante y sin segundo más nunca fui traidor.

(BIBLIOTECA DEL COLEGIO DE MÉXICO,
Colección de Hojas Sueltas de Imprentas Populares
).

 

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Fuente:

Antonio Avitia Hernández. Las Bolas Surianas: Históricas,
Revolucionarias, Zapatistas y Amorosas, de Marciano Silva.

Avitia Hernández Editores. México, Primera edición 2004.
235pp. Edición del autor.